CAPÍTULO 22
Apollo no se rinde nunca. Si cree que voy a quedarme de brazos cruzados y dejar que se interponga en mi camino, está muy equivocado.
Chiara y yo seguimos hablando en la terraza. De hecho, esta conversación dista mucho de haber terminado.
—Chiara, sé que hace poco que nos conocemos, pero no soy de esos que tienen una novia en cada ciudad —explico.
—En ese caso, en cada país —dice, y sonreímos.
—Engañar, manipular y ser infiel nunca han sido lo mío. Pasé la mayor parte de mi vida soltero, con relaciones de una noche, pero siempre que tuve novia, fui fiel.
—¿Por qué rompiste con Penelope? —pregunta.
—Penelope es muy distinta de lo que imaginaba antes de empezar nuestra relación. Tenemos prioridades diferentes. Antes de salir, era amable y humilde. Su historia me cautivó. Pero cuando la vi cambiar tanto, me di cuenta de que esa no era su verdadera personalidad. Estaba interpretando un papel, ¿sabes? No tardó en mostrarse arrogante y manipuladora.
—¿A qué te refieres?
—Te pongo un ejemplo: no saludaba a ningún empleado de nuestra empresa cuando venía a visitarme, pero siempre era muy amable con mi padre, el dueño. Penelope venía de una familia sencilla de un barrio modesto, pero no conserva amigos de esa época. Sus amigos son influencers o gente con mucho dinero. La gota que colmó el vaso mientras estuvimos juntos fue verla humillar a una recepcionista de mi empresa.
—¿Qué pasó?
—La chica llevaba solo una semana contratada, nunca había visto a Penelope y no sabía que estábamos saliendo. En lugar de darle la tarjeta de acceso, llamó a mi secretaria para pedir autorización. Penelope se lo tomó como una afrenta y dijo que la chica no era más que una simple recepcionista y que nunca llegaría a ser nada más. Si hubiera podido, habría castigado a mi empleada por no conocer a la famosa influencer Penelope Floro. Justo en ese momento llegaba yo al edificio, así que lo vi todo.
—¿Y qué hiciste?
—La obligué a disculparse con la chica y esa noche, durante la cena, le dije que se había acabado.
—¿Se lo tomó bien?
—No. Siguió apareciendo por la empresa constantemente hasta que le pedí que dejara de hacerlo. Hace unos días me la encontré en un restaurante y me dijo que era una locura no querer estar con ella, o algo así. No lo recuerdo muy bien.
Nos sirvo más sake.
—Atlas y Penelope nunca se llevaron bien, pero sé que ella todavía mantiene contacto con mi padre. Lo llama tío Theo e incluso cambia la voz cuando habla con él.
Chiara se levanta y se apoya en la barandilla de la terraza para contemplar el Parco Sempione que tenemos delante.
—¿Podemos dejar a Penelope a un lado y hablar de nosotros? —pregunto.
—¿De qué quieres hablar?
—Estoy completamente enamorado de ti, como no lo he estado en toda mi vida.
—Eros… —me mira.
—Hablo en serio, Chiara. Es un sentimiento tan fuerte que me asustó un poco los primeros días. Echo de menos tu piel, tu aroma, tu beso, el sabor de tu boca, tu voz, tu mirada… Cuando estoy en Grecia, solo pienso en cuándo volveré a verte. No quiero tener que renunciar a ti.
—No tienes por qué —sonríe por primera vez esa noche—. Yo también estoy enamorada de ti, más de lo que me gustaría —pone los ojos en blanco con una sonrisa.
Ahora que sé que mis sentimientos son correspondidos, voy a luchar con todo lo que tengo por lo nuestro.
Acerco mi rostro al suyo y junto nuestras frentes. La suave brisa me trae su aroma, el corazón se me acelera, acerco aún más nuestros rostros hasta que mis labios rozan los suyos.
—Te eché tanto de menos —digo.
Introduzco mi lengua, buscando la suya. Chiara no solo me lo permite, sino que me rodea los hombros con los brazos. Ella dirige nuestro beso.
Cuánto había anhelado esto.
La presiono contra la barandilla para sentir su cuerpo contra el mío.
A estas alturas, Chiara seguro que ha notado el efecto que tiene en mí.
Cuando me pierdo en sus besos, es como si nada más existiera, solo nosotros.
Nos detenemos para recuperar el aliento.
Ella se gira para disfrutar de la vista y yo pego mi cuerpo al suyo, le beso el cuello y apoyo la barbilla en su hombro.
—¿Y cómo lo hacemos a partir de ahora? —pregunta.
—Podemos esperar a que me instale en Italia. La semana que viene nuestros padres se casan y cuando vuelvan de la luna de miel podemos contarles lo enamorados que estamos. ¿Qué te parece?
—No tengo ni idea de cómo reaccionará mi madre, pero tu padre ya ha dejado claro que está en contra.
—Mi padre solo estaba en contra por mi historial con las mujeres —confieso—. No tiene ni idea de lo importante que eres para mí; si lo supiera, seguro que no se opondría.
—Eros…
—Hmm…
—¿Me prometes ser honesto conmigo pase lo que pase?
—Sí. Te lo prometo.
—Yo también te eché de menos, hermanito —dice, y se vuelve hacia mí con una amplia sonrisa.
—¿Qué te parece si vamos al hotel donde me alojo? Llegué a pensar que podríamos ir más allá aquí mismo, pero vi que hay dos cámaras de seguridad, una en cada extremo.
—No me había dado cuenta —dice, y mira hacia las cámaras.
—¿Tú también estabas pensando cosas traviesas, hermanita?
—Pensé que esos cojines tendrían otro uso esta noche. Sería increíble volver a experimentar todo lo que me hiciste sentir aquella noche y después tumbarme aquí a mirar las estrellas.
Tengo una idea, pero decido no contársela.
—¿Entonces? ¿Quieres ir al hotel?
—Sí. Quiero.
Levanto a Chiara en brazos y la beso. En unos minutos dejamos todo como lo encontramos en la terraza.
Bajamos en el ascensor, nos despedimos de Taichi y, al salir del restaurante, Chiara me lanza las llaves del coche.
—Creía que habías dicho que eras resistente al alcohol —digo, arqueando una ceja.
—Digamos que mentí ese día porque tenía un objetivo en mente.
—Fuiste muy convincente —le abro la puerta del coche.
—Prueba de que sabía muy bien lo que hacía —responde, guiñándome un ojo.
Mientras conduzco, no dejamos de tocarnos. A veces le beso la mano, a veces mi mano se desliza hasta su muslo, a veces ella me acaricia la nuca.
Llegamos frente al hotel. El aparcacoches toma las llaves del coche mientras otro miembro del personal coge mi maleta.
Me registro y camino de la mano con Chiara hacia el ascensor.
—Estuve investigando y descubrí que Eros significa dios del amor y el erotismo —dice mientras le paso el brazo por el cuello.
—¿Has estado investigando sobre mí, hermanita? —pregunto, dándole un beso más largo en la boca.
—Eso fue antes de enfadarme contigo, el día de la comida en casa de mi hermana.
Entramos en el ascensor.
—Prefiero la versión de mi nombre en filosofía —digo, pulsando el botón de la última planta.
—¿Cuál es?
—En filosofía, Eros está relacionado con las pasiones y el deseo.
—Sabes que es casi lo mismo, ¿verdad?
—Lo es y no lo es —digo, acercando la boca a su oído. Las palabras salen casi en un susurro—. Algo no necesita ser erótico para ser deseado. Yo, por ejemplo, deseo escuchar tu voz cuando estoy lejos, deseo cómo tus dedos me acarician el pelo de la nuca, deseo tenerte en mis brazos, deseo acostarme contigo abrazados o con tu cabeza apoyada en mi pecho. Deseaba eso cada noche al apoyar la cabeza en la almohada. Mientras lo imaginaba, parecía tan real que casi podía tocarlo.
Tiene los ojos cerrados, así que la atraigo hacia otro beso urgente.
La puerta del ascensor se abre y caminamos hasta la puerta de la habitación.
—¿Puedes esperar aquí, solo un momento? —pregunto, sentando a Chiara en el sofá de la primera parte de la suite.
Me mira con el ceño fruncido, pero asiente.
Voy al dormitorio, cojo una alfombra grande del suelo y un edredón, y los llevo a la terraza, que es muy espaciosa, con una piscina, dos tumbonas y una mesa con sillas y una sombrilla.
Vuelvo al dormitorio, abro el armario y encuentro otro edredón, cojo dos almohadas de la cama y regreso a la terraza.
Una vez que todo está listo, vuelvo a la habitación donde dejé a Chiara, le tiendo la mano y la llevo a la zona exterior.
Mira la cama improvisada que hice en el suelo con ojos brillantes y una amplia sonrisa.
Logré mi objetivo.
—Querías las estrellas, así que lo hice realidad.
—Está más alto aquí —dice, aún sonriendo—. Se ven mejor las estrellas.
Paso las manos por el pelo de Chiara. Ella me abraza y pega su cuerpo al mío.
—¡Tu sonrisa es tan hermosa! —digo, acariciándole la cara—. De las que llenan todo el espacio.