El Heredero del Pakhan (Imperio de Sangre 1) 13 Nona
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13 Nona

NONA

Han pasado casi tres semanas y Alex se ha esforzado deliberadamente por no quedarse solo conmigo o desaparecer de una forma u otra.

Todo mientras no se atreve a dejarme sola si sale de casa.

La situación ha llegado a tal punto que cuando me levanto por la mañana, la primera señal de que no está es que Yeva sea quien me saluda.

He tenido algunas oportunidades de llamar su atención y he intentado mostrarme más segura y asertiva.

Un par de veces me ha pillado sentada en su impecable salón, se ha detenido y me ha observado con atención, probablemente tratando de adivinar si voy a manchar el bonito tapizado de su sofá.

Pero siempre acaba marchándose sin decir nada.

Y sigo sin sentir su contacto. Esta semana me he despertado un par de veces en mitad de la noche y no estaba. Una vez fui a buscarlo y lo encontré dormido en el sofá del salón. Es casi insultante cómo hace todo lo posible por evitarme.

Este... arreglo no está funcionando. Además de no avanzar en captar la atención de mi marido, he encontrado muy poco que reportar a mi padre. Y como Alex me ha excluido casi por completo desde aquel día en el salón, no he tenido oportunidad de descubrir más.

Sigue reuniéndose aquí, pero de manera muy informal.

A veces está fuera con alguien en la entrada trasera, o hablando tomando café en la cocina.

Un par de veces me lo he encontrado charlando con Kostya mientras jugaban al billar en el despacho.

Los fragmentos de conversación que he oído me confunden, porque suelen hablar en un dialecto ruso que no conozco.

He oído algunas de esas palabras de boca de mi padre, pero no lo domino y él nunca se ha molestado en enseñármelo.

Cuanto más lo pienso, más clara veo la única forma de conseguir algo en esta misión de espionaje en la que me he metido.

Tengo que caerle bien a Alex. De lo único que estoy segura es de que le atraigo, lo admita o no.

Después de nuestra primera noche juntos, empezó a colocar almohadas y mantas entre los dos para darme algo de privacidad, o eso dijo en su momento.

Está bien, pero es que habla dormido. La otra noche me despertó con susurros y gemidos suaves, seguidos de mi nombre y órdenes medio masculladas.

Y sé que conseguir que me folle no bastará, pero quizá abra un poco la puerta. A estas alturas debe estar desesperado.

Joder... yo también estoy desesperada.

Esta mañana me he levantado temprano, dejándolo en la cama por una vez. Seguramente saldrá a hacer lo que sea que tenga planeado para la Bratva y enviará a Yeva para que me cuide. Por mucho que ella y yo hayamos conectado, hoy no la necesito para lo que tengo pensado.

He conseguido ducharme y vestirme sin despertarlo y ahora estoy saliendo. Menos mal que vivimos en la ciudad. Puede que no tenga coche como mi marido y mi cuñada, pero puedo moverme en metro, que está a unas calles.

Solo llevo quince minutos fuera cuando recibo un mensaje suyo.

¿Dónde estás?

Me conmueve levemente que haya notado mi ausencia.

Voy de compras. Volveré esta tarde, le respondo.

No me contesta para confirmar, pero veo que ha leído el mensaje.

En menos de una hora estoy paseando por el centro comercial y dirigiéndome a la tienda de lencería.

De todas las experiencias que he vivido, esta es nueva.

Nunca se me habría ocurrido comprar sujetadores y braguitas pensando en el hombre de mi vida, pero esta etapa consiste precisamente en cosas nuevas.

Entro en la tienda y suena el timbre electrónico de dos tonos. El fuerte olor a perfume me golpea en la cara a los dos pasos y sin darme cuenta me froto la nariz. Como si alguien hubiera volcado un frasco entero en la moqueta.

—Bienvenida a Lady's Things —me dice la cajera desde el fondo de la tienda. No parece tener más de dieciséis años, si es que llega. Lleva el pelo castaño brillante recogido en una coleta pulcra, delineador oscuro con alas y brillo de labios. Si es mayor de edad, me como el sombrero.

No me imagino a mi padre permitiéndome trabajar en una tienda de lencería. Probablemente se moriría del susto justo después de estrellarme la cabeza contra la pared.

La cajera ni siquiera levanta la vista mientras habla. Sus ojos están fijos en el teléfono que sostiene. —Alguien la atenderá en un momento.

Lo dudo, porque parece ser la única persona aquí. Me acerco a los percheros de ropa... y uso ese término generosamente. La mayoría de las prendas cuelgan delicadamente de las perchas como tiras de tela. Rojo y negro, rosa y blanco, sin mucha variación entre ellas.

Solo necesito algo para irme a la cama. Algo que rompa su resistencia en cuanto me vea. Y si, al final, no consigo nada más, al menos los dos obtendremos el desahogo que necesitamos.

Recorro el perchero, examinando cada conjunto, intentando imaginármelos puestos, cuando una carcajada fuerte capta mi atención.

Levanto la vista justo a tiempo para ver a un grupo de chicos adolescentes pasar por la entrada de la tienda.

Uno de ellos acaba de empujar a su amigo hacia la puerta, diciendo: —Venga, cómprate unas bragas, ¡marica!

El chico se pone colorado y le da un puñetazo en el hombro a su amigo. Todos se ríen y tropiezan entre sí al pasar. Uf. Menos mal que ya no soy una adolescente. Pensar que antes me parecían atractivos chicos así.

Estoy a punto de volver a fijarme en el perchero cuando distingo algo justo afuera. Me giro y veo a un hombre con chaqueta de cuero pasar. Mira por encima del hombro como si lo estuvieran siguiendo.

Se mete en el pasillo entre dos tiendas y, al hacerlo, me doy cuenta de que conozco a esa persona. El pelo oscuro con algunas canas a los lados, la barba descuidada y los ojos azules suaves.

Es uno de los hombres de Alex. Su amigo, creo. Gedeón... sí, Gedeón se llama. Es cercano a Rikki y uno de los brigadistas de mayor rango. Hablan de él como si fuera un tercer hermano Molotov.

¿Qué hace aquí?

Observo cómo se adentra en el haz de luz parpadeante del techo y, un momento después, otro hombre sale por otra puerta justo detrás de él. Se dan la mano, sonríen y empiezan a hablar. Todo el rato mirando alrededor por si alguien los escucha.

—¿Encuentra todo bien?

Me doy cuenta de que la cajera está ahora a mi lado. Ahora que estoy tan cerca, puedo ver que lleva sombra de ojos con brillo a juego con el pintalabios. Le sonrío y pregunto: —¿Tienen algo en talla nueve o diez, tal vez? ¿Quizá algo con menos flecos y más satén o seda?

Asiente y dice: —Claro. Por aquí.

Mientras se aleja, guiándome hacia otro perchero al otro lado de la tienda, miro otra vez hacia el pasillo con la luz parpadeante. Gedeón ya no está.

Se suponía que estaría aquí al menos hace una hora.

Estoy de pie frente al espejo, mirándome una última vez con la lencería que elegí.

Llevo dudando desde que me la puse. Es un body de satén rojo con flecos de encaje por encima del sujetador.

Me queda bien, cubriéndome hasta la mitad del culo para que se vea la parte inferior de las bragas a juego.

Me gusta cómo me siento con él. Suave y cómodo...

Debería haber elegido el conjunto de sujetador y bragas que casi compro. El momento en que me arrancó las bragas aquella primera noche vive en mi cabeza sin pagar alquiler. Estaría bien que lo repitiera.

Pero tiene que estar aquí para hacerlo. Y me siento estúpida solo de pie, esperando a que note mi desnudez parcial. Encojo los hombros mientras miro el despertador en su mesilla. Joder.

Suspiro y cojo mi batín. Bueno, podría picar algo e irme a la cama. Dondequiera que esté esta noche, no pienso esperarlo como un perrito faldero.

De camino abajo, empiezo a pensar en la otra alternativa a toda esta estúpida situación en la que me han metido.

Huir. El dinero que tengo no es mío. Nunca lo ha sido.

Era de mi padre y ahora es de mi marido.

No sé hasta dónde llegaría sin nada y no me atrevo a robarlo. Los Bratva no dejarían de perseguirme.

Mientras rebusco en los armarios de la cocina las galletas de chocolate que escondí aquí, me doy cuenta de que estoy agotada, mental y físicamente. Esta experiencia entera me está desgastando día a día.

Encuentro mi paquete de galletas y me apoyo en la encimera mientras lo abro y saco una para comer. Me quedo ahí mascando galletas con trocitos de chocolate, preguntándome cómo conseguir que mi marido me folle como si no hubiera un mañana.

Y entonces oigo lo que parecen bolas de billar. Es leve... pero definitivamente lo oigo.

Así que está en casa y en la sala de juegos. Me pregunto si tendrá una reunión tardía. Me como un par de galletas más, escuchando el choque de las bolas pesadas entre sí. Poco a poco, me doy cuenta de que no oigo voces.

Está solo ahí dentro. De repente, recuerdo el consejo de Yeva. Ese papel de inocente no va a colar con Alex.

Un acto inocente. Como si fuera una tímida criatura escondida en el dormitorio esperando a que él me encontrara. Bueno, eso es algo que no soy. Ya no.

Dejo las galletas y salgo de la cocina.

Mientras avanzo por el pasillo, sigo escuchando atentamente cualquier otra voz. O cualquier voz en absoluto. Mi ansiedad empieza a apoderarse de mí según me acerco a la puerta y mi corazón late a mil por hora. Todos los miedos que he tenido comienzan a emerger cuanto más cerca estoy...

No eres inocente, Nona. Eres una mujer hermosa, fuerte y sexy. Solo necesitas hacérselo saber.

Me acerco a la puerta y la abro lentamente.

La sala de juegos está como siempre, un gran sofá de cuero mullido en una esquina frente a una pantalla de cincuenta pulgadas que nunca he visto encendida en las pocas semanas que llevo aquí.

Una diana electrónica en la esquina más alejada y una mesa de air hockey junto a la pared...

Varios objetos que imagino que él y sus hermanos usan para entretenerse.

Está inclinado sobre la mesa de billar, el taco en mano y apuntando hacia una de las bolas. Me lanza una mirada por encima del hombro, luego vuelve a concentrarse en el juego.

—¿Qué haces aquí abajo? —dice.

—No has venido a la cama aún —respondo con toda la naturalidad que puedo reunir—. Pensé que no estabas en casa. Luego te oí aquí.

Golpea la bola. Rueda sobre el fieltro y cae en el agujero de la esquina derecha. —¿Y?

—Y... no podía dormir.

Se incorpora y suspira. —Vuelve a la cama, Nona.

La autoridad en su voz casi me hace obedecer. Sin embargo, mantengo mi postura firme. —No —digo—. Quiero quedarme aquí abajo.

Se frota el puente de la nariz como si le viniera dolor de cabeza. —No estoy de humor para esto.

—Oh, no lo sé —digo mientras desato la bata—. Creo que quizá tenga algo que pueda mejorar tu humor.

Mi bata cae al suelo. Él mira hacia mí... y echa un segundo vistazo. Sus ojos recorren mi cuerpo lentamente, estudiando cada curva como si quisiera memorizarla.

—¿Qué crees que estás haciendo? —me dice, aunque no aparta la vista.

—¿No lo sabes?

Alza la mirada hacia mí y ahora nos estamos mirando fijamente. Aparta los ojos de mí y los vuelve a la mesa de billar. —Si has venido aquí para seducirme —dice—, no estoy interesado.

Eso duele un poco, pero no estoy dispuesta a rendirme tan fácilmente. Él da la vuelta a la mesa para calcular otro tiro. En cuanto se inclina para hacerlo, me acerco y me apoyo en la mesa, justo en su línea de visión. Me mira fugazmente. —Basta.

Le sonrío y me subo a la mesa. El movimiento hace que una de las tiras se deslice por mi hombro y veo cómo se fija en ello. Está enfadado... pero también excitado.

—Hazme parar —digo.

Algo cruje tras sus ojos y su expresión se oscurece. Se incorpora lentamente y dice: —Realmente estás pidiéndolo esta noche.

Estoy prácticamente suplicándolo. Aparto las bolas y me reclino sobre la mesa. La otra tira se desliza, y ahora está mirando la línea de encaje justo por encima de mis pechos.

Da la vuelta a la mesa y me agarra, tirando de mí para ponerme de pie. Me sostiene por los hombros, su aliento en mi cara mientras me mira a los ojos.

—Te dije que la próxima vez te azotaría con una correa —dice—. ¿Es eso lo que buscas, conejita?

Tengo los pezones tan erectos que el simple roce de la tela contra ellos me está poniendo increíblemente caliente. —Haz tu peor esfuerzo.

Una leve sonrisa asoma en la esquina de su boca y baja una mano, agarrándome el culo con fuerza antes de dar una palmada. El sonido resuena contra las paredes mientras el cálido y bienvenido dolor recorre mi cuerpo.

Estoy tan mojada que mis muslos empiezan a resbalar.

Me empuja hacia la mesa de billar y agarra mi pierna, levantándola y apoyándola en el borde.

Luego baja mi body, liberando mis pezones.

Se inclina, su lengua rodeándolos mientras su mano se desliza y se mete entre la tela de mis braguitas, introduciendo sus dedos dentro de mí.

La sensación de su lengua contra mis pezones... luego sus dientes al mordisquearlos suavemente, sus dedos follándome mientras presiona su pulgar contra mi clítoris. Me estoy agarrando a él, pero empiezo a dejarme llevar por su ritmo. ¿Cómo sabe exactamente cómo tocarme?

Envuelve su brazo a mi alrededor para estabilizarme, luego, con un gruñido, me muerde fuerte mientras mete otro dedo dentro de mí. Clavo mis uñas en su nuca. Mierda... va a hacerme venir...

Y entonces... se detiene. Sus dedos aflojan el ritmo y sus mordiscos se convierten en suaves círculos con la lengua alrededor de mis pezones hinchados. Y luego, da un paso atrás, liberándome mientras me sonríe con pereza.

Se mete los dedos en la boca, lamiendo mis jugos. —Hay más de una forma de castigar a alguien —dice—. La próxima vez, no interrumpas mi juego.

Y con eso, se da la vuelta y se marcha, dejándome allí.

Cabrón. Estoy tan tensa que podría llorar.

En cambio... sonrío. Puede decir y hacer lo que quiera, pero le estoy afectando. La próxima vez, no podrá irse tan fácilmente.