27. Dante
DANTE
El sueño no me llega fácilmente, por mucho que lo intente.
Scarlett sigue acurrucada contra mi costado; tiene una mano apoyada en mi pecho, justo sobre el corazón, como si necesitara la seguridad de que sigue ahí, de que yo sigo aquí.
El peso de su mano me mantiene anclado a la cama mientras mis ojos siguen las sombras que reptan por el techo, estirándose y encogiéndose a medida que la noche avanza. Cuento las horas en lugar de dormir.
La una de la madrugada.
El asalto empieza a las seis.
Ese conocimiento se asienta en mi pecho como una bomba de relojería imposible de ignorar. Recuerdo constantemente que cada segundo que pasa nos acerca más a la violencia, a la sangre y a cualquier pedazo de mí mismo que quizá no recupere. El amanecer no es un alivio; es una fecha límite.
Con cuidado, salgo de la cama moviéndome lo suficientemente despacio para que el colchón no se desplace.
Ella necesita este descanso más que yo. Pase lo que pase en unas horas, le exigirá todo lo que tiene, y no voy a robarle ni un minuto de paz ahora.
Me pongo los pantalones y una camisa, dejándola desabrochada.
Camino hacia la puerta y me detengo en el umbral. Durante un largo momento, me limito a verla dormir.
Su rostro se ve suave bajo la tenue luz, desprotegido de una forma que nunca se permite estar cuando está despierta.
Intento grabar en mi mente el ascenso y descenso de su pecho, la forma en que su cabello se derrama sobre la almohada, las tenues líneas de preocupación entre sus cejas que son visibles incluso en sueños.
Esta noche me ha dicho que me quiere. No ha tartamudeado; lo ha dicho en voz alta, como si fuera una verdad que ya hubiera aceptado y necesitara compartir conmigo.
Sigo sin saber qué he hecho para merecer eso. Para merecerla a ella. Conozco las cosas que he hecho, el hombre que he sido, la violencia que se aferra a mí por mucho que intente dejarla atrás. El amor parece algo destinado a hombres mejores.
Pero voy a intentarlo.
Durante el tiempo que me quede —horas, días, toda una vida—, voy a pasarlo intentando ser digno de la mujer que duerme en esa cama.
Aunque me cueste todo.
El pasillo está oscuro y silencioso mientras bajo las escaleras.
La mayoría de mis hombres están aprovechando cualquier migaja de sueño que puedan antes de que nos pongamos en marcha, pero la casa no está del todo inmóvil.
Oigo conversaciones en voz baja que provienen de la sala de seguridad, el crepitar ocasional de una radio y los sonidos de gente preparándose para la guerra.
Me dirijo primero a la armería porque eso es lo que siempre hago antes de una misión. Viejos hábitos cultivados a lo largo de veinte años de violencia.
La habitación huele a aceite para armas y a metal.
Enciendo las luces y me quedo allí un momento, contemplando las filas de armas montadas en las paredes.
Rifles, escopetas, pistolas, cuchillos. Potencia de fuego suficiente para iniciar una pequeña guerra, que es exactamente lo que estamos a punto de hacer.
Construí esta armería hace unos tres años y, por aquel entonces, nunca imaginé que la usaría para salvar a mi hijo. Qué ironía.
Empiezo con mis propias armas, las que llevaré a la catedral. Mi Beretta principal, limpia y cargada. El arma de repuesto para el tobillo. El cuchillo de combate que me acompaña desde que tenía diecinueve años y era lo bastante estúpido para creer que era inmortal.
Reviso cada una con cuidado, desmontándolas y volviéndolas a montar, asegurándome de que cada componente esté perfecto. El ritual es tranquilizador por su familiaridad, dándole algo que hacer a mis manos mientras mi mente repasa el plan de asalto por centésima vez.
Cuatro puntos de entrada. Sesenta hombres divididos en equipos. Marco liderando la unidad de extracción a través del túnel del sótano mientras yo atraigo la atención de Viktor en la sacristía. Equipos de apoyo listos para irrumpir si el asalto principal se estanca.
Es un plan sólido. Tan sólido como puede serlo cualquier plan cuando te enfrentas a un traidor que conoce todas tus tácticas.
Lo que no deja de carcomerme es que Viktor ayudó a diseñar la mayoría de nuestros protocolos de asalto. Sabe cómo pienso, cómo me muevo, cómo reacciono bajo presión. Cada ventaja que creía tener está comprometida porque confié en la persona equivocada durante quince años.
Pero intento que no me afecte mientras termino con mis armas y paso al equipo táctico. Chaleco antibalas capaz de detener la mayoría de los proyectiles de pistola. Equipos de comunicaciones probados y vueltos a probar. Cargadores de repuesto llenos y colocados para un acceso rápido.
Todo está en orden. Entonces, ¿por qué siento que olvido algo?
Sigo allí de pie, mirando la pared de las armas, cuando oigo pasos en el pasillo. Pasos suaves y arrastrados que reconozco de inmediato.
Rosa aparece en el umbral, envuelta en un pesado chal de lana a pesar del calor de la casa. Los moretones de su cara se han oscurecido durante la noche, mostrando signos de curación. Pero se la ve agotada y frágil, nada que ver con la mujer formidable que ayudó a criarme.
—Deberías estar descansando —le digo.
—Tú también. —Me estudia con esos ojos penetrantes que siempre me han calado—. Pero aquí estamos los dos.
—Tengo trabajo que hacer.
—Sì. Yo también. —Me indica que la siga con una mano arrugada. Parece haber envejecido rápidamente estos últimos días—. Ven. Ya terminarás de jugar con tus pistolas más tarde.
Quiero discutir y decirle que no tengo tiempo para lo que sea que tenga en mente. Pero algo en su expresión me detiene, una mirada severa que no deja lugar a réplica, así que me encuentro siguiéndola por el pasillo hacia la parte trasera de la casa.
La capilla es pequeña y está escondida en un rincón que la mayoría olvida que existe.
Rosa la ha estado usando desde que yo era un niño, encendiendo velas y rezando oraciones que nunca entendí ni intenté entender.
La religión era para gente que necesitaba consuelo, y yo aprendí pronto que el consuelo era un lujo que los hombres como yo no podían permitirse.
La habitación resplandece con la luz de las velas cuando entramos.
Decenas de llamas parpadean en el altar y en las mesitas a lo largo de las paredes, llenando el espacio de calidez y olor a incienso y cera derretida.
La estatua de la Virgen con el Niño observa desde su hornacina, dotando al ambiente de un aire sagrado.
Rosa se acerca al altar y se arrodilla en el gastado cojín. Yo me quedo en la puerta, incómodo en este espacio sagrado al que nunca he sentido que pertenezco.
—Ven —dice sin darse la vuelta—. Arrodíllate.
—Rosa, yo no...
—He estado rezando por tu alma desde que eras un niño, Dante Moretti.
—Su voz es firme a pesar de su edad—. Vi cómo te convertías en algo duro y frío porque eso es lo que tu padre exigía.
Te vi matar a tu primer hombre a los dieciséis años sin derramar una lágrima.
Vi cómo te cerrabas a todo lo suave y bueno porque pensabas que te hacía débil.
No sé qué decir a eso, así que no digo nada.
—Hoy luchas por tu hijo. Por la mujer que amas. Por algo más allá del poder y el control. —Se vuelve para mirarme y sus ojos brillan con lágrimas contenidas—. Hoy rezo para que Dios te proteja mientras tú proteges a tu familia. Pero necesito que reces conmigo.
—No recuerdo cómo hacerlo.
—Entonces arrodíllate a mi lado y te enseñaré.
Me quedo allí un largo momento, luchando conmigo mismo. La última vez que recé fue en el funeral de mi madre, mascullando palabras en las que no creía mientras mi padre permanecía impasible a mi lado. Después de aquello, decidí que, si había un Dios, no estaba interesado en hombres como yo.
Pero Rosa me observa con esa expectación paciente, y pienso en Luca. En lo asustado que debe de estar ahora mismo, preguntándose por qué sus padres no han ido a por él. En lo mucho que estoy dispuesto a hacer, dispuesto a sacrificar, para traerlo a casa sano y salvo.
Si existe siquiera una posibilidad de que rezar ayude, ¿no vale la pena intentarlo?
Así que cruzo la pequeña estancia y me arrodillo en el cojín junto a Rosa. Mis rodillas protestan contra el suelo duro y me siento torpe y expuesto de una forma que odio. Pero Rosa alarga la mano y toma la mía, con un apretón sorprendentemente fuerte, y empieza a rezar en italiano.
Las palabras me envuelven, familiares desde la infancia aunque dejara de escucharlas hace décadas. Ave Maria, piena di grazia. Il Signore è con te.
Cierro los ojos e intento encontrar algo dentro de mí que pueda pasar por fe. Lo que surge en su lugar es desesperación. Una necesidad cruda y sin filtros que brota de lo más profundo de mi pecho.
Por favor. Si alguien me escucha. Por favor, deja que salve a mi hijo. Deja que lo traiga a casa sano y salvo. Haré lo que sea. Daré lo que sea. Solo deja que viva.
No es el tipo de oración que Rosa aprobaría. Pero es sincera, tal vez la primera oración sincera que he pronunciado en mi vida, y cuando abro los ojos me siento diferente. Más ligero, como si me hubiera quitado un peso que no sabía que cargaba.
Rosa me aprieta la mano y me sonríe, y por un momento veo a la mujer joven que debió de ser antes de que la vida la endureciera a ella también. Antes de ver a niños como yo convertirse en monstruos.
—Vete —dice en voz baja—. Salva a tu niño. Y vuelve con nosotras.
Le beso la frente y salgo de la capilla sin mirar atrás.
Las dos horas siguientes vuelan en preparativos finales.
Me reúno con los líderes de mis equipos en la sala de mando, repasando cada detalle del asalto hasta estar seguro de que podrían ejecutar el plan incluso con los ojos cerrados.
Consulto con nuestros contactos de inteligencia, confirmando la posición de Viktor en la catedral y el número de hombres que tiene con él.
Dieciocho confirmados, posiblemente más.
Dieciocho hombres entre mi hijo y yo. Me he enfrentado a situaciones peores.