37. Scarlett #2
Rosa está ante los fogones, discutiendo con Dante sobre si la salsa necesita más ajo.
Elena está poniendo la mesa mientras sus hijos corren en círculos por el salón, persiguiendo a Luca en algún juego complicado que incluye muchos gritos y trepar ocasionalmente por los muebles.
Se supone que yo estoy preparando una ensalada, pero sobre todo me limito a mirar, asimilándolo todo y asombrada de lo normal que se siente todo.
Elena me mira y sonríe. Ella está mejor ahora.
El fondo fiduciario que Dante estableció tras la muerte de Marco la ha ayudado a reconstruirse, dándole la seguridad necesaria para pasar el duelo sin preocuparse por las facturas o el futuro de los niños.
Se ha vuelto muy cercana a nosotros estos últimos meses, parte de nuestra extraña pequeña familia, unidos por la pérdida y la lealtad y el entendimiento compartido de lo que significa amar a alguien en este mundo.
—¡Luca, deja de subirte al sofá! —grito, sin esperar realmente que me haga caso.
—¡Pero mamá, estamos jugando al volcán!
—¡Jugad al volcán en el suelo!
—¡Así no es como funcionan los volcanes!
Me rindo. Hay batallas que no vale la pena luchar. No con Luca, al menos. Sinceramente, no debería extrañarme sabiendo perfectamente de quién ha heredado esa cabezonería.
Dante aparece a mi lado, robando un tomate cherry de mi ensaladera. Le doy un manotazo en la mano, pero él solo sonríe, esa rara sonrisa genuina que veo cada vez con más frecuencia últimamente.
—La cena está casi lista —dice—. Si Rosa deja alguna vez de criticar mi salsa.
—Tu salsa está bien —grita Rosa desde los fogones—. Estaría mejor con más ajo.
—Tiene bastante ajo.
—Tiene un ajo adecuado. Hay una diferencia.
Me río y me apoyo en el costado de Dante; su brazo rodea mis hombros automáticamente. Así es como se siente la normalidad. Esto es hacia lo que estuve corriendo todos estos años sin saberlo.
—¡Papá! —Luca entra corriendo en la cocina, casi tirando una bandeja en el proceso—. Papá, tengo una pregunta.
—¿Qué pasa, fiera?
—¿El nuevo bebé tendrá ojos de miedo como tú?
La cocina se queda en silencio. Elena se queda paralizada junto a la mesa. Rosa se da la vuelta desde los fogones con las cejas levantadas. Dante me mira a mí, luego a Luca, y después vuelve a mirarme a mí.
—¿Qué nuevo bebé? —pregunta despacio.
Luca pone los ojos en blanco como si estuviéramos siendo increíblemente obtusos. —El bebé en la barriga de mamá. La abuela Rosa ha dicho que mamá está comiendo por dos ahora. Eso significa que hay un bebé, ¿verdad? Lo aprendimos en el cole.
Voy a matar a Rosa. Tenía planeado decírselo a Dante esta noche, después de cenar, cuando estuviéramos solos. Tenía preparado todo un discurso larguísimo. Pero al parecer mi hijo y su abuela tenían otros planes.
—¿Scarlett? —La voz de Dante es cautelosa e inquisitiva. Como si tuviera miedo de tener esperanza.
—¿Sorpresa? —digo débilmente.
Me mira fijamente durante un largo momento, con esos ojos grises buscando confirmación en mi rostro.
Entonces se ríe. Un sonido profundo y feliz, que emana de su parte más íntima.
Luego me toma en sus brazos y me hace dar vueltas, allí mismo, en medio de la cocina con todo el mundo mirando, y yo también me río, con las lágrimas asomando a mis ojos.
—Un bebé —dice contra mi pelo—. Vamos a tener un bebé.
—Vamos a tener un bebé.
Luca tira de la manga de Dante. —Papá. No has respondido a mi pregunta. ¿Tendrá el bebé ojos de miedo?
Dante se agacha a la altura de Luca, todavía sonriendo como un idiota. —Mis ojos no dan miedo.
—Dan un poco de miedo. Pero me gustan de todas formas.
—Entonces quizá el bebé también tenga ojos de miedo. ¿Eso estaría bien?
Luca lo considera seriamente. —Sí. Yo le enseñaré al bebé a no tenerles miedo. Cosas de hermano mayor.
Tengo que darme la vuelta para que nadie me vea llorar. Son las hormonas. Definitivamente las hormonas del embarazo.
Finalmente nos sentamos a cenar y es caótico y absolutamente perfecto.
Los niños arman un desastre que tardaremos una hora en limpiar, Rosa se queja del nivel de ajo al menos tres veces más, Elena cuenta historias sobre Marco que nos hacen reír y llorar a partes iguales, y Luca hace aproximadamente setecientas preguntas sobre el bebé, incluyendo si le gustarán los dinosaurios, si él puede elegir el nombre y si los bebés saben jugar a videojuegos.
Cosas de familia normal. El tipo de normalidad que nunca pensé que tendría. La clase de normalidad en la que había dejado de creer.
Más tarde, después de que todos se han ido a casa y Luca está dormido con Biscuit enroscado a los pies de su cama, Dante y yo nos sentamos en el porche trasero a mirar las estrellas.
Hace frío pero estamos envueltos en mantas, pegados el uno al otro, con su mano descansando sobre mi vientre, donde nuestro hijo está creciendo.
La noche está tranquila. Apacible de una forma que todavía me sorprende a veces. No hay guardias patrullando. No hay alarmas listas para sonar. Solo grillos y el lejano ulular de un búho y el sonido de la respiración de Dante a mi lado.
—Quemaría el mundo por ti otra vez —susurra—. Lo sabes, ¿verdad? Si alguien os amenazara alguna vez a ti, a Luca o a este bebé, los destruiría a todos.
Sonrío y pongo mi mano sobre la suya. —Sé que lo harías.
—Bien.
—Pero quizá esta vez —digo suavemente—, deberíamos construir algo en su lugar. Algo pacífico y sereno.
Se queda callado un momento. Luego gira la cabeza y me planta un beso en la sien.
—Sí —asiente, con la voz suave en la oscuridad—. Construyamos.
Nos quedamos allí sentados en la noche tranquila, abrazados, planeando un futuro que no incluya sangre ni violencia ni mirar por encima del hombro. Nuestra familia está completa y sanando. Hemos elegido la luz después de vivir tanto tiempo en la oscuridad.
Y por primera vez en seis años, no tengo miedo de lo que vendrá después.
Estoy genuinamente ilusionada por ello. Por fin.