El hacedor de reyes (Alfas de las cenizas nº 2)
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PRÓLOGO
Vino del norte.
No era el clima. No era la guerra. Algo que iba más allá de ambas cosas y que cruzó la atmósfera más rápido de lo que podía medir cualquier instrumento construido por el mundo.
El cielo se abrió en un tajo blanco de horizonte a horizonte.
Durante unos latidos, todas las sombras de Inglaterra apuntaron en la dirección equivocada.
Después, el impacto.
El suelo se combó en una ola que avanzó hacia el sur desde el punto del impacto, en algún lugar del mar del Norte.
Los bosques quedaron aplanados. La piedra se hizo añicos.
Los ríos retrocedieron en sus cauces. Arrancó los tejados de los edificios, los edificios de sus cimientos y los cimientos de la tierra.
En Londres, el Támesis se desbordó y se tragó calles enteras.
En Dover, los acantilados de creta se resquebrajaron y arrojaron al canal de la Mancha losas de roca blanca del tamaño de catedrales.
Después llegó el rugido, tan profundo que se percibía en los huesos más que en los oídos. Más que un sonido era una presión, constante e inmensa, que arrancaba el aliento de todo pecho vivo. Cuando por fin se apagó, el silencio fue peor.
Después, la ceniza.
Se alzó del cráter en una columna que perforó la alta atmósfera y siguió subiendo, oscura y revuelta.
Ahogó el sol en anillos concéntricos que se extendieron hacia fuera hasta que ya no quedó un hacia fuera.
Al caer la noche, el cielo era un techo de hollín tan denso que las estrellas desaparecieron y no volvieron durante años.
La cosecha se ennegreció en pie. Los animales que sobrevivieron al impacto murieron de hambre o de frío en cuestión de días. Las redes eléctricas se vinieron abajo. Las rutas comerciales se deshicieron. Los gobiernos dictaron órdenes que nadie recibió, dirigidas a poblaciones que ya no existían.
Las máquinas callaron una a una. Los generadores se fueron apagando.
Las emisiones se redujeron a estática. Los últimos satélites cayeron de sus órbitas.
Las estaciones espaciales las siguieron, arrastrando colas de fuego por un cielo que ya había olvidado qué eran; se partieron al reentrar y sembraron de restos continentes en los que no quedaba nadie para verlas caer.
Pasaron años. Los suficientes para matar la vieja civilización y enterrarla tan hondo que lo que vino después solo la encontraría a pedazos.
El chasis oxidado de un coche en un campo.
Un puente en pie sobre la nada, con la carretera devorada a ambos lados.
Torres de cristal donde los árboles habían partido los suelos y las raíces habían pulverizado el hormigón, con las ramas tendidas hacia un sol que por fin, a regañadientes, había vuelto.
Para entonces, los lobos habían dejado de esconderse.
Siempre habían estado ahí. Ocultos entre la población humana durante siglos, criando en silencio, pasando por gente corriente.
El meteorito no los creó. Simplemente calcinó todo lo que los había mantenido a raya.
Ejércitos, gobiernos, las armas que podrían haberlos detenido: ahora todo era ceniza y óxido.
Los lobos heredaron un paisaje de filos, piedra y músculo puro, y ningún otro ser vivo les llegaba ni de lejos a la altura.
La ceniza se asentó. Los lobos permanecieron.