El heredero de mi padre (Una pasión secreta) CAPÍTULO 54
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CAPÍTULO 54

Corro durante una hora más o menos. Llevo días haciendo mucho ejercicio.

Hace tiempo, me hundía en botellas de whisky o ouzo para olvidar la mierda que me pasaba. Pero quiero cambiar, madurar y dejar de actuar impulsivamente. Por eso ahora hago ejercicio, libero endorfinas y serotonina, y así consigo bajar mis niveles de estrés sin despertarme con resaca al día siguiente.

Me ducho con ella en la cabeza todo el rato, en todas partes. Incluso percibo el aroma de Chiara y recuerdo la textura de sus labios mientras los recuerdos me torturan.

No ha sido fácil mantenerme alejado. Anoche estuve fuera de la casa durante horas. Un impulso casi insano me consumía por dentro, suplicándome que entrara en la propiedad y subiera a su habitación. Pero no lo hice. Volví al hotel y fui al gimnasio a entrenar.

Termino de ducharme, me enrollo la toalla alrededor del cuerpo y voy al dormitorio. Oigo sonar el teléfono y veo que es Matteo.

—¡Hola, Matteo!

—¿Cómo estás, Eros?

—Bien. ¿Va todo bien? —pregunto—. ¿Cómo están Elena y tu hija?

—¡Están genial!

—Me alegro de oír eso. Por cierto, siento haberme ido de la maternidad así sin despedirme de nadie. Empecé a agobiarme y necesitaba salir a despejarme.

—No tienes que disculparte. Lo entiendo. Te llamo más o menos por eso.

—¿A qué te refieres?

—Elena y yo tuvimos un problema hace unos nueve meses. Sé más o menos el tiempo porque ella ya estaba embarazada y no lo sabíamos. En lugar de quedarme a afrontar el problema, hablarlo y arreglar las cosas, huí, me distancié, y por eso mi mujer pasó sola los primeros días después de enterarse del embarazo. Un sufrimiento que no merecía después de todo lo que ya había pasado. Cargo con esa culpa, aunque conseguimos arreglarlo todo.

—¿Por qué me cuentas esto?

—Porque, aunque de otra forma, estás haciendo lo mismo. Te estás alejando.

—Es que no quiero que sufra más por mi culpa.

—¿Entonces crees que es más feliz ahora?

—No tengo esa respuesta.

—Eros, si no creyera que amas a Chiara, no te estaría diciendo esto.

—¿Diciéndome qué?

—Está en mi club. No es nada grave; solo se está divirtiendo. Pero ese primo tuyo que estaba en la boda rondando a Chiara está allí ahora mismo, haciendo lo mismo.

Se me tensa el cuerpo al darme cuenta de que Apollo está cerca de ella.

—Voy para allá —digo mientras voy hacia el armario.

—No tienes que hacer cola. Ve a la entrada VIP. Elena apuntó tu nombre y te puso en la misma zona VIP que Chiara.

—¡Gracias, tío! Dale las gracias a Elena de mi parte.

—Estás en altavoz, te está escuchando.

—Si le juegas con la cabeza a mi pececito, tendrás que vértelas conmigo, hermano —dice Elena, y no puedo evitar sonreír.

—Intentaré hacer lo correcto esta vez, lo prometo.

Colgamos, y en unos minutos estoy en mi coche conduciendo a cien por hora hacia el club de Matteo.

Entrego las llaves al aparcacoches y entro en el local.

Los recuerdos de mi primera noche con Chiara me invaden y me arrancan una sonrisa.

El guardia de seguridad me pone una pulsera en el brazo y entro.

Va a ser difícil encontrar a Chiara desde aquí.

Me dirijo a la zona VIP. Desde allí arriba tendré mejor vista.

En la planta superior, la busco con la mirada, ansioso. No tardo en localizarla.

Mi chica está bailando y, joder, nunca he visto nada tan hermoso y sexy al mismo tiempo. El problema es que no soy el único que la mira. Hay un montón de tíos babeando por ella, y eso me cabrea una barbaridad.

Aparto la mirada de ella y tengo el disgusto de ver a Apollo en la barra, a ese Luca en el que no confío ni un pelo, y a Elisa, la chica que no deja de rondarme.

Tienen bebidas en la mano.

¿Qué es eso que lleva Apollo en la otra mano?

—¡Mierda, una bebida rosa! —caigo en la cuenta y echo a correr.

Elisa me ve e intenta detenerme, pero me la llevo por delante y sigo corriendo.

Llego justo cuando Luca levanta la bebida hacia Chiara.

Le doy una patada en la mano al cabrón y la bebida sale volando.

—¿Cuál es tu problema? —pregunta el idiota.

Voy directo hacia Apollo, le suelto un puñetazo y lo derribo.

—¿Intentabas drogar a mi mujer, hijo de puta? —pregunto mientras le saco el frasquito del bolsillo.

—Tu hermanita, querrás decir, primo.

Los guardias de seguridad nos sujetan.

—Estos cabrones intentaban drogar a mi mujer —les muestro el frasco a los guardias de seguridad.

—¿Qué estás haciendo? —pregunta Chiara.

Uno de los guardias de seguridad recibe una llamada que no dura más de veinte segundos.

—El jefe ha dicho que suelten a este hombre —me señala—, y que echen a los otros dos —dice, señalando a Luca y Apollo.

Te debo una, Matteo.

Echan a los dos idiotas entre los abucheos de los clientes que han oído el motivo del alboroto.

—Ven conmigo —le digo tirándole de la mano, pero ella se suelta bruscamente.

—No voy a ir contigo. Estaba bailando y eso es lo que voy a seguir haciendo —dice, y se marcha para volver a subir a donde estaba.

—¡Joder! Necesito un chupito de whisky.

Me quito la chaqueta de cuero que llevaba puesta, pido la bebida en la barra y me la bebo de un trago.

Todavía me hierve la sangre por todo lo que acaba de pasar, y ver todos esos ojos puestos en Chiara lo hace aún más insoportable.

Mi cordura se va directamente al infierno cuando veo a un idiota que intenta cogerle la mano.

Me acerco al cabrón a grandes zancadas.

—Yo que tú no volvería a intentar ponerle la jodida mano encima a mi mujer —fulmino al hijo de puta con la mirada.

—¡Perdona! No sabía que estaba con alguien.

—Chiara, baja de ahí —levanto la mano para ayudarla.

—No pienso hacerlo. Y deja de decir que soy tu mujer —dice, plantándome cara.

—¡Eres mía, joder! —exploto—. No quiero que nadie te mire, y mucho menos que toque lo que es mío.

—¡Vete a la mierda, Eros! Me voy a quedar aquí meneando el culo. No pienso ir a ninguna parte contigo.

Antes de que pueda reaccionar, me la echo al hombro.

—No era una jodida petición, hermanita —digo mientras le coloco la chaqueta sobre el trasero para cubrir lo que es mío.

—Suéltame, idiota —maldice mientras me da puñetazos en la espalda y la llevo a la zona VIP.

¡Bien hecho, Eros Makris! Se te da de maravilla eso de no actuar impulsivamente.

Tumbo a Chiara en el sofá y ella sigue intentando golpearme.

Le agarro las muñecas y me coloco sobre ella.

—Eres mía —digo con tono posesivo—. Estoy loco por ti.