El heredero de mi padre (Una pasión secreta) CAPÍTULO 23
38%

CAPÍTULO 23

Miro los hermosos ojos de Chiara. Casi no puedo creer que la tenga en mis brazos otra vez.

¿Qué tiene esta chica que ha provocado todo este torbellino en mi interior?

—Quiero ir despacio contigo esta noche. Quiero saborear cada momento, cada caricia, cada beso, cada sabor.

Pido paso y ella abre los labios, invitadores. Cuanto más la beso, más quiero besarla. Es como una adicción.

Le subo la camiseta y se la quito. Mis labios se deslizan hacia sus hombros, donde deposito varios besos.

Un gemido escapa de la boca de Chiara y una oleada de excitación me recorre el cuerpo. Mi polla reacciona, a punto de reventar los pantalones.

—Joder, eres deliciosa —me sale la voz ronca. Estoy ebrio de deseo.

Lleva uno de esos sujetadores sin cierre y me deshago de él enseguida.

Sus hermosos pechos redondos, con las areolas rosadas, son una auténtica tentación.

Mis labios húmedos recorren su cuerpo y se detienen en los pezones duros. Mi lengua rodea uno de ellos mientras mi mano acaricia el otro.

Estoy hambriento, así que chupo, muerdo y me los meto en la boca. Primero un pecho, luego el otro. Chiara no deja de gemir y echar la cabeza hacia atrás, rendida a las sensaciones. Sus pechos se enrojecen de tanto devorarlos.

Me arrodillo y voy trazando un camino con la lengua por su piel hasta llegar al botón del pantalón.

La respiración de Chiara se vuelve agitada por la anticipación.

Le abro el botón y la cremallera y le bajo los pantalones despacio.

Ahora Chiara lleva solo las bragas, unas cómodas, nada de encaje como la última vez, pero aun así está increíblemente sexy.

La mancha húmeda en las bragas grises se ve a la perfección.

—¡Joder, Chiara! —gruño—. Ya estás tan lista para mí.

Retiro despacio la última prenda que me impide verla del todo desnuda.

Le agarro el trasero con firmeza con una mano y con la otra la follo con dos dedos. Mi lengua se desliza entre sus pliegues hasta encontrar su punto más sensible.

El cuerpo de Chiara reacciona al contacto de mi lengua firme en el clítoris hinchado.

Su sabor adictivo me inunda la boca. Chupo, succiono y lamo hasta hacerla jadear.

Chiara abre más las piernas y me da aún más acceso.

—Eros... —gime mientras me tira del pelo.

Siento que Chiara está a punto de correrse, así que intensifico el movimiento de los dedos en su entrada y de la lengua en el clítoris.

Se corre en mi boca con ese sabor incomparable.

Le fallan las piernas y la recuesto en la cama improvisada.

Frota una pierna contra la otra, todavía recuperándose del clímax.

Sus ojos hambrientos no se apartan de mí mientras me quito la ropa a toda prisa.

Cojo un condón del bolsillo del pantalón, pero justo cuando estoy a punto de rasgar el envoltorio con los dientes, Chiara se incorpora y tira de mí para que me tumbe.

—Quiero... —hace un gesto de mamada con la mano, lo que me hace estallar en carcajadas—. Soy nueva en esto, así que quiero que me guíes.

Solo la anticipación hace que mi polla palpite y cobre vida.

Empieza a masajearla. Sus ojos son pura lujuria.

Empieza tímidamente, recorriendo toda la longitud con la lengua.

Antes de metérsela del todo en la boca, Chiara explora toda la zona con besos y lametones.

Después de torturarme un rato, se la mete en la boca. Primero la cabeza, saboreando el líquido preseminal, y luego se la mete más adentro.

—¡Joder, Chiara! —gruño con la cabeza echada hacia atrás—. Tu boca es increíble. Me estás volviendo loco.

Chiara mueve la boca caliente y húmeda de arriba abajo con movimientos rítmicos. Tiene los ojos fijos en cada una de mis reacciones. ¡Joder, qué excitante!

Aprieto los dientes ante el placer extremo y tortuoso.

Le recojo el pelo con la mano, pero apenas necesito guiarla. La forma en que las manos y la boca de Chiara exploran mi polla me deja al borde del colapso.

—Qué boquita tan deliciosa tienes, hermanita —le sujeto el pelo con firmeza.

Chiara se la mete hasta donde puede. Se da cuenta de que va a tener arcadas y retrocede. Repite el movimiento varias veces, atormentándome.

Echo la cabeza hacia atrás, torturado por un placer intenso. Un gemido ronco escapa de mi garganta y ya no puedo contenerme más.

—¡Basta! —tiro de ella hacia arriba—. ¡Joder, Chiara! —maldigo y la beso, saboreándome en su boca.

Se muerde el labio inferior con una sonrisa engreída de quien sabe que me ha llevado a otra dimensión.

Incapaz de esperar más, intercambio posiciones con Chiara y me coloco encima de ella.

—Necesito estar dentro de ti —digo mientras recojo el condón del suelo.

—Y yo te necesito dentro de mí —sonríe la preciosa mujer.

Sin perder tiempo, froto la cabeza hinchada de mi polla dura contra su coño húmedo y me deslizo despacio dentro de ella.

—¡Joder, qué estrecha! —gruño, enloquecido de deseo. Está tan apretada que siento que me va a aplastar la polla.

—Ahhh... —una mueca de dolor aparece en el rostro de Chiara—. No pensé que volvería a doler —aprieta la almohada bajo la cabeza.

—Pasará —la beso. Quiero que se relaje, a pesar de mis ganas de follármela con fuerza.

Llevo el pulgar a su clítoris duro y empiezo a masajearlo.

Me muevo dentro de ella para que se acostumbre y el dolor dé paso al placer.

La expresión de incomodidad se va suavizando en el rostro de Chiara.

Saco la polla del todo, le abro los muslos aún más y vuelvo a metérsela de golpe. Lo repito varias veces y cada vez Chiara se retuerce.

—Ah, Eros…

—Eso es, hermanita, gime mi nombre.

Embisto contra ella, haciendo chocar nuestros cuerpos con más y más fuerza.

—¡No pares! —dice Chiara, con la cabeza echada hacia atrás—. Yo… Ah… Eros.

—Córrete para mí, preciosa —digo, sintiendo cómo su coño aprieta mi polla en otro orgasmo.

—Ah… Sí, Eros —su abdomen se contrae, su pierna se tensa en el aire y estira los pies—. Eso fue… ¡increíble! —dice, aún recuperándose.

—¡Preciosa!

Ver a Chiara alcanzar el clímax es lo más hermoso que he visto en mi vida.

—Quiero estar encima de ti —dice, aún sin aliento, con voz ronca y una sonrisa llena de lujuria—. Túmbate, Eros —ordena—. Déjame hacerlo todo.

Hago lo que dice y coloco las manos detrás de la cabeza mientras la observo pasar la pierna por encima de mí.

Chiara masajea mi polla suavemente, la frota contra su coño resbaladizo y desciende lentamente sobre mí, torturándome.

—¡Joder! —gruño.

Me cabalga de maravilla. A veces se acaricia los pechos cubiertos de marcas rojas de lo mucho que los devoré, a veces se muerde el labio inferior, a veces echa la cabeza hacia atrás con los ojos cerrados y gime.

¡Perfecta! Dios, ¡es perfecta!

Admiro a mi chica, observando sus pequeños pechos rebotar con cada movimiento sensual de su cuerpo. El cabello se le pega al rostro humedecido por el sudor, que también hace brillar su piel.

—¡Joder, Chiara! Vas a volverme loco.

Necesito más, así que agarro las caderas de Chiara y embisto con fuerza desde abajo.

Empieza a gemir más fuerte, enloquecida de placer, lo que me anima a penetrarla aún más profundo.

El interior de Chiara aprieta mi polla con fuerza y su abdomen se contrae. Está alcanzando el clímax una vez más.

Intensifico mis movimientos aún más. Quiero alcanzar el clímax con ella, igual que la última vez.

Baja el cuerpo, acercando nuestros rostros, y explotamos en una intensa oleada de placer.

—¡Joder, Chiara! —maldigo. Es tan intenso que hasta tiemblo.

Estamos sin aliento. Siento el corazón de mi chica latiendo acelerado, igual que el mío.

Se deja caer a mi lado en la cama improvisada. Nos cogemos de la mano y permanecemos en silencio durante un largo rato, admirando el cielo estrellado con una hermosa luna creciente, como lo que siento por ella. Es nuevo y aterrador, pero al mismo tiempo me hace sentir vivo como nunca.

—Chiara, el día que nos conocimos estabas tomando algo rosa. ¿Cómo sabías que podías beberlo? —pregunto.

Todo lo que me contó sobre su intolerancia a alimentos y medicamentos me asustó un poco.

—Esa discoteca es de Matteo, así que conozco algunas de las bebidas. Esa lleva sake, fresa, leche de soja y azúcar. Por precaución, siempre vigilo mientras la preparan.

—¿Qué pasa si comes algo que no debes?

—Con la comida, me cuesta respirar.

—¿Y qué hay que hacer? Quiero estar preparado.

Chiara se levanta y coge el bolso, que está en la tumbona.

—Esto es un autoinyector de epinefrina. Si tengo una reacción alérgica, hay que inyectármelo rápidamente para evitar la anafilaxia. Me sube la tensión y reduce la hinchazón, así no me desmayo ni dejo de respirar.

—¿Hinchazón?

—La alergia a medicamentos causa una hinchazón muy fuerte, sobre todo alrededor de los ojos, la boca y la garganta.

—Chiara, eso es grave —digo, preocupado.

—Siempre tengo mucho cuidado.

—¿Hay algo más que deba saber? —pregunto.

—No. Solo que también tengo asma, pero lo controlo con inhaladores.