CAPÍTULO 30 #2
Fue un acto de templanza sobrehumano. Bella Inés se giró hacia la audiencia con la cabeza alta, la Proclama Real en una mano y el abismo en el interior de su pecho.
La nobleza británica, desconcertada por la frialdad de aquella mujer, bajó la mirada.
La dama española no solo había sobrevivido al Támesis, sino que había obligado al monarca inglés a despojar a uno de sus pares de su hijo.
Mientras los emisarios se llevaban al niño hacia las estancias neutrales del palacio, Bella Inés permaneció inmóvil, observando cómo Brent era despojado de su victoria.
La batalla legal continuaría en los despachos, pero esa tarde, en la corte de San Jaime, la sentencia era clara: el halcón había perdido sus garras frente a una espina que se negaba a morir.
Bella Inés sabía que, al entregar al niño a la custodia real, había encadenado al propio rey a la responsabilidad de protegerlo.
Ya no se trataba de un asunto entre amantes, sino de un rehén del Estado.
***
York House se transformó en un tablero de ajedrez donde cada movimiento podía costar una vida.
Bajo el decreto real, la marquesa de Valdeazores y el conde de Lydd disfrutaban de turnos de visita estrictamente supervisados: dos horas diarias, jamás simultáneas.
La mansión, custodiada por emisarios de la Corona, se convirtió en un nido de espionaje donde los criados eran ojos, los silencios eran códigos y el aire pesaba con la hostilidad de dos mundos en colisión.
Bella Inés se instaló en la embajada española, a escasos metros, desde donde orquestó su contraofensiva. Brent, recluido en su club de St. James, se consumía entre una herida física que se negaba a cerrar y un orgullo que sangraba más que su costado.
Bella Inés fue la primera en mover ficha. Sabía que Lady Somerset, la matrona encargada de la custodia, era una mujer de una piedad anglicana estricta, lo que en Inglaterra significaba una desconfianza casi visceral hacia el catolicismo. Bella Inés convirtió esa barrera en su arma.
En lugar de intentar sobornarla, cultivó su cercanía enviándole tratados de mística española y misivas de la reina María Luisa impregnadas de un fervor devoto que no pasaba desapercibido.
Pero su golpe maestro fue sembrar en lady Somerset un dilema moral que la atormentaría: la convicción de que el niño no era una «página en blanco», sino un alma que ya había sido consagrada a Roma mediante el bautismo católico.
—El pequeño reza en latín, milady —susurró Bella Inés durante una de sus visitas, con la voz cargada de una vulnerabilidad que ocultaba un cálculo frío—.
Fue bautizado bajo los ritos de la Santa Madre Iglesia.
Si vos, como guardiana de su educación, permitís que se le instruya en la fe anglicana, estaréis obligando a una criatura inocente a renunciar a su fe natural.
Lo estaréis forzando a la apostasía. —Bella Inés dejó que la palabra flotara en el aire, pesada y ominosa—.
Si el niño es un Reiner, su padre puede reclamar su cuerpo —continuó Bella Inés, observando cómo la matrona palidecía—, pero su alma ya pertenece a Dios y a su Iglesia.
¿De verdad desea vuestra conciencia cargar con el peso de obligar a un niño a renegar del bautismo que recibió en el seno de su madre?
¿Es eso lo que dicta vuestra fe, convertir a un cristiano en un apóstata?
Lady Somerset, una mujer que temía el juicio divino más que los decretos del Parlamento, comenzó a considerar su misión no como una custodia civil, sino como una encrucijada espiritual.
Bella Inés había logrado lo imposible: transformar su condición de «papista» —un estigma en Londres— en una ventaja táctica, haciendo que la matrona temiera que, al educar al niño según los cánones anglicanos, se convirtiera en cómplice de una apostasía.
Brent, por su parte, desplegó la artillería pesada del Almirantazgo.
Bajo el pretexto de «seguridad nacional», infiltró oficiales en el servicio de la casa, hombres cuya única misión era recabar pruebas de la inestabilidad de la marquesa.
Su plan era sencillo: presentar a Bella Inés ante la comisión como una corsaria volátil, una amenaza para la estabilidad del reino que ponía en riesgo la herencia del niño.
El conde ideó una emboscada diplomática: dejó caer una carta falsificada cerca de Bella Inés durante una de sus visitas.
El documento, escrito con la caligrafía de un espía, detallaba un plan inminente de la escuadra española para rescatar al niño por la fuerza.
Brent esperaba que Bella Inés, movida por la desesperación maternal, intentara enviar una respuesta codificada que la incriminara como agente extranjera.
Pero Bella Inés, cuya astucia se había forjado en la dureza de su orfandad, en la locura de una madre que esperó hasta su último aliento el regreso de un amado que nunca volvió, y en las aguas de un mar tan traicionero como los hombres que lo surcaban, identificó la trampa antes de que el papel llegara a sus manos.
No solo ignoró el señuelo, sino que se lo entregó a lady Somerset con una frialdad gélida
—Parece que los hombres del conde son tan descuidados con sus secretos como con el honor de las madres —dijo, dejando que el veneno de sus palabras impregnara la sala—. Aseguraos de que el Consejo Privado sepa quién intenta manipular esta custodia con infundios de guerra.
El clímax ocurrió una noche en la que la niebla londinense engullía las calles como un sudario.
Al ver que la comisión mixta de juristas comenzaba a inclinar la balanza hacia la «restitución por rapto», Brent decidió arriesgarlo todo.
Sobornó a uno de los guardias de la entrada de servicio y se coló en York House, embozado y con la resolución de un hombre que ha renunciado a la cordura.
Su intención no era secuestrar al niño —sabía que el patíbulo sería el precio—, sino «marcarlo».
Llevaba consigo un medallón de oro grabado con el blasón de los Reiner y el escudo de su padre: una cadena invisible para atar el alma de Pedro a la tierra inglesa para siempre.
Sin embargo, al abrir la puerta de la habitación, el sigilo se rompió. No estaba solo. Una sombra se erguía junto a la cuna, bañada por el resplandor mortecino de una sola vela.
Era Bella Inés. Había presentido el movimiento de Brent y, mediante un soborno más generoso al mismo guardia, lo esperaba en la penumbra.
—No podéis dejar de ser un ladrón, ¿verdad, Brent? —dijo ella, levantándose. La luz de la luna, filtrada por la espesa niebla, le daba un aspecto espectral.
—Es mi hijo —gruñó Brent, apretando el medallón hasta que el metal le cortó la palma—. Y este reino es su destino. Vos solo sois un accidente en su linaje.
A ella le produjo una amarga gracia aquella arrogancia.