18. Alessandro
ALESSANDRO
Recompenso su sumisión frotando la palma de mi mano sobre su pezón. Ella jadea, con los ojos llenos de deseo y desafío. Es jodidamente erótico y mi polla está dura como una piedra.
—Odias desear esto —le digo, pellizcándole el pezón—. Odias que tu cuerpo te traicione.
Se sacude contra las ataduras y mi sangre arde con más fuerza.
—Te odio —dice, pero su cuerpo se arquea hacia mi mano mientras le acaricio el pecho.
—No. —Rozo con el pulgar la punta sensible—. Odias que fuera frío contigo. Odias que te hiciera sentir no deseada.
Bajo la cabeza, dejando que mi aliento roce su pezón. Ella tiembla bajo mi cuerpo.
—Pero nunca has dejado de ser deseada, Isabella.
—Me engañaste...
Cuando mis labios se cierran alrededor de su pezón, ella gime y su espalda se arquea despegándose de la cama. Saboreo su gusto. Mi mano se desliza más abajo, por su vientre, sintiendo cómo se contraen sus músculos.
—Dime que pare —la desafío, mientras mis dedos descienden más.
Sus ojos se encuentran con los míos, brillando con un calor que es a la vez pasión y rabia. Por un momento, creo que realmente podría rechazarme.
En cambio, separa ligeramente las piernas. Una invitación. Otra rendición.
El poder me recorre cuando la toco y la encuentro empapada de necesidad. Su cabeza cae hacia atrás, exponiendo la grácil columna de su cuello, y me invade el impulso de marcarla allí mismo.
Me tomo mi tiempo, algo que no tuve en la terraza de la azotea. Observo cada curva, cada suavidad de su piel. Mis labios la saborean, mis dedos acarician su carne y, en cada ocasión, registro qué la hace jadear, qué la hace gemir, qué la hace retorcerse.
—Alessandro. —Se le corta la voz cuando arrastro los dientes por la tierna piel de la parte interna de su muslo—. ¿Qué estás...?
—Estoy dándole placer a mi mujer. —La miro desde entre sus piernas, disfrutando del rubor que se extiende por sus mejillas, de la forma en que sus ojos se han nublado por el deseo.
—Sigo odiándote —consigue decir, pero su cuerpo la traiciona cuando mi lengua encuentra su centro y sus caderas se elevan, suplicando por mi boca.
Su sabor es embriagador. Me pierdo en su calor húmedo, rodeándola y provocándola hasta que sus caderas arremeten contra mi boca. Cuando deslizo un dedo en su interior, ella se aferra a mí y un grito ahogado escapa de sus labios.
—Pero no odias esto, ¿verdad? —susurro contra su carne sensible.
Responde con un gemido. Provoco su dulce coño con mi boca, mi lengua y mis dedos hasta que está al borde del abismo. Y entonces me detengo.
Su gemido de frustración llena la habitación.
—Dímelo. No odias que te toque, ¿a que no?
Su cuerpo vibra, suplicándome más. Paso la punta de la lengua por su clítoris, sintiendo cómo late. Su cuerpo tiembla bajo el mío.
Su lucha es exquisita, la forma en que pelea contra su propio placer incluso mientras lo persigue.
Cada vez que se acerca al borde, me retiro, negándole el orgasmo, viendo cómo su frustración aumenta al compás de su necesidad creciente.
Estoy torturándonos a ambos, alargando esta agonía, negándome a dejar que ninguno de los dos se rinda por completo.
Mi polla está dura como el acero y es muy posible que me corra incluso antes de entrar en ella. Supongo que ese sería mi castigo por atormentarla de esta manera.
La follo con los dedos mientras la observo. Quiero ver su rendición total. Su cuerpo. Su lealtad. Su alma. Quiero que reconozca mi control.
Pero mientras la miro arquearse y tensarse contra sus ataduras, mientras la veo morderse el exuberante labio inferior al intentar alcanzar el clímax, mientras observo el rubor de sus mejillas, siento que mi poder se me escapa.
La he atado para afirmar mi dominio y, sin embargo, soy yo quien está sucumbiendo a su sabor, a su aroma, a los sonidos que emite cuando la toco.
Estoy perdiendo la batalla que yo mismo empecé, y darme cuenta de ello me aterroriza.
Sus muslos temblorosos presionan contra mi cara mientras la acerco más al precipicio. La respiración de Isabella es entrecortada y jadeante. Se fuerza contra la atadura, pero no por resistencia. No, ahora está perdida en la pura necesidad.
—Por favor —gime, con la palabra apenas inteligible.
Levanto un poco la cabeza, sustituyendo la lengua por el pulgar y rodeando su clítoris lentamente—. ¿Por favor qué?
Sus ojos se abren de golpe, ardiendo de furia y deseo—. No pares.
—¿Qué no pare qué? —Ralentizo mis movimientos aún más, viendo crecer su frustración.
El poder que ejerzo sobre ella en este momento es embriagador y es lo que necesito para ahuyentar los sentimientos inquietantes que intentan echar raíces en mi pecho.
Es mía, total y completamente mía—. Dime qué quieres.
—Alessandro.
Es curioso, oír mi nombre en sus labios hace que quiera recompensarla más que si me dijera que la follara.
Deslizo mis dedos en su interior de nuevo, curvándolos para encontrar ese punto que hace que todo su cuerpo se estremezca.
Sus paredes se contraen a mi alrededor, tan cerca del orgasmo pero incapaces de cruzar ese último umbral hasta que yo lo decida. Hasta que la empuje al otro lado.
—Que te den —jadea ella. Las palabras son impactantes y eróticas, y casi me corro.
Sonrío contra la parte interna de su muslo—. Esa es la idea, Isabella. Pero antes...
Incorporándome, me sitúo sobre ella, con mi carne desnuda presionando contra la suya. Mi polla roza su humedad y ahora me estoy torturando a mí mismo tanto como a ella.
Su cuerpo se arquea hacia arriba, desesperado por recibirme.
—Puedo darte lo que quieres. —Mis labios rozan su oreja—. Puedo darte un orgasmo tan potente que verás las estrellas.
Mi mano se desliza entre nosotros, mis dedos encontrándola de nuevo, provocándola con toques ligeros que la hacen estremecerse.
—Todo lo que tienes que hacer es admitir cuánto me deseas. —Mi voz se vuelve más baja, más ronca—. Dilo, Isabella. Di que quieres tenerme dentro de ti. Di que no has pensado en otra cosa desde aquella noche en la azotea.
Se le corta la respiración cuando mi pulgar vuelve a rodearla. Tiembla bajo mi cuerpo, tan cerca de rendirse.
—El trato es sencillo. —Froto mi miembro sobre su clítoris—. Tu rendición a cambio de tu placer.
No puedo aguantar mucho más y es posible que pierda esta batalla, que ella no sucumba del todo.
—Suplícame, Isabella. Suplícame y te daré todo lo que necesitas.
El forcejeo entre el deseo y el orgullo se refleja en su rostro, pero veo que el orgullo empieza a perder. Su cuerpo, que exige el clímax, es más poderoso que su mente. Está magnífica en su resistencia.
—¿Así es como va a ser entre nosotros? —pregunto, bajando la cabeza para succionar su pezón—. ¿Vas a luchar contra lo que ambos sabemos que quieres?
Se le escapa un pequeño sonido, algo entre un sollozo y un gemido. Envía una descarga eléctrica por todo mi cuerpo mientras anticipo su rendición final.
—No voy a... —Sus palabras se disuelven cuando presiono mi polla contra su coño, aplicando la presión justa para que gima con una necesidad desesperada, pero no la suficiente como para empujarla al límite.
—Puedes hacerlo. —Mi voz suena ronca de necesidad, una necesidad que ella seguramente percibe—. Déjate llevar, Isabella. Sé que quieres. Y quiero hacerte sentir un placer que no has conocido jamás.
Cuando retiro mi contacto por completo, ella casi solloza. Sus muñecas se fuerzan contra el cinturón.
—Alessandro —suplica, con los ojos salvajes y desesperados.
Sacudo la cabeza lentamente—. No es suficiente.
Bajando de nuevo, rozo con mis labios la parte interna de su muslo, tan cerca de su dulce y húmedo coño, que late con necesidad—. Dime qué necesitas, Isabella. Dímelo y será tuyo.
La presa finalmente se rompe.
—¡Por favor! —grita ella, retorciéndose—. Necesito... necesito correrme. Déjame correrme. ¡Por favor!
Una sonrisa perversa curva mis labios mientras el triunfo me recorre—. Eso no ha sido tan difícil, ¿verdad?
Sin previo aviso, hundo dos dedos en su interior, curvándolos hacia su punto dulce mientras mi boca se cierra sobre su clítoris.
Su espalda se arquea despegándose de la cama mientras un lamento agudo brota de su garganta.
La trabajo sin descanso, follándola con los dedos, succionando su clítoris, llevándola más y más alto hasta que está sollozando de necesidad.
Su orgasmo detona como una bomba atómica, con una onda expansiva tras otra recorriendo todo su ser.
—Dime que quieres que te folle. Dilo, Isabella. Quiero oír las palabras.
La observo esforzarse por recuperar el aliento, con los labios entreabiertos y la piel encendida. En este momento, nunca ha estado más hermosa. Nunca ha sido más mía.
—Sí.
—¿Sí qué? —insisto, necesitando su rendición absoluta.
Sus ojos encuentran los míos, ya no fríos ni distantes, sino ardiendo con el mismo fuego que me está consumiendo—. Sí, Alessandro. Quiero que me folles.
Me lanzo hacia delante, reclamando su boca en un beso abrasador mientras introduzco mi miembro en ella de una poderosa estocada. Ella grita contra mis labios, con su cuerpo entregándose al mío por completo.
Se siente jodidamente bien. Tan estrecha. Su coño late alrededor de mi polla y estoy tambaleándome al borde de un orgasmo demoledor.
Finalmente he ganado.
Pero mientras ella envuelve mi cintura con las piernas, atrayéndome más al fondo, llevando mi necesidad a profundidades mayores, me doy cuenta de que mi victoria no es tan completa como pensaba.
Se ha rendido, pero en su rendición, me ha arrebatado el poder y ahora lo ejerce ella sobre mí.