El guerrero de sangre escocés (Sombras de la hondonada oscura 1) Capítulo 5
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Capítulo 5

Magni

Magni MacQuarie soltó un fuerte grito de alegría mientras navegaban por las aguas cercanas a Jura.

—¡Qué día tan hermoso!

No dejó entrever el torbellino que bullía en su interior, ni mencionó a la joven cuyo rostro había permanecido en sus pensamientos desde el amanecer.

El viento rozó su mejilla de una forma extraña, más cálido de lo que debería ser a comienzos del verano.

Algo no iba bien. No sabía qué era, pero terminaría descubriéndolo.

También se negaba a poner en palabras lo profundamente afectado que se sentía tras escuchar la desgracia de aquella familia con la que acababan de hablar, la misma a la que pensaban llevar al Castillo de Duart al día siguiente.

Cormac dijo:

—Todavía no entiendo por qué insististe en salir hoy. Hace buen tiempo, sí, pero yo habría preferido emplear el día reemplazando una de las tablas de mi barco.

Magni no tenía intención de discutir con su amigo.

—Después de hablar con esas personas sobre los niños desaparecidos, no pude evitar querer buscar embarcaciones extrañas por la zona.

—No añadió el verdadero motivo: que oír hablar de niños secuestrados había despertado recuerdos terribles de cuando él mismo fue raptado mientras jugaba en el agua de la playa.

Robar niños estaba mal. Él lo había vivido. Le aterraba. Y no pensaba quedarse de brazos cruzados. Haría todo lo que estuviera en su poder para impedirlo. Partirían al día siguiente, así que primero quería buscar cualquier rastro de desconocidos.

Cormac conocía los dolorosos recuerdos de la infancia de Magni y nunca discutía con él sobre asuntos semejantes.

—Buscaremos barcos sospechosos, pero no olvides que debemos regresar a la bahía de Lagavulin mañana al mediodía.

—Estaremos allí. Quiero ayudarlos en todo lo que pueda. —Magni recorrió con la mirada la línea de costa mientras descendían por el estrecho de Islay, pero no encontró nada de lo que buscaba.

Morgan Grant estaba en la popa, con el rostro elevado hacia la brisa. Ambos solían patrullar las aguas entre Jura e Islay antes de regresar a la cabaña que compartían a orillas del lago Ardnahoe.

Morgan comentó:

—Cuando volvamos, iré a pescar. Me apetece atrapar otra trucha grande.

Magni esbozó una leve sonrisa. Siete años atrás, los dos habían construido aquella cabaña cuando compraron su primer barco para iniciar su negocio de transporte marítimo.

A sus veintiún años, sabía que había llegado el momento de pensar en casarse, y sabía perfectamente quién le interesaba.

Pero con la inminente llegada de Lia, no podía permitirse cortejar a ninguna muchacha.

Morgan señaló un punto tierra adentro, en Islay.

—Y ahora que casi es verano, me gustaría terminar ese gran proyecto que tengo en medio del lago.

—¿Te refieres al que seguramente acabará matándote? ¿Esa escalera gigantesca con cuerdas colgando?

—Sí. No es muy diferente del columpio de cuerda que el tío Logan construyó en su día.

Magni sonrió al oír mencionar a su abuelo adoptivo.

Logan Ramsay estaba envejeciendo, pero seguía siendo tan ágil de mente como cualquiera que conociera.

Decir que Magni lo adoraba no bastaba para describir lo que sentía por el hombre que había ayudado a rescatarlo de aquellos secuestradores más de una década atrás.

—¿El que colgaron de un árbol? Eli y Alaric me hablaron de él.

—Ese mismo. Cormac nunca lo ha visto y le prometí terminarlo. —Una gaviota graznó sobre sus cabezas, un sonido agudo y repentino. Después el silencio se apoderó del lugar demasiado pronto.

Al año siguiente, habían conocido a Cormac y a su hermano Fingal en Jura y, juntos, expandieron el negocio. Los tres fundaron la Hermandad de la Quilla Negra y comenzaron a transportar viajeros y mercancías por aquellas aguas.

Magni cubría la ruta entre Islay y Jura a bordo de su embarcación, la Carraca de Lia.

Incluso el nombre le resultaba ahora más significativo, como si tuviera más peso que antes.

Cormac estaba a cargo de la Coca de Mull , que navegaba entre Islay y Mull.

Y Morgan se ocupaba de la travesía más larga, la que conectaba el continente con Jura e Islay.

Su padre, Connor Grant, le había regalado a Morgan su primer barco, el  Cuervo Marino , llamado así en honor a la madre de Morgan, Sela. Su ascendencia nórdica hacía del cuervo un símbolo apropiado. Las aves de Odín, observando desde las alturas.

Aquel día guiaban la Carraca de Magni por las tranquilas aguas del estrecho de Islay, mientras él continuaba escrutando los alrededores.

—Cormac, ¿te quedarás esta noche? —preguntó Magni.

—Sí. Quiero trabajar en el alambique que empezamos. Prepararemos nuestra propia bebida. Tristan está ayudando y, con la receta de Dermot Rankin, pronto deberíamos obtener algo que valga la pena beber.

Magni apenas lo escuchó. El hormigueo en la nuca se hizo más intenso.

Morgan lo observó con atención.

—¿Qué ocurre, MacQuarie? —El hijo menor de Connor y Sela Grant era tan alto como su padre y era su viva imagen: ojos azules y una larga melena oscura ondeando al viento.

—Algo va mal. —Magni recorrió la costa con la mirada—. Coje el remo, Grant.

Morgan se desplazó hacia el gran remo de dirección situado en un costado de la embarcación mientras el viento amainaba. Su hombro chocó con el de Magni cuando intercambiaron posiciones, pero este ni siquiera reaccionó.

—¿Qué sucede? —Morgan lo miró fijamente.

—No lo sé. Pero algo me resulta familiar.

—Como si aquello que llevaba tanto tiempo temiendo por fin hubiera venido a reclamarlo.

La imagen de una pequeña habitación en un viejo edificio situado detrás de una iglesia acudió de golpe a su mente: cuatro niños, hambrientos, sucios y aterrorizados, acurrucados en un rincón mientras arrojaban a una mujer al interior junto a ellos.

Meg MacVey.

Ella los había ayudado a sobrevivir. Los había salvado de aquellos hombres malvados que pretendían venderlos al otro lado del mar.

Como hacía tantas veces, recorrió la costa con la mirada, siempre con la esperanza de encontrar a su hermana adoptiva, desaparecida hacía años. Siempre buscando a la pequeña rubia a la que tanto echaba de menos.

Lia. El hada que le había salvado la vida años atrás. Ella había protegido a los niños de los clanes de Mull y, después, se esfumó con la misma rapidez con la que había aparecido entre el follaje.

—Hablas igual que mi hermana —murmuró Morgan.

—¿Cuál? ¿Dyna?

—Sí. Desde aquellos días oscuros siempre anda mirando por encima del hombro. Así los llama ella: los días oscuros de Mull. ¿Recuerdas mucho de aquella época?

Magni se encogió de hombros, sin querer admitir que recordaba hasta el más miserable detalle.

—Tenía ocho años, así que no recuerdo demasiado. Pero sí recuerdo la noche en Iona.

Su voz descendió casi hasta un murmullo, y el aire pareció enfriarse cuando los recuerdos volvieron a envolverlo.

—Esa noche jamás la olvidaré. Estaba oscuro, la luna brillaba con fuerza y Artan me envió a buscar una caña de pescar al otro lado de la isla, detrás de las cabañas. Fue entonces cuando los vi. Ocho hombres desembarcando con las espadas desenvainadas. Uno de ellos gritó: «¡Coged a los niños!».

Morgan permaneció inmóvil, observándolo.

—Eché a correr —continuó Magni—. Y tuve suerte. Cuando encontré a Simone, todos los demás ya habían llegado desde el lado opuesto de la isla y habían salido tras ellos. —No habló de cómo esos gritos siguieron resonando en sus pesadillas durante años.

Morgan dejó escapar un silbido.

—Me encanta oír historias de aquellas viejas batallas. Tendré que preguntarle a mi hermano.

—Hagen las recordará.

Cormac ajustó las velas.

—He oído que hay visitantes en Duart.

—Sí, mis padres están allí —respondió Morgan, contemplando la costa de Jura.

—¿Por qué? —preguntó Magni, sabiendo que debía de haber un motivo—. ¿Qué le ocurre a Dyna?

Morgan saltó al muelle mientras guiaba la embarcación hasta el atracadero.

—Dyna dice que los niños están comportándose de forma extraña. No sabe por qué, pero siempre se siente mejor cuando pa está cerca.

A Magni se le encogió el estómago. Algo estaba ocurriendo. Lo sentía en las entrañas.

Morgan sonrió mientras aseguraba la cuerda.

—Ya sabes cómo se pone la muchacha. No haces más que merodear por allí pendiente de mis sobrinas.

Magni se abalanzó sobre él y lo empujó al agua.

—Y a ti te hace falta un baño.

Morgan alcanzó a sujetarlo por la túnica y lo arrastró consigo.

—¡Tú también apestas!

Cayeron al agua con un enorme chapoteo, estallando en carcajadas. Era una escena habitual en cuanto llegaba el buen tiempo. Magni salió a la superficie dispuesto a devolverle la broma, pero Morgan ya estaba trepando al muelle y Cormac se había apartado prudentemente.

Fue entonces cuando la vio. El corazón comenzó a golpearle con fuerza y se volvió bruscamente en el agua, braceando con todas sus fuerzas. Tenía que alcanzarla.

Antes de que desapareciera otra vez.

Llevaba años buscándola. Lia lo había encontrado solo en un bosque, donde unas almas perversas lo habían abandonado.

La pequeña hada, que aparentaba tener cinco años y lucía un vestido verde, le había dicho que les dijera a todos que era su hermana, y durante un tiempo eso funcionó.

Pero, cuando Lia empezó a revelar sus verdaderos poderes, casi todos terminaron descubriendo la verdad.

—¡Magni! —gritó Morgan.

Él lo ignoró. Nadó con todas sus fuerzas hacia la orilla, mientras el agua parecía aferrarse a él, resistiéndose a dejarlo avanzar. Cuando por fin logró llegar a la orilla, ella ya había desaparecido.

Cormac frunció el ceño.

—¿Qué le pasa? ¿Sigue persiguiendo a esa pequeña muchacha?

—Sí —respondió Morgan mientras subía por la escalera—. Pero esta vez es distinto.

—¿Por qué?

Magni se volvió hacia ellos.

—La vi. ¿Vosotros también la visteis? ¿Alguno de los dos? Allí junto a aquel manzano.

—Mierda. —El rostro de Morgan se ensombreció.

—¿Qué ocurre? —preguntó Magni, rezando para que alguno de los dos también la hubiera visto.

Llevaba mucho tiempo esperando este momento.

El año anterior, Dyna había dicho que Lia regresaría.

Él desconocía la promesa que el hada había hecho años atrás: que algún día volvería a llamarlos para ayudar a salvar a los niños.

Era Lia. Estaba completamente seguro. Aturdido por haberla visto de verdad, se dejó caer sobre la orilla y apoyó los brazos sobre las rodillas flexionadas.

Hizo un esfuerzo por regular la respiración.

La aparición de Lia tenía que significar algo.

El hombre al que había conocido la noche anterior, consumido por el dolor tras la desaparición de su hija.

La mujer con el rostro marcado por la angustia.

Ambos le habían hecho revivir aquellos tiempos de sufrimiento y miedo.

De esconderse de todo y de todos. Había jurado no abandonar jamás Iona por temor a que volvieran a secuestrarlo.

Pero aquellos malnacidos lo habían encontrado incluso allí.

Se frotó la barbilla, preguntándose cuánto debía revelar a sus amigos. No sabía cómo explicar que la sola idea del regreso de Lia lo inquietaba hasta el punto de llevarlo a mantener a todo el mundo a cierta distancia.

Morgan se agachó, recogió una piedra y la lanzó hacia el árbol.

—Yo también la vi. Era Lia.

Una parte de él quería saltar de alegría. La otra deseaba echar a correr y esconderse. Pero la muchacha a la que tanto había echado de menos ya no estaba. Sintió que el pecho se le oprimía porque sabía lo que eso significaba.

Lia no se había quedado. Nunca lo hacía. Pero tampoco aparecía nunca sin un motivo.

Se avecinaban problemas.

Y, una vez más, los más pequeños de la familia estarían involucrados.