El heredero implacable (The Dante Dynasty) 5. Isabella
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5. Isabella

ISABELLA

Mi padre dijo una vez que mi valor reside en saber cuándo hablar, lo que en realidad significaba saber cuándo callarme.

Durante dieciocho años me he mordido la lengua y he mantenido el rostro agradablemente inexpresivo mientras mi mente se llenaba de pensamientos no dichos.

Ya sea por mi situación o por Alessandro Dante, esa moderación flaquea.

Pero hay algo en Alessandro Dante que desbarata mi cuidadosamente cultivada contención.

Si mi padre supiera que le he exigido respeto a Alessandro, le estallaría la cabeza.

Es una sorpresa y un alivio que Alessandro no me haya recordado cuál es mi lugar.

—Las flores están preciosas en esta época del año —comenta mientras regresamos a la casa.

—Casi tan preciosas como la conversación que fingimos tener —me quedo helada, horrorizada.

Me llevo la mano a la boca, pero es demasiado tarde.

Las palabras quedan suspendidas entre nosotros.

En lugar de enfadarse, la boca de Alessandro se tuerce ligeramente. —¿Qué preferirías exactamente? ¿Una discusión sobre las disputas territoriales?

—Al menos no sería tan artificial como comentar sobre horticultura —el filtro entre mi cerebro y mi boca parece haber dejado de funcionar.

Se detiene y me estudia como si fuera un rompecabezas. —La mayoría de las mujeres en tu posición serían más cautelosas.

—La mayoría de los hombres en su posición no tolerarían esta conversación —debería dejar de hablar. No puedo dejar de hablar.

Con la diversión aún en sus ojos, dice: —Tienes razón. Quizá la honestidad y la audacia me resulten refrescantes. Normalmente solo las recibo de mis hermanos.

Su confesión me pilla desprevenida. —¿Al que desterrasteis? —Dios mío, soy masoquista.

—Mi padre exilió a Luca, no yo.

—Y aun así, lleva tiempo siendo el Don y él sigue fuera —estoy a punto de arruinar este acuerdo, lo cual no es necesariamente malo. Quiero decir, por muy guapo que sea Alessandro, preferiría ir a la universidad antes que casarme.

Pero si fastidio esto, mi padre me matará... y no estoy segura de estar exagerando.

—Luca se ha labrado su propio camino en Chicago. Está bastante satisfecho.

Yo también he oído eso. Aun así, no estoy segura de que ser sincera con él sea prudente. —Dudo que de verdad quiera conocer mis pensamientos y opiniones, Don Dante.

—Alessandro —me corrige, suavizando la voz—. Y me gustaría oír lo que piensas de verdad, no lo que te han entrenado para decir.

Busco engaño en su rostro y no encuentro ninguno. Solo curiosidad.

—Es una petición peligrosa —le digo—. Mis pensamientos no siempre son aptos para la buena sociedad.

Su risa es inesperada. —Entonces es una suerte que nunca me haya considerado particularmente educado.

Por primera vez desde que empezó este acuerdo, siento que el nudo en mi estómago se afloja.

No es que esto vaya a ser nunca una unión por amor, pero quizá sea una amistad basada en el respeto.

—Me pregunto qué otras suposiciones habré hecho sobre usted que podrían estar equivocadas —digo.

—Probablemente todas —la voz de Alessandro no transmite arrogancia, solo certeza—. La gente ve lo que yo necesito que vea.

—¿Qué es?

—Un líder intransigente —se encoge de hombros—. ¿Y tú? ¿Qué suposiciones he hecho yo?

Lo considero. —Que soy un peón dócil en el juego de mi padre.

—Dócil está claro que no eres —su mirada sostiene la mía—. Calculadora, tal vez. Estratégica, definitivamente.

La forma en que lo dice, no como una acusación sino como una apreciación, hace que algo cambie en mi interior. Es como si me vieran de verdad por primera vez.

—Sí, bueno, no se lo diga a mi padre.

—Pronto, lo que tu padre espere no será un problema. Tendrás que lidiar conmigo.

Me detengo y le miro. —¿Cuáles son sus expectativas sobre mí?

Frunce el ceño. —Creo que hemos llegado a un acuerdo sobre eso. Cumplirás con las expectativas de una esposa y yo te proporcionaré seguridad... y respeto.

Expectativas de una esposa. Seguramente eso es algo más que sonreír en las cenas. —¿Qué otras expectativas?

—Tendrás que ser más específica, Isabella.

—Herederos. Hijos. Supongo que eso es parte de por qué aceptó este acuerdo. Para asegurar su legado.

La expresión de Alessandro cambia. —¿Eso es lo que te ha dicho tu padre? ¿Que tu propósito principal es darme hijos?

El calor me inunda las mejillas. —Estaba implícito.

—Permíteme ser claro —dice, acercándose—. No tengo interés en forzarte a la maternidad. El linaje Dante continuará a través de mis hermanos. Mi legado es el imperio que construyo, no los hijos que engendro. De hecho, no estoy interesado en ser padre.

Parpadeo. No era la respuesta que esperaba de él. —Así que no... —me cuesta encontrar las palabras adecuadas—. ¿No tiene intención de que nosotros...?

—¿De que durmamos juntos? —termina Alessandro sin rodeos—. No, a menos que sea algo que ambos queramos. Este matrimonio es un acuerdo de negocios.

El alivio debería invadirme.

Después de todo, ¿no es esto lo que quería?

¿Evitar convertirme en una yegua de cría?

Y sin embargo, pensar que no me desea crea una inesperada sensación de vacío.

—Ya veo.

—¿Eso te decepciona? —su voz baja de tono y, de repente, soy dolorosamente consciente de lo cerca que estamos.

—No. Es que... —mis ojos se desvían a su boca contra mi voluntad—. Supuse que se esperarían ciertas cosas.

Sus ojos captan los míos y por un momento imagino lo que sería ser deseada por él.

No solo ser útil políticamente, sino ser deseada.

Pero eso no es lo que él quiere.

Quiere una esposa para lucirla, no para amarla.

No me tocará, pero como él es el Don y yo le perteneceré, ningún otro hombre lo hará tampoco.

Seré virgen para siempre.

Había aceptado la idea de un matrimonio sin amor, pero pensaba que soportaría su contacto y tendría hijos a los que querer.

En cambio, estaré ligada a este hombre fascinante y nunca experimentaré la intimidad que debería acompañar a nuestra unión.

—Entonces, ¿qué seremos? ¿Compañeros de piso? —pregunto.

Alessandro me observa y veo un destello de ardor en sus ojos. —La única expectativa que tengo es que haya honestidad entre nosotros.

Asiento, luchando contra el confuso impulso de acortar la distancia entre nosotros. ¿Cuándo empecé a desear su contacto? —Honestidad. Puedo con eso.

—Bien.

Se da la vuelta para seguir el camino hacia la casa.

—¿Está diciendo que no me encuentra atractiva? —suelto como una idiota.

Se detiene y se vuelve lentamente hacia mí. Veo ese ardor en sus ojos de nuevo. —Eso no es lo que he dicho.

—Lo ha dado a entender —levanto la barbilla, queriendo parecer fuerte, aunque me siento como una niña tonta—. Nuestro matrimonio es un acuerdo de negocios.

—No pongas palabras en mi boca, Isabella.

Frunzo el ceño, porque estoy bastante segura de que ha dicho que no quería hijos y que nuestro matrimonio era por negocios.

Su mandíbula se tensa. —He dicho que no te obligaría. Nunca he dicho que no te deseara.

El aire entre nosotros chisporrotea de tensión.

Me acerco un paso más, viendo cómo se dilatan sus pupilas. —Entonces, ¿me desea? —estoy jugando con fuego, pero parece que no puedo parar.

—¿A qué juego estás jugando?

—A ninguno. Solo quiero saber las reglas. Los límites —me encojo de hombros con una indiferencia que no siento—. Nada de sexo, entonces. Me parece bien.

—Me estás malinterpretando a propósito.

—Y usted está siendo vago a propósito —sonrío con dulzura—. Para ser un hombre que valora la honestidad, desde luego se anda con muchos rodeos.

La mano de Alessandro me agarra la muñeca, sin hacerme daño pero con la firmeza suficiente para que sienta mi pulso martilleando contra sus dedos.

—Permíteme ser claro, entonces. Me pareces atractiva. Más de lo que esperaba... más de lo que quiero. Pero no haré nada al respecto a menos que tú quieras que lo haga. ¿Entendido?

Trago saliva con dificultad. —Perfectamente.

Su mirada baja hacia mi boca y mis entrañas se vuelven lava líquida al anticipar que me bese. Contengo el aliento mientras espero.

Me suelta la muñeca y retrocede mientras se aclara la garganta. —Creo que ya hemos cubierto suficiente de este acuerdo por ahora —se da la vuelta y camina a grandes zancadas hacia la casa.

Más tarde, después de que Alessandro se marche, me convocan al despacho de mi padre.

Sus ojos se entrecierran cuando entro. —¿Y bien? ¿Has conseguido no avergonzar a esta familia?

Me encojo de hombros. —Nos hemos llevado bien.

—Bien no es suficiente —su voz se vuelve afilada—. ¿Estaba complacido contigo?

La pregunta hace que se me erice la piel, pero mantengo la fachada. —Creo que sí.

La expresión de mi padre pasa de la sospecha a una aprobación cautelosa. —Bien. Los planes de boda seguirán adelante. No le des ninguna razón para que se lo replantee.

—Por supuesto que no. Si eso es todo... —no tengo interés en contarle a mi padre los detalles de mi encuentro con Alessandro.

—Sí, eso es todo —me hace un gesto con la mano para que me retire.

Una vez a salvo, encerrada en mi dormitorio, me desplomo sobre la cama, reviviendo mi encuentro con Alessandro.

Una sonrisa asoma a mis labios al recordar nuestro duelo verbal en el jardín.

La forma en que arqueó la ceja cuando le desafié.

El destello de aprobación en sus ojos cuando me negué a retroceder.

La mayoría de los hombres quieren docilidad.

Alessandro parece ansiar mi fuego.

Me pareces atractiva. Más de lo que esperaba... más de lo que quiero.

El recuerdo de su mano en mi muñeca envía ráfagas de calor por todo mi cuerpo. Algo eléctrico pasó entre nosotros en ese jardín.

Cierro los ojos y el calor aumenta en mi interior mientras todos los recuerdos regresan.

Nunca me he sentido así antes.

Esta necesidad desesperada y dolorosa que empieza en lo más profundo de mi ser y se irradia hacia fuera es aterradora y embriagadora al mismo tiempo.

Aprieto una almohada contra mi pecho mientras me pregunto cómo sería tenerlo aquí, en mi cama. ¿Sería dulce o exigente?

De repente, está aquí conmigo en mi imaginación.

Sus labios se presionan contra los míos, no de forma tentativa, sino segura.

Reclamándome.

En mi mente, sus manos acunan mi rostro antes de deslizarse por mi cuello, recorriendo la curva de mi hombro, bajando más...

Se me corta la respiración. Nunca me han besado, pero de alguna manera sé que Alessandro me besaría como si lo sintiera de verdad.

Como si quisiera devorarme entera.

Mi mano se desplaza hacia mi cuello, trazando el camino que imagino que seguirían sus labios.

Bajando por mi garganta, cruzando la clavícula. Más abajo aún.

No debería estar pensando así.

No debería estar tocándome así, imaginando que es él.

Pero no puedo parar.

No quiero parar.

Mis dedos recorren la redondez de mi pecho a través de la tela de mi vestido y jadeo ante la sensación.

¿Es esto lo que sentiría si él me tocara?

¿Mejor?

¿Peor?

Nuestra noche de bodas se cierne en mi mente, y ya no es algo que temer, sino algo que anticipar.

¿Será tan controlado en la cama como lo es en la vida?

¿O dejará finalmente que su cuidada moderación se desvanezca?

Aprieto los muslos, tratando de aliviar el deseo creciente entre ellos mientras mi exploración continúa, guiada por el instinto y el placer.

Mis dedos bajan más, trazando la curva de mi cadera, vacilantes al principio pero volviéndose más audaces a medida que el anhelo crece. En mi mente, la voz de Alessandro me susurra palabras de ánimo al oído.

—Déjate llevar —diría él—. Enséñame lo que quieres.

Deslizo la mano bajo mi vestido, conteniendo el aliento mientras imagino su tacto en lugar del mío.

La fantasía se vuelve más vívida.

El peso de Alessandro presionándome contra el colchón, sus manos sujetando mis muñecas por encima de mi cabeza, sus labios dejando un rastro de fuego por mi cuello.

La forma en que sus ojos se oscurecerían mientras me observa.

Mis dedos encuentran una humedad resbaladiza entre mis muslos y jadeo ante el contacto.

Con su rostro en mi mente, acaricio en círculos el sensible nudo de nervios, arqueando la espalda sobre la cama mientras el placer se acumula en mi interior.

—Alessandro.

Mis movimientos se vuelven más frenéticos, persiguiendo algo que no alcanzo a nombrar.

En mi mente, Alessandro me observa con esos ojos penetrantes, su expresión hambrienta y posesiva.

Mía, parece decir su mirada. Y en este momento, quiero ser suya.

La tensión se enrosca con más fuerza, mi respiración sale en breves jadeos hasta que, finalmente, estalla.

Oleada tras oleada de placer rompe sobre mí, y el nombre de Alessandro brota en un gemido mientras mi cuerpo tiembla.

A medida que las réplicas se desvanecen, la realidad vuelve de golpe. Me quedo sin aliento, mirando al techo con los ojos muy abiertos.

¿Qué he hecho?

Presiono las palmas de las manos contra mis mejillas calientes, con la mortificación y la euforia luchando en mi interior.

Acabo de darme placer fantaseando con un hombre al que apenas conozco.

Un hombre con el que me obligan a casarme.

Un hombre que me hace sentir más vista, más viva de lo que me he sentido nunca.

Se suponía que esto no debía pasar.

Estaba preparada para soportar este matrimonio como una necesidad política, no para ansiar su contacto.

Estos sentimientos lo complican todo.

Si le entrego mi cuerpo voluntariamente, ¿le seguirá mi corazón? Y si lo hace, ¿lo tratará con cuidado o lo aplastará?

Respiro hondo y miro al techo.

Sea cual sea el camino que me espere con Alessandro, lo recorreré con los ojos abiertos.

Él fue claro al decir que este matrimonio es un negocio y que su atracción por mí, aunque sea algo a lo que cederá si yo quiero, no es algo que él desee de por sí.

Él no busca amor ni una familia.

Así que tendré que tener cuidado de mantener mi corazón fuera de este acuerdo, porque si me enamoro de él, solo conseguiré que me lo rompan.