CAPÍTULO 36
Me quedé en la puerta del baño esperando a Chiara. Ya había bebido demasiado y quería que tomara un poco de agua.
Tenía la mirada baja cuando noté que alguien se acercaba.
¿Qué hacía este idiota aquí?
—¿Dónde está Chiara? —preguntó Apollo.
—¿Qué quieres con ella? —pregunté, plantándole cara.
—Eso es entre nosotros dos —respondió, y nos quedamos mirándonos fijamente.
En ese momento, Chiara salió del baño.
—Chiara, quería disculparme por lo que pasó con mi madre —dijo el idiota.
—Está bien. Pero no pienso disculparme por haberla echado —dijo Chiara, con la voz pastosa por el alcohol—. Nadie habla mal de mi madre delante de mí —levantó el dedo índice—. Tu madre fue cruel e irrespetuosa.
—Vuelvo a disculparme —dijo el idiota.
Por fin se fue. Chiara y yo volvimos al jardín y Atlas se acercó.
—Todavía es temprano. Voy a dar una vuelta por la ciudad —dijo mi hermano.
Chiara tropezó.
—Alguien ha bebido de más —bromeó Atlas—. ¡Te lo advertí!
—Quédate aquí con ella —dije—. Vuelvo enseguida.
Fui a la cocina, cogí un vaso de agua y volví al jardín.
—Bebe esto, Chiara —le tendí el vaso—. Te ayudará con la resaca de mañana.
—¡Me voy, chicos! Llamadme si necesitáis algo —dijo Atlas mientras se dirigía a su coche.
Sofía y Damon se acercaron.
—Eros, nos vamos —dijo Sofía.
La expresión de Chiara se endureció.
—¡Gracias, Damon! ¡La banda es increíble! —dije con sinceridad.
—¡Gracias, tío! La ceremonia y la fiesta han sido preciosas.
—¡Gracias! —respondí.
Uno de los músicos llamó a Damon, que se acercó al escenario.
—¡Hola, Chiara! —dijo Sofía.
Chiara levantó la cara con los ojos como platos.
—¿Me conoces? —preguntó.
—Eros habla mucho de ti —dijo Sofía, sonriendo—. Eres aún más guapa de cerca.
—No digas eso —suplicó Chiara, con la voz pastosa—. Eres su ex. No puedo permitirme que me caigas bien.
Sofía y yo sonreímos.
—¿Ves a ese tío guapo de pelo largo que ha cantado toda la noche? —preguntó Sofía.
Chiara asintió.
—Es mi novio. Y hoy he encontrado una cajita de terciopelo negro con un anillo dentro de su maleta.
—¿Te va a pedir que te cases con él? —preguntó Chiara, llevándose la mano a la boca.
—Eso espero, o le estampo una guitarra en la cabeza.
Las dos sonrieron.
—¿Por qué no me dijiste que el guapo del pelo largo era su novio? —preguntó Chiara, haciéndome sonreír.
—Me encantaba verte celosa —respondí, y ella entrecerró los ojos.
—Chicos, me voy —dijo Sofía y me abrazó—. ¡Me ha encantado verte!
—¡Igualmente!
—Chiara, ¿puedo darte un abrazo? —preguntó Sofía, y Chiara asintió tímidamente—. Me alegro de conocerte por fin.
Se abrazaron y Sofía fue a reunirse con la banda.
Todos los invitados ya se habían ido.
—Quédate aquí, vuelvo enseguida —le dije a Chiara, que cruzó los brazos sobre la mesa para apoyar la cabeza.
Fui a buscar a Emma, el ama de llaves.
La encontré en la cocina, despidiendo a algunos empleados que habían terminado su trabajo.
—Emma, Chiara no se encuentra muy bien. Voy a llevarla a su habitación. ¿Podrías encargarte de terminar aquí?
—Por supuesto —respondió.
—¡Gracias!
—Señor...
—Dime.
—Perdone la intromisión, pero a esa chica le gusta usted mucho. Daba pena verla tan decaída toda la semana.
—Eso es lo que no entiendo. Yo estaba en Grecia dispuesto a discutir con quien hiciera falta para no dejarla ir —apoyé los codos en la encimera—. Ella me llamó y lo dejó todo. Y vale, sé que va a decir que lo hizo para que no me desheredaran y no discutiera con mi padre, pero a mí me daba igual el dinero y en cuanto a mi padre, sabía que tarde o temprano arreglaríamos las cosas. Nunca se me pasó por la cabeza renunciar a Chiara, por eso su llamada para dejarlo me dolió tanto.
—Entiendo. Fue como un jarro de agua fría, ¿verdad?
—Aunque no fuera por las razones que dio por teléfono, sigo sin poder evitar pensar que renunció a lo nuestro con demasiada facilidad.
—Quizás solo esté insegura. Nunca la había visto tan interesada en un chico. Aunque no se abre fácilmente, se nota.
Me perdí en mis pensamientos, dándole vueltas a todo lo que había dicho.
—Buenas noches, Emma.
—Buenas noches, señor.
Volví al jardín. Chiara estaba dormida en la misma posición en la que la había dejado.
Guardé su teléfono en el bolsillo y la cogí en brazos. Chiara apoyó la cabeza en mi pecho. Abrió los ojos un instante, pero volvió a cerrarlos.
—Te he echado de menos, dios griego —dijo adormilada.
—¿Dios griego? —repetí sonriendo—. Yo también te he echado de menos, hermanita.
Subí las escaleras y la llevé a su habitación.
Abrí la puerta, la llevé dentro y la cerré con el pie.
Dejé a Chiara en su cama. Me quedé mirándola dormir plácidamente unos segundos, hasta que vomitó encima de toda su ropa.
Le giré la cara hacia un lado para que no se ahogara.
—Maldita sea, ¡sal de aquí! —refunfuñó, visiblemente avergonzada.
—Ni hablar. Tienes que quitarte esta ropa sucia y darte una ducha.
—Puedo hacerlo sola. Sal de aquí o no volveré a tener valor para mirarte a la cara.
Sin hacerle mucho caso, volví a cogerla en brazos y la llevé al baño.
—Necesito que te pongas de pie para quitarte el vestido —dije, apoyándola contra la encimera.
Me di cuenta de que volvía a tener náuseas y la acerqué al váter.
Le sujeté el cuerpo y el pelo —que ya estaba sucio— mientras echaba todo el alcohol que había bebido durante la noche.
—¡Por favor, no mires! —suplicó, y me eché a reír—. Eros, ¡lo digo en serio!
—Vale —dije, apartando la cara.
Terminó, tiró de la cadena y la llevé al lavabo.
—Necesito lavarme los dientes —dijo, cogiendo el cepillo y la pasta, pero fracasó estrepitosamente al intentar poner la pasta en el cepillo.
—Deja que te ayude.
Puse la pasta en el cepillo y se lo devolví.
Mientras Chiara se lavaba los dientes, le bajé la cremallera del vestido.
—¿Puedes mantenerte de pie? —pregunté.
Asintió.
Empecé a quitarme la ropa y llevé nuestros teléfonos al sillón de la habitación.
—¿Qué haces? —preguntó, frunciendo el ceño.
—Tranquila, solo voy a ayudarte con la ducha.
Me quedé en bóxers, me acerqué a Chiara, la metí en la ducha y abrí el grifo.
La rodeé con los brazos, con su cabeza apoyada en mi pecho mientras el agua le caía encima.
Permanecimos en silencio un buen rato. Le lavé el pelo y le enjaboné el cuerpo.
Se movió con nuestros cuerpos pegados, y me costó concentrarme solo en cuidarla.
—Tranquila, hermanita, no me lo pongas más difícil —dije sonriendo, intentando controlar mi erección.
Después de aclararle todo el jabón, cerré el grifo, cogí una toalla de la encimera, la llevé a la habitación y la senté en la cama.
—Quédate aquí, ahora vuelvo —ordené.
Fui a su armario.
No encontré ningún camisón ni nada para dormir, pero di con una camiseta y unas bragas.
Volví junto a Chiara, primero le puse las bragas y luego la camiseta.
—Eres guapo, ¿lo sabías? —dijo, acariciándome la cara.
—Lo sé —sonreí—. Me llamaste dios griego hace un momento.
—¿Sí?
—Sí, lo hiciste.
—Olivia y yo te llamamos así todo el rato en la universidad.
—¿Olivia? —pregunté.
—Es mi amiga de la universidad de moda. La invité a la boda, pero no vino. ¿Dónde está mi móvil? Tengo que llamarla.
—No, mejor habla con ella mañana. Tu amiga debe de estar durmiendo. Ya es más de medianoche.
—Vale.
—¿Qué te parece dormir en mi habitación? Te prometo que solo dormiremos —sugerí.
—¿Y si no quiero solo dormir? —preguntó sonriendo.
—Esta noche no va a pasar nada. Solo voy a cuidarte.
—Vale —dijo, torciendo el gesto.
Le envolví la toalla alrededor de la cintura, por si había alguien más en la casa o Atlas había llegado.
—¿Vamos? —pregunté, y asintió.
La cogí de la mano y fuimos a mi habitación.
—Túmbate aquí. —Le ajusté la almohada—. Si quieres, puedo dormir en el sofá.
—No hace falta. La cama es muy grande.
—Vale.
—Ahora vuelvo —dije.
Cogí un pantalón de chándal, me di una ducha rápida —porque al bañar a Chiara solo me había mojado—, me puse el pantalón y volví a la cama. Chiara ya tenía los ojos cerrados.
Me tumbé a su lado y le acaricié el pelo.
—Eros… —dijo Chiara.
—Pensaba que estabas dormida.
—No quería decir nada de lo que dije por teléfono.
—¿Y por qué las dijiste? —No fui grosero. Al contrario, seguí acariciándole el pelo.
—Porque si te hubiera dicho que era porque estoy enamorada de ti, no habrías entendido nada.
—¿Puedes entenderlo tú?
—Eros, mira a Sofía y a Penélope. Las dos parecen esculpidas a mano.
—No entiendo adónde quieres llegar con esto.
—Tus ex son preciosas. Y encima, por mi culpa discutiste con tu padre y perdiste tu herencia. Mi familia no siempre ha tenido dinero, así que para mí no es problema vivir sin él, pero tú has vivido rodeado de lujo toda tu vida. Tarde o temprano te cansarías de mí y te arrepentirías de haber renunciado a tantas cosas por mí.
—Es una pena que pienses que lo que siento por ti es tan superficial.
Chiara no dijo nada más. Al poco, su respiración se volvió más profunda.
Si tuvieras la más mínima idea del poder que tienes sobre mí, no pensarías estas cosas.