El heredero implacable (The Dante Dynasty)
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1. Isabella
ISABELLA
Me han educado para ser vista y no oída. Es insultante, salvo en momentos como este, cuando escucho la voz de mi padre filtrándose desde su despacho.
Ha habido mucha tensión por su parte y por la de mi hermano desde que fracasó el plan, fuera cual fuera, que hubieran tramado con la Bratva contra los Dante.
Me detengo ante su despacho, con el oído pegado a la puerta.
—Los Dante son vulnerables —dice mi padre—. Desde la muerte de Lorenzo. Alessandro intenta mantenerlo todo unido, pero tiene demasiados frentes abiertos.
—Fueron capaces de desmantelar a la Bratva y matar a los hermanos Vasiliev —le recuerda mi hermano, Enrico.
—Y perdieron a muchos hombres haciéndolo. Ahora es el momento de atacar. Hemos esperado décadas esta oportunidad.
Soy consciente de que mi padre ha codiciado el territorio de los Dante durante mucho tiempo.
Recuerdo haber oído que Don Lorenzo Dante había sido asesinado, y mi padre lo vio como una señal para pasar a la ofensiva.
Aunque dice que el nuevo Don no es tan capaz como lo fue Lorenzo, ha demostrado ser más difícil de derrotar de lo que mi padre parece querer admitir.
—¿Qué hay de Luca? —pregunta mi hermano refiriéndose al hermano de Don Dante.
—Está en Chicago. Tiene sus propios negocios. Ni siquiera se presentó para ayudar a Alessandro con la Bratva. Todavía tenemos que lidiar con Adriano, pero está distraído con su mujer. No, es en Alessandro en quien debemos centrarnos. Él carga con todo el imperio Dante a sus espaldas.
No entiendo a los hombres y su necesidad obsesiva de poder.
¿Será inseguridad?
No tiene sentido para mí que los hombres se muelan a palos en batallas sangrientas y venganzas violentas que se remontan a generaciones atrás, solo por poder y dinero.
Es medieval.
—Cierto, pero debemos tener cuidado. Su victoria sobre la Bratva lo demuestra. Una derrota que se suponía que debíamos ayudarle a infligir, pero, en lugar de eso, lo traicionamos.
Pego más el oído a la rendija, con la curiosidad despertada. Esto es nuevo para mí.
Mi padre gruñe, admitiéndolo a regañadientes. —El consejo sigue sacándolo a colación en cada reunión. Perdimos a diecisiete hombres esa noche. Quieren que forjemos una tregua.
—Alessandro no olvidará que intentamos formar una alianza con él para luego darle la espalda. No es probable que nos escuche. He oído que le envió de vuelta a Ivan la cabeza de uno de sus mensajeros cuando este intentó forzarle la mano.
Me tapo la boca para ahogar un grito de asombro. Parece que la reputación de brutalidad de los Dante no es exagerada.
—¿De qué lado estás? —le espeta mi padre a Enrico.
—Del nuestro, por supuesto, pero me gustaría vivir para disfrutar de los frutos de nuestro trabajo. Sería prudente no subestimar a Alessandro.
—Entonces, ¿qué sugieres? —La voz de mi padre tiene un deje peligroso que hace que incluso Enrico camine con pies de plomo.
—El consejo tiene razón —dice Enrico—. Deberíamos proponer una tregua, tal vez incluso una alianza. Alessandro es peligroso, pero también es pragmático. Con la Bratva fracturada, necesita aliados.
Padre emite un sonido despectivo. —¿Quieres que le tienda una rama de olivo a un Dante?
—Quiero que sigamos vivos, padre. Los veteranos están inquietos. Recuerdan la última guerra con los Dante. Saben cómo Alessandro ha desmantelado con éxito a la Bratva. No quieren otra carnicería.
Sigue un largo silencio. Imagino a mi padre bebiendo su whisky, sopesando sus opciones. —Como has dicho, rechazarán cualquier propuesta que hagamos enviándonos de vuelta la cabeza del mensajero.
—¿No sugirieron los veteranos fusionar las familias? Isabella ya tiene dieciocho años.
Se me hiela la sangre.
—Lo hicieron. Odiaría desperdiciarla con alguien tan indigno como un Dante —dice mi padre.
Me gustaría sentir alivio, pero la respuesta de mi padre no ha sido un no.
—Ya es mayor de edad —insiste Enrico—. Es lo bastante hermosa como para atraer todas las miradas. Obediente. Silenciosa cuando hace falta.
Casi me río ante esto último. Si supiera los pensamientos que bullen tras mi sonrisa.
—Un matrimonio los satisfaría, uniría a las familias sin derramamiento de sangre —reflexiona mi padre—. E Isabella hará lo que se le ordene. Quizás podamos controlar a Dante desde dentro de su propia casa.
Tengo ganas de gritar.
Haber nacido mujer en un mundo de hombres poderosos significa que soy suya para hacer lo que les plazca.
Soy un activo, como las acciones o los bonos, y puedo ser intercambiada o usada como moneda de cambio.
He visto durante toda mi vida cómo mi madre se empequeñecía bajo el pulgar de mi padre, con el espíritu aplastado hasta ser la sombra de una persona.
¿Será ese también mi futuro?
—¿Acaso Alessandro quiere una esposa? —se pregunta Enrico.
—Lo que Alessandro quiera es irrelevante. Su consejo reconocerá la ventaja estratégica. Paz sin rendición. Fuerza a través de la unidad.
Mi futuro cobra forma con una claridad aterradora.
Mi cuerpo es la ficha de negociación en la puja de mi familia por el poder.
Me imagino encadenada al infame Alessandro Dante, el hombre conocido por su crueldad y brutalidad.
Pueden venderme, pero no tengo por qué marchitarme bajo su dominio.
Mi madre eligió la sumisión.
Yo no cometeré el mismo error.
Si voy a ser canjeada como ganado, encontraré formas de preservar quién soy.
Me alejo de la puerta, dirigiéndome a las escaleras y subiendo a mi dormitorio antes de que me descubran escuchando a hurtadillas.
Pero ni siquiera en mi habitación puedo escapar de la realidad.
Las palabras de mi padre resuenan en mi mente. Palabras que me ha grabado a fuego desde que era niña, cada vez que intentaba imponer mi propia voluntad.
—El valor de una mujer reside en lo bien que sirve a los hombres que la rodean. Apoya a tu padre y, más tarde, a tu marido. Ten hijos sanos —me dijo cuando cumplí dieciséis años, examinándome la cara como si fuera una yegua de cría—. Tu belleza es un activo para nuestra familia.
Siempre he sabido que llegaría este día.
La fantasía de que podría escapar de algún modo a mi destino no era más que un sueño infantil.
Había sido una ingenua al creer que mi educación podría llevarme a alguna parte.
Más allá de la formación básica de secundaria, me he encargado yo misma de leer y estudiar sobre el mundo, sobre la gente, sobre la vida.
Me imaginaba siendo como otras mujeres de mi edad que van a la universidad, forjan carreras, eligen sus propias vidas.
Pero no se me permite ser mi propia dueña, algo que mi padre me recordó el mes pasado en la boda de mi prima Guilia, cuando me pilló riendo demasiado alto con los padrinos. —Recuerda quién eres. Una mujer Vitale es digna. Recatada. No avergüences a la familia.
Me hundo en el asiento del ventanal de mi dormitorio, contemplando el mundo que deseo explorar con desesperación pero que sé que nunca conoceré.
Todas mis pequeñas rebeliones, las novelas de contrabando escondidas bajo el colchón, las lecciones secretas de italiano con nuestro anciano jardinero que me enseña palabras que mi padre jamás aprobaría, de repente parecen una pérdida de tiempo infantil.
Mi padre pretende casarme con la familia que quiere destruir. Alessandro Dante. El hombre cuyo nombre se pronuncia con una mezcla equitativa de miedo y reverencia.
Suelto un gruñido de frustración ante mi situación. Para mi padre, he sido preparada para este momento.
Culta. Refinada. Obediente.
Él no ve que hay mucho más en mí.
—Isabella Dante. —Pruebo el nombre, y me recorre un escalofrío. ¿Cómo se prepara una para casarse con un monstruo?
Sin embargo, bajo mi miedo arde una llama que se niega a extinguirse.
Puede que hayan orquestado cada aspecto de mi vida, pero no pueden controlar mis pensamientos ni mis rebeliones privadas.
La revelación se asienta sobre mí.
He sido preparada para este papel toda mi vida, pero quizá, en lugar de combatirlo, pueda dominarlo.
Puede que mi camino esté predeterminado, pero cómo lo recorra sigue siendo mi elección.
Alessandro Dante podrá tener una esposa, pero no tendrá la muñeca obediente que mi padre prometió.
Este matrimonio no es el final de mi historia.
Es simplemente el comienzo de una diferente.
Una en la que encontraré la manera de crear una vida que me pertenezca.