El hambre del alfa (Alfas dominantes nº 1) 9 #5
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—Tu idea fue inteligente, lo admito —dijo, con la esperanza de hacerlo hablar. Necesitaba saber quién más estaba involucrado y cuál había sido la motivación exacta de Jack—. Y bastante elaborada. ¿No habría sido más fácil pegarme un tiro desde el principio?

Jack volvió a mirar las heridas de bala. —Sí, pero quería que la caída del servidor ocurriera bajo tu mando.

—¿Querías que la junta me despidiera?

Su boca se torció en una mueca amarga. —Quería que no quedara nada de Stone Technologies —escupió—. Así mis opciones de compra de acciones de Suma Games me harían rico.

—Ya eres rico —murmuró, y sacudió la cabeza. ¿Por qué estaba discutiendo con un demente?

Una gota de sudor le corrió por el rostro a Jack, pero esbozó una sonrisa retorcida. —No es más de lo que merezco. Yo inventé el NE3, no Leon.

Un destello de irritación por Leon lo hizo abalanzarse hacia delante.

Jack disparó de nuevo. Esta vez le dio en las costillas, bastante por debajo del corazón. El impacto le quemó y lo hizo retroceder un instante, pero mantuvo el rostro inexpresivo y le arrebató el arma de las manos. Ben le dio la vuelta y golpeó a Jack en la cabeza con la culata.

Jack se desplomó sobre la alfombra con un gemido.

Ben le dio una patada en las costillas. —Oye, Jack, estás despedido.

Le dio la vuelta al arma, apuntó a la cabeza de aquella comadreja y apretó el gatillo.

La cabeza de Ashley daba vueltas como si se hubiera tomado tres margaritas con el estómago vacío.

El mareo parecía diferente a la debilidad causada por la pérdida de sangre: había también una sensación placentera, aunque desorientada.

De alguna manera se las había arreglado para vestirse y sostenía una toalla contra las heridas, pero la sangre había empapado la camisa y la toalla, y verlo le revolvía el estómago.

Sus emociones también eran un caos. No podía dejar de llorar, no por el dolor, aunque seguía siendo insoportable, sino más bien por la vergüenza y la traición.

¿Por qué la había mordido? Había confiado en él, se había entregado a él, y él se había vuelto salvaje.

¿Lo había enfadado de alguna manera? Seguro que arrancarle un trozo del hombro no era a lo que se refería cuando dijo que los lobos eran bruscos en la cama.

¿O era eso el «marcado» del que les había oído hablar?

¿Era por eso que había tenido tanto miedo de acostarse con ella?

Tal vez sí, pero ¿por qué la había abandonado sin más? Había salido por la puerta mientras ella estaba acurrucada, desnuda y sangrando, y no había vuelto. Aunque juraba que nunca lo perdonaría por esto, su corazón enamorado seguía esperando que regresara y se explicara. Pero no lo había hecho.

Alguien llamó a la puerta.

Se quedó helada. Ben no llamaría. ¿Quién podría ser?

—¿Ashley? Soy Zolla. Ben me ha enviado para ayudarte. ¿Puedes abrirme?

¿Había enviado a Zolla? Le dieron náuseas. ¿Ni siquiera merecía que viniera él mismo? Se levantó del borde de la cama y se tambaleó hasta la puerta para abrirla.

Zolla observó la toalla ensangrentada sin sorpresa. Entró y cerró la puerta rápidamente tras de sí. Sacó una silla y la señaló. —¿Puedo ver tus heridas?

—¿Dónde está Ben? —preguntó mientras se dirigía a la silla indicada.

—Fue tras Jack.

Eso la enfureció aún más. Estaba claro que no significaba nada para él: la había dejado con su amigo mientras él iba en busca de venganza. Parecía que solo la había mantenido cerca para hacer el intercambio con su portátil. Había sido una tonta al pensar que sentía algo por ella.

Zolla le rasgó la camisa por el escote para dejarle el hombro al descubierto.

—Oye —protestó—. Podrías simplemente haberme pedido que me la quitara. Es la única camisa que tengo ahora mismo, ¿sabes?

—Ya, no pienso tener que darle explicaciones a Ben por haberte quitado la camisa —murmuró.

—Ben no tiene ningún derecho sobre mí —dijo con amargura.

Zolla arqueó las cejas y frunció los labios, como dando a entender que no estaba de acuerdo pero que no iba a discutir. Inspeccionó las perforaciones en la piel y luego fue al baño, donde mojó una toallita en el lavabo. Cuando volvió, le limpió las heridas.

Respiró hondo.

—¿Por qué me hizo esto? ¿Es... es esto lo que hacen los lobos cuando tienen sexo?

—No. Te marcó. ¿Sabes lo que significa eso?

Negó con la cabeza, pero se detuvo con una mueca de dolor cuando este le atravesó el trapecio.

—No creo que lo hiciera a propósito, pero probablemente el instinto tomó el control. Significa que te ha elegido como compañera. Cuando un macho cambiante marca a su compañera, una secreción especial le recubre los dientes. Seguramente te sientas un poco drogada ahora mismo, ¿no?

—Sí —dijo.

—La secreción queda incrustada en tu carne y su olor permanece para siempre, indicando a otros lobos que él te ha reclamado.

Una oleada de indignación la invadió. ¿Cómo se atrevía a marcarla de forma permanente? Le quedarían cicatrices de por vida y él ni siquiera le había preguntado antes. Y luego simplemente se había largado y había enviado a Zolla, como si ella fuera un estropicio que otro tenía que arreglar.

—Esto es una mierda —dijo, y se giró para fulminar a Zolla con la mirada, como si fuera culpa suya que su compañero de manada fuera un imbécil—.

¿Me arranca un trozo del hombro de un mordisco, desaparece y te envía a ti a limpiarlo?

¿Puedes quitarme su olor? Porque te aseguro que no pienso quedarme si me va a tratar así.

Zolla se había inclinado para inspeccionar las marcas bajo la clavícula.

—Ashley... ¿siempre te curas tan rápido? —preguntó.

—¿A qué te refieres?

Se levantó y fue al baño para mirarse en el espejo. Los desgarros que habían tenido un aspecto tan horrible cuarenta y cinco minutos antes estaban casi cerrados y el sangrado se había detenido.

—No lo sé —dijo—. ¿Esto es rápido?

Zolla esperó a que volviera.

—Sí. La mayoría de los humanos necesitarían varios puntos de sutura y seguirían sangrando sin parar, pero tu sangre ya se ha coagulado y la carne se está cerrando como si la herida tuviera un día, no una hora.

Se tocó el hombro, intentando asimilar lo que le decía.

—¿Tienes sangre de cambiante en la familia?

Lo miró boquiabierta.

—¿Quieres decir...?