CAPÍTULO 2
El Encuentro
La brisa suave de Monterrey acariciaba el rostro de Alejandro mientras se apoyaba en la barandilla de la terraza de su oficina.
La vista de la ciudad, iluminada por el resplandor del sol poniente, era impresionante, pero no podía disfrutarla.
Su mente estaba atrapada en recuerdos de Lucía, su risa, su mirada intensa, esos momentos en los que el mundo parecía detenerse cuando estaban juntos.
Era un tiempo que se sentía tan lejano, pero tan presente en su corazón.
Cerró los ojos y se permitió recordar. El sonido de su risa resonaba en su cabeza, y la imagen de ella sonriendo mientras compartían un café en ese pequeño restaurante, inundó su mente.
Se sintió un poco más ligero, pero pronto la realidad le golpeó.
Todo lo que había construido en su vida profesional no significaba nada sin ella a su lado.
Su éxito, sus logros, la imagen del magnate que había creado, se sentían vacíos en comparación con el amor que una vez compartió con Lucía.
La culpa lo consumía. La decisión de alejarse, de dejarla, había sido una de las más dolorosas de su vida.
Había sido joven, impulsivo, y había dejado que el orgullo y el miedo a la vulnerabilidad guiaran su camino.
Ahora, con cada día que pasaba, se preguntaba si había sido el más grande error de su vida.
Su soledad era un recordatorio constante de lo que había perdido.
Se sentía como un rey en un castillo vacío, rodeado de lujos, pero sin la calidez de una familia que alguna vez había anhelado.
Un sonido proveniente de su oficina lo sacó de sus pensamientos.
Era su asistente, que le recordaba que tenía una reunión importante.
Alejandro se giró, pero antes de entrar, su mirada se detuvo en el horizonte.
¿Qué haría si la encontrara? ¿Y si ella lo rechazaba?
Esa posibilidad lo aterraba más que cualquier batalla que hubiera enfrentado en su carrera.
El miedo al rechazo lo mantenía prisionero, pero también había algo más profundo, un deseo ardiente de reconectar, de recuperar lo que había perdido.
Sin embargo, el recuerdo de su hijo, la idea de Nicolás, lo llenó de una nueva determinación.
Necesitaba saber si había alguna posibilidad de redimir lo que había hecho.
La imagen de Lucía lo inquietaba, pero también le daba fuerzas.
Se imaginó a sí mismo enfrentándola, pidiéndole una segunda oportunidad, no solo como amante, sino como padre.
Con un suspiro profundo, Alejandro tomó la decisión de buscarla. No podía quedarse ahí, atrapado entre su pasado y su presente. Tenía que actuar. Tenía que enfrentar sus miedos y encontrar a Lucía.
Mientras se alejaba de la terraza, la imagen de su hijo sonriendo iluminó su mente. Sabía que debía hablar con Lucía, no solo por él, sino también por Nicolás. Cada paso que daba hacia su oficina era un paso más cerca de ella, de la verdad, y de un futuro que podría ser diferente.
La incertidumbre lo rodeaba, pero había una chispa de esperanza en su pecho. No podía dejar que el miedo lo controlara. Con firmeza, se dirigió hacia la puerta, listo para enfrentar lo que viniera. Tenía que encontrar a Lucía. Tenía que intentar reconectar con el amor que había perdido.
Lucía se miró en el espejo, su reflejo revelando a una mujer que había cambiado en los últimos años.
La luz del atardecer se filtraba por la ventana, iluminando su rostro y acentuando la tristeza en sus ojos.
Se pasó una mano por el cabello, intentando aplacar los nervios que la invadían mientras se preparaba para salir.
La idea de enfrentarse a Alejandro, de ver su rostro después de tanto tiempo, la llenaba de ansiedad y expectativa.
El abrigo que había elegido era el mismo que había llevado en su último encuentro con él, y al ponérselo, recordó la noche en que se despidieron.
Una mezcla de dolor y nostalgia la envolvió, como si el tiempo no hubiera pasado.
Se obligó a respirar hondo, tratando de calmar el torbellino de emociones que la consumía.
¿Sería capaz de mirarlo a los ojos y no dejar que su corazón traicionara su razón?
Un golpe suave en la puerta la sacó de sus pensamientos. Era Sofía, su amiga y confidente, que asomó la cabeza con una sonrisa alentadora. "¿Listo para salir?", preguntó, y aunque su tono era ligero, Lucía pudo notar la preocupación en sus ojos.
Lucía se giró, sintiendo que la presión aumentaba en su pecho. "No estoy segura de poder hacerlo, Sofía. ¿Y si él no quiere verme? ¿O si me echa en cara todo lo que pasó?" Su voz tembló, dejando al descubierto su vulnerabilidad.
Sofía entró en la habitación y se acercó a ella, colocando una mano sobre su hombro.
"Nadie está diciendo que sea fácil, pero es momento de cerrar ciclos.
No puedes seguir huyendo de tu pasado. Alejandro también tiene sus demonios, pero lo que ustedes tuvieron merece una conversación. Al menos una oportunidad."
Lucía bajó la mirada, sintiendo el peso de la verdad en las palabras de su amiga.
Sabía que tenía razón. No podía seguir viviendo con el secreto de Nicolás y el miedo a enfrentar a Alejandro.
Era hora de tomar las riendas de su vida.
Con cada día que pasaba, el deseo de proteger a su hijo chocaba con la necesidad de que Nicolás conociera a su padre.
"¿Y si no lo soporta? ¿Y si no quiere saber de mí ni de Nicolás?", murmuró, la desesperación surgiendo en su voz.
"Entonces será su pérdida. Pero al menos tú habrás hecho lo correcto. No se trata solo de él, Lucía. Se trata de ti y de Nicolás. No puedes seguir viviendo en la sombra de lo que fue", dijo Sofía con firmeza, apretando suavemente su hombro.
Las palabras de su amiga resonaron en su mente, y poco a poco, la indecisión comenzó a desvanecerse. Lucía levantó la vista y se encontró con la determinación en los ojos de Sofía. En su interior, una chispa de valentía se encendió. Era hora de dejar atrás el miedo.
Tomó una respiración profunda y, con un movimiento decidido, se ajustó el abrigo. "Tienes razón. Debo hacerlo. Necesito cerrar este capítulo de una vez por todas." Las palabras salieron con más convicción de la que había anticipado.
"Eso es lo que quería escuchar", sonrió Sofía, su expresión llena de orgullo. "Vamos, no hay tiempo que perder."
Lucía sintió que su corazón latía con más fuerza mientras se dirigía a la puerta. El camino hacia el restaurante que había elegido para encontrarse con Alejandro se extendía ante ella como un desafío, pero también como una oportunidad.
Con el abrigo abrochado y la mente clara, Lucía tomó un último vistazo a su hogar, un lugar que había sido su refugio durante tanto tiempo. Ahora, estaba lista para enfrentar su verdad y el pasado que la había perseguido.
Al abrir la puerta, el aire fresco de Monterrey la envolvió.
La tarde comenzaba a desvanecerse, pero su determinación brillaba intensamente.
Lucía salió, sintiendo que cada paso la acercaba no solo a Alejandro, sino también a la posibilidad de redención.
Tenía que hablar con él, por ella y por Nicolás.
Mientras caminaba hacia el automóvil, su corazón latía con fuerza. La incertidumbre la acechaba, pero había algo más: una esperanza renovada. Esta vez, no iba a dejar que el miedo la detuviera. Tenía que abrir la puerta a un futuro incierto, pero lleno de posibilidades.
El restaurante estaba iluminado con una suave luz dorada, y el murmullo de las conversaciones se entremezclaba con el tintineo de copas.
Lucía se detuvo en la entrada, sintiendo cómo la brisa fresca acariciaba su rostro, pero su corazón latía desbocado.
Había pasado tanto tiempo desde que había estado en este lugar, y cada rincón evocaba recuerdos de risas y sueños compartidos.
La última vez que había estado allí, su mundo se había desmoronado.
Mientras avanzaba, las mesas estaban llenas de parejas y grupos de amigos, pero su mirada se centró en la esquina del local, donde una figura conocida se encontraba sentada.
Alejandro. Su presencia era tan imponente como la recordaba, pero había una tristeza en su mirada que la atravesó como un dardo.
Estaba absorto en su teléfono, pero Lucía podía sentir la tensión en el aire.
Un torrente de emociones la invadió: amor, resentimiento, miedo.
Se detuvo un momento, el nudo en su estómago apretándose a medida que recordó su última conversación, las palabras llenas de desamor y dolor.
Pero también recordó los momentos felices, esos que habían construido juntos, y cómo su vida había cambiado desde entonces.
Sofía la miró con ansiedad, como si pudiera leer sus pensamientos. “Tú puedes hacer esto”, le susurró, y Lucía asintió, aunque la incertidumbre aún la envolvía. Se acercó a la mesa, su respiración se volvió más pesada con cada paso.
Cuando Alejandro levantó la vista y sus ojos se encontraron, el mundo a su alrededor pareció desvanecerse.
La intensidad de su mirada la dejó sin aliento.
Había un brillo en sus ojos, una mezcla de sorpresa y deseo.
La conexión entre ellos, esa chispa que había estado latente durante años, volvió a encenderse.
“Lucía…” murmuró, su voz era un susurro que contenía tanto anhelo como dolor. Se levantó lentamente, como si cada movimiento estuviera cargado de un significado profundo. Ella sintió que su corazón se apresuraba, la confusión y la nostalgia se entrelazaban en su pecho.
“Hola, Alejandro”, respondió ella, tratando de mantener la voz firme, aunque su interior temblaba.
La cercanía entre ellos era palpable, un campo de energía que parecía atraerlos el uno hacia el otro.
La mirada de Alejandro se posó en sus labios por un instante, recordándole todo lo que habían compartido y lo que habían perdido.
“Te vi entrar y no podía creerlo”, dijo él, con una mezcla de incredulidad y emoción. “No sabía si volvería a verte.”