El Heredero y el Secreto (Imperio Monteiro Libro 3)
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Capítulo 1
Vitor Monteiro no perdía el tiempo en eventos como aquel.
Entraba, cumplía el protocolo —apretón de manos, dos frases sobre el mercado, la sonrisa calibrada que la gente interpretaba como interés y que en realidad era eficiencia—, y salía antes de que alguien intentara convertir el networking en una conversación real.
Veinte minutos. Treinta como máximo. Lo suficiente para ser visto sin necesidad de ser encontrado.
Llevaba cuarenta y cinco minutos allí, y no se había ido.
Ella había llegado hacía veinte.
No la había visto entrar; la había sentido. El nivel de atención en la sala había cambiado de una forma específica, ese ajuste sutil de la gente recalibrando su comportamiento cuando aparece alguien relevante, y él se había girado antes de decidir hacerlo.
Mara Duarte no fingía nada.
Cruzó el salón del evento como alguien que había calculado la ruta antes de entrar: sin prisa, sin teatro, solo eficiente, con esa manera de quien no desperdicia movimiento.
Blazer color grafito, cabello recogido de un modo que parecía descuidado y no lo era.
Se detuvo cerca de la mesa de acreditaciones, intercambió un par de palabras con alguien que Vitor no reconoció, y sonrió con esa sonrisa específica de quien es educada sin estar presente.
Conocía esa sonrisa. Era la suya propia.
Vitor se quedó donde estaba, al otro lado del salón, con una copa que no había tocado y una conversación a medias con el director financiero de Agropar, conversación que había dejado de existir para él en el segundo en que ella entró.
Ocho años.
Tenía su nombre en una carpeta de cuero color vino, encerrada en el segundo armario de su oficina.
Tenía una fotografía —de un balcón, tomada sin que ella lo supiera, en una época en que aquello todavía parecía razonable.
Tenía borradores de contratos que nunca se firmaron y un análisis de adquisición que había encargado no para comprar la empresa, sino para intentar convertir en números lo que no lograba nombrar de otra manera.
No lo había conseguido. El modelo entero fallaba porque cada celda la tenía a ella como supuesto.
Tenía también cosas que ella no sabía. Que él había hecho y nunca le había contado a nadie. Que había guardado en esa carpeta porque no había otro lugar donde poner una decisión tomada por razones que ninguna hoja de cálculo cubría.
—¿Vitor? —El director de Agropar esperaba algo.
—Envíame el informe de capacidad para el viernes. —Vitor se volvió hacia él con la expresión correcta, el tono correcto, el nivel exacto de atención que cerraba una conversación sin cerrar una puerta—. Prefiero ver los números antes de programar una reunión con tu equipo.
El hombre asintió y se marchó satisfecho.
Vitor volvió la mirada hacia ella.
Mara se había movido. Estaba ahora cerca del panel de expositores, hojeando algún material impreso, y había un espacio de tres metros entre ella y la mujer más cercana: el tipo de espacio que la gente crea de manera inconsciente alrededor de alguien que parece no necesitar compañía.
Él sabía lo que estaba a punto de hacer. Sabía que era calculado. Sabía que había planeado ese momento durante años, y que ninguno de esos planes había incluido un evento del sector en un hotel de São Paulo un jueves de octubre.
Cruzó el salón.
Ella no levantó la vista del material impreso hasta que él estuvo a un metro de distancia, y entonces la levantó, y durante segundo y medio no dijo nada, solo evaluó, con esa franqueza de quien no ve razón para fingir que no está evaluando.
—Vitor Monteiro. —No era una pregunta.
—Mara Duarte.
Ella inclinó ligeramente la cabeza—. ¿Viniste a buscarme o fue coincidencia?
Vitor se quedó con la pregunta exactamente el tiempo justo.
—Tengo una propuesta —dijo—. Que vas a querer escuchar.
Los ojos de ella no cambiaron. Pero no se fue.
—Tienes diez minutos —dijo ella—. Úsalos bien.
Iba a usarlos bien. Iba a usar los diez minutos, y los dieciocho meses que vinieron después, y todo lo demás que ella le permitiera.
Lo que ella todavía no sabía —lo que él no iba a contarle ahora, ni pronto— era que la propuesta que había pasado tres semanas construyendo no trataba sobre distribución.
Trataba sobre ella. Siempre había tratado sobre ella.