El Halcón y la Rosa CAPÍTULO 30 #3
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CAPÍTULO 30 #3

—Un accidente que le dio la vida —replicó ella, cortando la distancia hasta que sus respiraciones se mezclaron, una tormenta contenida en la penumbra de la cuna—.

Escuchadme bien, conde de Lydd. Mañana la comisión dictará sentencia.

He presentado pruebas irrefutables de que vuestra Acta de Legitimación se obtuvo mediante el perjurio.

Habéis mentido sobre la muerte de su madre.

Habéis mentido sobre el origen del niño.

Y en Inglaterra, el perjurio ante los Lores es un crimen de Estado que se paga con el hacha en la Torre.

Bella Inés no solo había movido los hilos de la Corona española; durante sus tres meses en Londres, había tejido una red letal en los pasillos de Westminster. No había llegado a Inglaterra como una suplicante, sino como una inteligencia militar que conocía el valor de la información.

Meses atrás, tras la captura del Reckoning en las costas de Huelva, su tripulación no solo se había hecho con el control del navío; habían saqueado la correspondencia personal y los diarios de bitácora que Brent guardaba en su camarote privado.

Entre las páginas encuadernadas en cuero de aquel bergantín, João había hallado registros contables que no pertenecían a la Marina Real.

Eran notas sobre cargamentos no declarados, sobornos a funcionarios en puertos coloniales y, lo más revelador, transferencias de oro dirigidas a una cuenta bancaria privada en Londres, extraídas directamente de las partidas presupuestarias del Almirantazgo destinadas a la guerra.

Ella le había devuelto el barco, pero se había quedado con los papeles.

Con esa base, Bella Inés había trabajado en las sombras.

En Londres, se había reunido clandestinamente con los líderes de la bancada Whig, los rivales políticos de Pitt el Joven.

Les entregó los libros de cuentas de Brent —documentación original y sellada—, junto con los testimonios de un par de marineros del Reckoning que ella misma había mantenido bajo sueldo.

El oro siempre podía comprar vidas, y testimonios.

Para Pitt, la integridad era su único escudo político en una Europa convulsa por la Revolución Francesa.

Si la oposición revelaba que uno de sus capitanes insignia había financiado sus ambiciones privadas con el dinero del erario público, el primer ministro se vería obligado a sacrificar a Brent o a hundirse con él.

Bella Inés había puesto una pistola cargada sobre la mesa del Parlamento, y el cañón apuntaba directamente al pecho de lord Lydd.

—Os ofrezco un trato —continuó Bella Inés, su voz era un hilo de seda que parecía apretarse alrededor del cuello del conde—.

Renunciad a nuestro hijo. Firmad un documento admitiendo que el niño debe ser criado en el reino de España hasta su mayoría de edad, conservando sus derechos nobiliarios en Inglaterra como una herencia futura.

Si lo hacéis, los documentos sobre vuestros fraudes nunca verán la luz.

Conservaréis vuestro condado, vuestra libertad y, lo más importante, vuestra cabeza.

Brent la miró con un odio que rozaba la admiración. Estaba derrotado. La Rosa Negra no había necesitado disparar un solo cañón; había utilizado la propia burocracia inglesa para estrangularlo.

—Me odiáis tanto —dijo él, con la voz ronca por la derrota—, que preferiríais verme destruido antes que compartirlo.

—No os odio, Brent —respondió ella, rozando con la punta de los dedos la mano que él cerraba sobre el medallón—. Pero amo a mi hijo más de lo que vos podréis amaros jamás a vos mismo. Y esa es la diferencia que siempre, en cada guerra que libremos, os hará perder.

Tras el sonido de sus pasos alejándose por el pasillo, Bella Inés se quedó inmóvil junto a la cuna.

El aire de la estancia, cargado con el perfume de cera de vela y el rastro de la lluvia londinense, pareció enfriarse de repente.

Se permitió, por fin, que sus hombros perdieran la tensión de los últimos meses, dejando que el peso de la armadura que se había construido se revelara como lo que era: una carga agotadora.

Cerró los ojos y, por un instante, no fue la marquesa de Valdeazores ni la Rosa Negra, sino una mujer cansada de luchar contra el hombre que, irónicamente, mejor la conocía.

Había en su pecho una extraña y dolorosa punzada, un eco de aquel deseo que una vez, en medio de la sal y el fuego, los había hecho colisionar con tanta fuerza.

No era odio lo que sentía al ver su derrota, sino una melancolía profunda, el hastío de quien ha convertido una historia de pasión en una sucesión de litigios y batallas de poder.

Lo quería lejos, sí, porque era la única forma de proteger la vida del infante Pedro, pero al mismo tiempo sentía que, con cada golpe que asestaba contra él, se desprendía de una parte de su propia alma.

Habría dado cualquier cosa por un mundo donde no fueran enemigos, un mundo donde aquel fuego que ardía entre ambos no hubiera necesitado consumir todo lo que tocaba.

Pero aquel mundo no existía, y mientras observaba el pecho de su hijo subir y bajar al ritmo del sueño, Bella Inés comprendió que la paz sería siempre el precio que tendría que pagar por su libertad.