CAPÍTULO 50
Me despido de mi hermano y vuelvo a entrar en el hospital.
Voy por el pasillo cuando me encuentro con mi padre, que está cogiendo un café de la máquina.
—Hijo, ven aquí —dice, acercándose.
—¿Qué pasa, papá?
—¿Qué te parece venir a Grecia conmigo?
—Vas a ir tras quien le tendió la trampa a Eros, ¿verdad?
—Sí. Un amigo investigador está consiguiendo autorización para solicitar las grabaciones de las cámaras de seguridad de ese bar. Quien le hizo eso a tu hermano va a pagar en los tribunales y con la misma exposición pública que le provocó.
—Tengo tres sospechosos.
—¿Quiénes?
—Demetrios —ese es bastante obvio—, Apollo y Penélope.
—¿Apollo? —pregunta mi padre, frunciendo ligeramente el ceño.
—La chica que aparece besando a Eros tiene cierto parecido con Chiara —explico—. ¿Crees que es casualidad?
—Apollo es el único que conoce a Chiara.
—Exacto. ¿Cuándo nos vamos?
—Mañana tengo una cena de negocios; iré con Paola. Así que el viernes, cuando termines en la universidad, iremos directamente al aeródromo. Cogeremos el jet privado.
—De acuerdo. Estoy deseando aclarar toda esta historia.
Voy a la habitación de Elena.
—Chiara, tenemos que irnos —digo, acercándome a ella—. Tienes que tomarte la medicación y ponerte una compresa en ese moratón.
Me mira decepcionada, y sé exactamente por qué.
—De acuerdo —responde, acercándose a Elena.
—No sufras por adelantado; todo va a salir bien —dice Elena, y abraza a Chiara.
—Matteo y Elena, me alegro mucho por vosotros —digo con sinceridad—. Enhorabuena, vuestra hija es preciosa, y pienso enseñarle a llamarme tío Atlas.
—Por supuesto —dice Elena con una sonrisa amable.
Chiara y yo nos despedimos de Paola y vamos hacia el aparcamiento.
Subimos al coche y arranco el motor.
—Esos son la madre y el padrastro de Matteo —dice Chiara, señalando a una pareja que se dirige a la entrada del hospital.
—¿Y el padre de Matteo?
—Debería aparecer a lo largo del día. Matteo y él llevan poco tiempo con una relación de padre e hijo. Su padre no era buena persona, pero parece que está intentando enmendarse.
—Ya veo.
Pasamos el resto del trayecto en completo silencio. La expresión de Chiara refleja a la perfección su tristeza.
Cuando llegamos, bajamos del coche y entramos en la casa.
—Eros no está aquí, ¿verdad? —pregunta, aunque ya sabe la respuesta.
—No. No está.
Subimos las escaleras.
—Es hora de tu medicación —digo.
—¿Cómo lo sabes?
—Eros me lo dijo.
—Ya han pasado más de veinticuatro horas, como recomendó el médico, y me sé el horario de la medicación. No hace falta que te preocupes —dice. No suena enfadada, solo triste.
—¿Puedo pasarme de vez en cuando a ver cómo estás?
—¿Te lo ha pedido tu hermano?
—Sí. Pero yo también estoy preocupado por ti.
—Vale, puedes venir —fuerza una sonrisa.