5
La casa de Zolla estaba a oscuras y en silencio.
Ben tocó a la puerta, pero nadie respondió y su olfato de lobo no detectó a nadie dentro.
Suspiró y marcó el número de teléfono que Mark le había dado del omega.
Un omega era el miembro de menor rango en una manada de lobos, normalmente por su tamaño o alguna otra debilidad.
Zolla contestó diciendo «Ben Stone» con un deje de sorpresa. Era evidente que tenía el número de Ben guardado en el móvil, lo cual habría parecido extraño de no ser porque el lobo era de los que coleccionaban información.
—Hola, ¿andas cerca? Me preguntaba si podría quedar contigo esta noche.
—¿Ah, sí? No estoy en casa ahora mismo, estoy en El Parador, el club de salsa en Speer.
—Nos vemos allí en veinte minutos —colgó y acompañó a Ashley de vuelta a su coche.
—¿Adónde vamos ahora? —preguntó ella.
—A bailar salsa.
—¿En serio?
Él no respondió.
—Espera... ¿en serio? —repitió ella—. ¿Lo dices en serio?
—Bueno, vamos a un local de salsa.
—¿Sabes bailar salsa? Bueno, claro que sí, eres de Sudamérica. Seguro que naciste bailando.
—Más o menos —dijo él. En Latinoamérica, todas las fiestas incluían baile, hasta las reuniones más sencillas. No había querido decir que fueran a bailar de verdad, pero ella parecía tan asombrada que le salió preguntar—: ¿Y tú?
—Eh, no exactamente, pero me encantaría aprender. ¿Me enseñas?
Se le erizó la piel solo de pensar en tenerla cerca en la pista de baile. Sería demasiado. Pero no fue capaz de decirle que no; estaba tan mona mirándolo con ojos suplicantes... —Ya veremos —dijo.
Llegaron a El Parador y entraron. Ashley se tiraba de la camiseta, demasiado corta, visiblemente incómoda.
—Estás bien —dijo él. De hecho, estaba para comérsela. Aún con la falda ajustada de trabajo y los tacones altos, la camiseta le quitaba el aire profesional al conjunto, dejando pura sensualidad femenina.
Una banda tocaba en el escenario y la gente bailaba en la pista. Las mesas se repartían por los bordes del local y las parejas se sentaban juntas, con las cabezas inclinadas la una hacia la otra. No vio ni rastro de Zolla.
Volvió a recorrer la sala con la mirada y se detuvo en seco al darse cuenta de que el omega tocaba las congas en la banda. Zolla levantó la barbilla a modo de saludo. Ben eligió una mesa, se sentó y pidió las bebidas en español.
Cuando terminó la canción, Zolla apareció en su mesa. Llevaba una camiseta desteñida con lo que parecía una mancha de café en el pecho. Le hacía falta un corte de pelo: le caía sobre los ojos y se le rizaba sobre las orejas. Los miró a los dos.
Ben le indicó una silla con un gesto.
—Vale, ¿a qué has venido?
—Necesito tu ayuda —dijo Ben.
—Ya no pertenezco a tu manada.
—No tengo manada. Alguien intenta matarme y han secuestrado a la hermana de Ashley. Necesito que rastrees una llamada y una matrícula.
Los ojos de Zolla se volvieron hacia Ashley y bajaron instintivamente a su ajustada camiseta.
Ben se tensó. —No la mires —dijo, intentando que no se le notara la amenaza en la voz.
Los ojos de Zolla se bajaron de inmediato en gesto sumiso. Extendió la mano. —Dame el teléfono.
Ben asintió hacia Ashley, que lo sacó del bolso y se lo entregó.
Zolla empezó a navegar por las pantallas.
Era omega por su tamaño. En forma humana, medía metro setenta como mucho, y aunque era puro músculo fibroso, resultaba enclenque.
Como lobo, tenía el tamaño de un perro, mientras que la mayoría de los cambiantes eran al menos vez y media más grandes que un lobo normal.
Trabajaba como programador informático autónomo, especializado en seguridad, lo que lo convertía en un hacker excelente.
Había configurado el software de seguridad interno de Stone bajo la dirección de Leon.
Ben no conocía bien a Zolla, pero recordaba con claridad cómo su hermano lo había elogiado delante de toda la manada por eliminar los dispositivos de rastreo de todos sus teléfonos y por su ayuda tecnológica en general.
A Leon se le había dado bien destacar los logros individuales, mostrar su aprecio donde todos pudieran verlo y oírlo.
Se le hizo un nudo en el estómago al darse cuenta de que no había hecho nada de eso desde que se había hecho cargo de la empresa de Leon.
No era de extrañar que los directivos hubieran perdido interés en destacar.
¿Era eso lo que Ashley había intentado ayudarle a conseguir al incluir a la gente en las reuniones?
¿Hacerles partícipes y darles poder de decisión?
Se pasó los dedos por el pelo. Dios, era un desastre en todo esto.
Tener una personalidad dominante no lo convertía en un buen líder.
De hecho, había sido del peor tipo. Había sido como su padre: un dictador.
Bueno, al menos no había intentado liderar la manada, o también los habría llevado a la ruina.
—Este teléfono se podía rastrear e intervenir —anunció Zolla.
—Sí, me lo imaginaba. ¿Puedes limpiarlo?
—No si quieres que pueda rastrear las llamadas entrantes.
—Ah, claro. Entonces, ¿puedes? ¿Rastrear las llamadas que entren?
—Puedo intentarlo, sí. No desde aquí, sino desde casa —dijo sin levantar la vista—. Y depende de si han desactivado su software de localización.
Exhaló. —Genial, gracias —anotó el número de matrícula que había memorizado del coche del aparcamiento y deslizó el papel hacia Zolla—. Esta es la matrícula.
Zolla asintió. —Eso será fácil de rastrear.
—Gracias.
Zolla lo miró con aire especulativo. —Entonces, ¿qué me pasa a mí si resulta que es Bruce, mi nuevo alfa, quien intenta matarte?
Las cejas de Ben se alzaron.
—¿Por qué iba a querer matarme?
—Vamos, Stone. ¿Un lobo solitario con madera de alfa? Todos los líderes de manada van a pensar que quieres quitarles la suya. Quizá sea Stanley, ¿lo has pensado?
—No es Stanley. Y no me interesa robar ninguna manada.
—Yo lo sé, pero ¿y si Bruce cree que sí? ¿Y si al ayudarte estoy yendo contra él? ¿Me cubrirás las espaldas?
Ashley escuchaba con atención. Zolla la miró y Ben gruñó.
El omega volvió a bajar la mirada.
—Deberías marcarla si eres tan territorial.
—Piensa en lo que acabas de decirme y dime si te parece buena idea —dijo él.
Zolla se quedó pensativo y luego asintió.
—Entiendo.
Un lobo no ponía a su compañera en peligro, y Ben tenía una diana en la espalda.
Si volvía a pisar Venezuela, no tenía ninguna duda de que Sandoval lo marcaría como objetivo: el líder de la manada y magnate de la droga que había acabado con la manada de su padre.
Y aquí en campeonato estatal, alguien ya había ordenado su muerte.
Daba igual si eran humanos o cambiantes.
No iba a meter a Ashley más en esto de lo que ya estaba.
—Bueno, volvemos a mi pregunta original —dijo Zolla, lanzándole una mirada tan desafiante como se atrevería un lobo subordinado.
Ben soltó el aire. No quería hacerse responsable de nadie. Apenas podía con su propia vida de mierda, y ahora también tenía que proteger a Ashley y librarla del mal. Lo último que necesitaba era cargar con alguien más. Pero ¿qué otra opción tenía?
—Sí, te protegeré.
Zolla sonrió.
—Manada de dos, entonces.
Ben alzó las cejas.
—¿Vas a dejar tu manada para seguirme? Debes de estar loco.
—Qué va. Siempre supe que eras mi líder de manada. Solo estaba esperando a que te dieras cuenta.
Una extraña sensación recorrió el cuerpo de Ben: un estremecimiento de algo... ¿Reconocimiento? ¿Aceptación de su destino? No lo sabía. Tragó saliva para deshacer el nudo que se le formaba en la garganta.
—Gracias —dijo.
Zolla asintió.
—Revisaré los datos del teléfono y estaré pendiente de las llamadas. ¿Queréis quedaros en mi casa esta noche?
Miró a Ashley. De ninguna manera iba a dejar que pasara la noche cerca de otro lobo.
—No, iré a buscar un motel cerca. Gracias por tu ayuda. Tienes mi número de móvil, ¿verdad?
—Sí. Deberíais quedaros un rato, estamos a punto de tocar otro set.
—No —dijo, y luego vaciló al ver que Ashley le ponía ojos de cachorro. Se encogió de hombros—. Puede que nos quedemos a bailar un par de canciones —dijo, preguntándose qué mosca le había picado.
Zolla sonrió, sin perderse ningún matiz.
—Disfrutad.
Ashley le dedicó una sonrisa a Zolla mientras se marchaba, y Ben tuvo que contener un gruñido territorial.
Se derretía por dentro como mantequilla caliente solo de pensar en bailar con Ben. Nunca se había imaginado al Hombre de Piedra como un bailarín elegante, pero tampoco se lo había imaginado como un hombre lobo gigante.
El señor Macho había pedido bebidas y tapas al camarero en español sin preguntarle qué quería, pero no le había importado: disfrutaba del sonido de las erres que le rodaban en la lengua, del tono sensual de su voz en un idioma desconocido para ella.
Y la sangría y los platitos de comida que trajo el camarero estaban deliciosos.
—¿Vas a enseñarme a bailar?
Los labios de Ben se curvaron en ese leve destello de humor que tanto había aprendido a apreciar. Se puso de pie.
—Sí.
Ella se levantó y él le tendió la mano mientras le recorría los pechos con la mirada; sabía que se le veían enormes con la camiseta tan ajustada.
Bajó la vista y se dio cuenta de que se le marcaban los pezones erectos bajo el sujetador y la camiseta.
Genial. Se sonrojó, y luego se quedó sin aliento al ver cómo la devoraba con la mirada mientras la llevaba a la pista de baile.
Antes de que pudiera pensar en algo que decir, él la hizo girar para ponerla frente a él, sosteniendo en alto sus manos entrelazadas y apoyando la otra mano en la parte posterior de sus costillas.
Su toque era ligero, pero controlaba su cuerpo, impulsándola hacia delante y hacia atrás en una serie de pasos que no conocía.
Miró hacia abajo, intentando observar sus pies para averiguar qué hacer.
—No lo hagas. Déjate llevar.
La hizo girar hacia fuera, la detuvo, la trajo de vuelta. La alejó de él y la acercó, luego la pegó a su cuerpo y movió las caderas contra ella.
—No necesitas saber nada. Entrégate a mí.
Las rodillas casi le fallaron. Encantada. Le encantaba que él la guiara por la pista con tanta seguridad. Abandonó su deseo de hacerlo bien y confió en que él sabía llevarla. Todo iba demasiado rápido para pensar, aunque hubiera querido.
Estaba aún más devastadoramente guapo en la pista de baile.
Se movía con soltura, el torso relajado mientras los pies se le movían veloces.
Incluso su rostro, normalmente tan pétreo, se relajó, con ese toque de diversión en la mirada.
Tenía las bragas húmedas de excitación y, por alguna razón, intuía que él lo sabía.
Bailaron tres canciones, hasta que se sintió mareada de la emoción. Entonces él inclinó la cabeza hacia su oído, y cada nervio de su cuerpo se puso en alerta, expectante.
—Deberíamos irnos —dijo, con el aliento caliente en su oído.
La culpa le atravesó la conciencia. No debería estar disfrutando mientras la vida de Melissa estaba en peligro. Asintió y él la condujo a su mesa, donde dejó caer varios billetes de veinte.
—Vuelvo enseguida —dijo. Echó a andar, pero se volvió—. No puedes bailar con nadie más —dijo.
Ella alzó las cejas, secretamente encantada con su posesividad, aunque sin querer demostrarlo.
—¿Y qué pasa si lo hago?
Inclinándose para que nadie lo oyera, dijo:
—Volveré a darte con el cinturón en ese precioso trasero.
Se le encogió el estómago y clavó los ojos en su rostro, tratando de determinar si hablaba en serio. Sus labios se curvaban ligeramente hacia arriba, en una especie de sonrisa burlona, lo que probablemente significaba que iba en serio pero que lo disfrutaría.
¿Por qué la excitaba tanto? No debería. Algo no andaba bien con ella. En lugar de hacerla sentir débil o intimidada, su dominio y posesividad la estremecían. Disfrutaba de su atención. Si tan solo pudiera descubrir cómo disipar la oscuridad que lo atormentaba y atravesar esa coraza de piedra.
Caminó hacia el escenario y le dijo algo al lobo que había prometido ayudar a rastrear sus llamadas. Cuando regresó, le tomó la mano —como si fuera su novio, no su jefe— y la condujo hacia el coche. Solo que no le abrió la puerta.
En cambio, la empujó contra la carrocería del coche, apretando la polla contra su espalda, enredando un puño en su cabello. Y entonces, no hizo… nada. Parecía paralizado por la indecisión.
—Abuelita… qué… polla tan grande tienes —dijo ella, esperando animarlo.
Durante un largo momento no dijo nada, con los músculos tan duros y tensos como el acero presionando contra su cuerpo, el aliento un susurro en su cuello.
—Es para follarte mejor —respondió con voz ronca después de una eternidad.
La hizo girar y comenzó a quitarle la camiseta.
Mantuvo los brazos pegados a los costados para impedirlo. Lo deseaba, pero no en público, contra el coche.
—Ben —protestó, forcejeando contra él.
El tono de conmoción en su voz pareció cambiar el color de sus ojos de dorado a verde. La soltó y retrocedió de golpe, abriendo distancia entre sus cuerpos. Maldiciendo en voz baja, se hundió los dedos en el pelo.
—Lo siento —murmuró.
Caminó hacia su lado del coche, y ella sintió la ausencia de su cercanía en cada célula del cuerpo.