El guerrero de Morvenna (Corazones de brezo y acero 4) CAPÍTULO 40
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CAPÍTULO 40

El juicio penal contra Cathal y los cinco oficiales del consejo consume la totalidad de las horas de la tarde.

Ronan preside la sesión en mitad del salón principal de la fortaleza, rodeado por los hombres del clan que ostentan la autoridad legítima de su linaje para aportar su presencia al consejo y por los colonos del valle bajo que han solicitado el acceso a las maderas, aunque carezcan de los derechos tradicionales para sentarse en los bancos de la ley.

No es un proceso complejo o dilatado en formalismos falsos de las cortes del sur —en estas tierras rudas del norte la justicia de los clanes adopta la forma de los hechos puestos desnudos sobre el tablón de la mesa y de las decisiones punitivas tomadas a la vista de toda la tropa—.

Habla empleando la precisión exacta de los oficiales de vanguardia.

Expone las líneas de los hechos —las fechas de las incursiones a los pozos, los componentes de la podredumbre, las rutas de herradura del azufre, las letras de los nombres— valiéndose del pergamino gastado que la molienda de mis manos ha preparado en la cocina como respaldo de la descubierta.

Permite que desaten la lengua los que ambicionan aportar palabras al debate.

Presta oído al salón más minutos de los que gasta en ordenar la plaza, lo que diferencia con gravedad a los lairds que juzgan bajo la ley de la tierra de los hombres pequeños que buscan la venganza del acero por su propia mano.

Yo mantengo mi posición en el lateral del salón de granito, de pie contra las piedras, apoyadas las vértebras en la pared fría.

Las tres criaturas habitan conmigo en el sector de la sombra.

Cael permanece, bajo su disciplina mecánica de costumbre, a mi flanco izquierdo con los brazos cruzados sobre la túnica basta.

Bríde se encuentra sentada en el suelo de tierra apisonada junto a las rocas, recogidas las rodillas contra el delantal, siguiendo el curso de los discursos con la obstinación de sus ojos grises. Y Oisín…

Ninguna pupila en todo el salón principal sabe precisar en qué minuto exacto de la tarde el cuerpo de Oisín ha alcanzado los brazos de laird.

Habitaba al margen de mi túnica gris hace un pasaje de las velas.

Luego su silueta se borra de mi sector. Y en el suspiro en que desvío la vista hacia la mesa donde Ronan preside el tribunal del clan, el pequeño Oisín ya habita instalado en sus brazos pesados, vencido por el sueño del invierno, con la mejilla corta apoyada en el lienzo de su hombro herido y el brazo descalzo colgando hacia las losas con el abandono absoluto y libre de las criaturas que duermen justamente en el rincón donde su capricho ha tomado la determinación de dormir.

Ronan no quiebra el orden de su sueño para agilizar el consejo.

Evita devolver su peso hacia las maderas de mi flanco.

Preside el resto del juicio penal del clan Strathos cargando con un niño de cuatro años dormido sobre el hombro herido, asegurando su túnica corta mediante el brazo izquierdo y sosteniendo las líneas de la ley con el acero de la derecha.

El artesano de la herrería que ha formulado la duda de las bestias en la mañana vigila el adorno desde su banco. Desciende las pupilas hacia las losas del suelo. Las vuelve a levantar hacia la mesa del laird.

Ninguna lengua en mitad del consejo desata comentarios de mofa o reproche al respecto de la crianza.

La sesión agota sus minutos en el suspiro en que la luz del exterior del castillo es ya la claridad mortecina de la tarde tardía.

Las determinaciones punitivas están tomadas en el plano, registradas en las actas y pronunciadas a voces delante de la tropa del clan.

Cathal y los cinco oficiales que mezclan la podredumbre serán entregados para su juicio ante el consejo general de los clanes vecinos del norte, portando el pergamino de los hechos por delante —Ronan ha rechazado en su fuero que la sentencia de muerte o destierro saliera en exclusividad de su propia mano de laird, porque la justicia que se ejecuta valiéndose de la mano directa del agraviado siempre deja una sombra de venganza sobre las murallas de la plaza.

Las gentes de Strathos abandonan el salón principal con pasos pausados por las losas.

No lo hacen bajo el alborozo ruidoso que acompaña a las cosas que terminan con fiesta en los mercados —se repliegan bajo el silencio denso y más complicado que gobierna a los sucesos que terminan de la única forma en que tienen la obligación de terminar para la salud de la tierra.

Ronan me entrega el peso de Oisín en el instante en que sus botas ganan el exterior del salón. El niño despega los párpados lo justo para emitir una protesta infantil entre sueños y reanuda el descanso espeso en cuanto su torso encuentra el abrigo de mi propia túnica gris.

—¿Tus costillas conservan la fijeza tras las horas del consejo? —pregunto en un susurro, midiendo su cansancio.

—El orden es firme en mi pecho, Morvenna —responde, plano el tono.

—¿Sostienes esa fianza en tu carne?

—Sí, mujer. Las determinaciones de mayor gravedad militar ya han sido asentadas en los pergaminos de la plaza. Lo que resta de la marcha se muestra más sencillo para mis botas.

Lo observo fijamente en mitad del patio de armas.

Descubro en sus facciones duras, por primera vez en toda la jornada de la descubierta, el rastro del cansancio real —no el agotamiento común de los músculos, que se gobierna mediante el descanso de las lunas, sino el otro peso de la capitanía—.

El dolor sordo de haber tenido que mirar fijamente a los ojos a hombres armados que lunas atrás compartían su pan de avena y pertenecían a sus filas de confianza.

—Las tres criaturas requieren dar cuenta de las raciones de la cena —resuelvo, ajustando el chal gris.

—Y alcanzar el descanso de las mantas en las estancias —añade él.

—Y tus propios hombros exigen esa misma tregua, laird.

—Mi cota se sumará a las habitaciones de reposo también, Morvenna.

Cruzo las losas del patio de armas orientando la marcha hacia el arco de las cocinas del castillo, cargando con los tres niños y el peso dormido de Oisín sobre el hombro.

El patio de armas de la fortaleza no se muestra vacío a estas horas de la tarde.

Después de un juicio de ese calibre, las plazas de los clanes no se vacían de golpe —las gentes permanecen agrupadas en corros cortos, desatando frases en voz baja, rumiando lo que han oído de la traición en el salón—.

Se descubren guerreros armados junto al filo del pozo grande.

Habitan mujeres bajo el arco de piedra de las cocinas.

Hay críos que ya reanudan los juegos con los leños en las esquinas, porque la infancia siempre retorna al juego lunas antes de que los adultos limpien el acero de las sospechas.

Y ninguna alma viviente del clan aparta el cuerpo de mi camino.

El hecho se nota tan simple para mis leyes que tardo medio patio de armas en percatarme de la mutación del terreno.

Los corros de los pastores continúan en sus mismos corros de piedras.

Las conversaciones bajan una octava en el viento en mitad de mi paso y vuelven a recuperar su volumen ordinario a mi retaguardia, de la misma forma en que baja y sube el nivel del agua del río cuando un cuerpo cruza la corriente en mitad del vado.

Ningún tratante del mercado cruza al otro flanco del callejón para evitar el roce de mi chal gris. Ningún colono apresura el calzado sobre las losas. Ninguna madre asegura a su criatura de la mano para retirarla con prisa de mi línea de marcha hacia las cocinas.

Llevo doce inviernos enteros en las colinas altas midiendo las leyes del mundo exterior únicamente por la geometría de ese movimiento de repulsión —el medio paso atrás de la sospecha, el borde del sendero que cambia de acera ante mi presencia, el círculo vacío que se abre alrededor de mi túnica de la misma forma en que las reses abren el espacio ante la boca del pozo sin brocal—.

El pastor Gillespie es la única excepción a esa ley del desprecio en doce años de aislamiento, y Gillespie es Gillespie en sus costumbres rústicas.

Cruzo la plaza de armas entera de Strathos y el patio no mueve un solo palmo sus posiciones defensivas ante mí.

Alcanzo el arco de piedra de las cocinas, detengo las botas un segundo mínimo en la entrada —sintiendo el peso de Oisín firme en mi hombro herido, el calor denso de los leños saliendo por la puerta de madera— y evito mirar hacia atrás, porque volver la cabeza ante el patio equivaldría a admitir en mi fuero que el cambio de las conciencias cuenta para mis leyes, y mi orgullo todavía no está listo para admitirlo en público.

Esa misma noche de diciembre, muchas lunas más tarde del consejo, todavía llevo pegado en la carne el asombro de esa tregua del patio.

Esa noche, instalados en la habitación principal del castillo que pertenece a su linaje antes de que las tres lanzas de Cathal quebraran su salud en el camino, con las tres criaturas acomodadas en el jergón de la estancia contigua y el fuego encendido en la chimenea y el silencio de Strathos gobernando las almenas exteriores —en esa madrugada de invierno pasa el suceso que tenía que pasar entre nuestros dos cuerpos.

No ocurre con la urgencia ciega de las primeras lunas. No tiene la tensión de las semanas de recelo en la cabaña. Es más lento, más consciente, de dos personas rudas que han llegado a un lugar que ninguna había planeado y que eligen, por su propia voluntad, quedarse bajo el mismo techo.

Sus manos tienen esta vez una seguridad que la primera noche de noviembre no tenían —no la violencia ruda del guerrero, sino ese otro aplomo tranquilo que no necesita la fuerza del brazo—.

Me besa despacio, me aprende con las manos como si tuviéramos por delante toda la noche del año, y la barba me raspa el cuello cuando baja a buscarme el pulso.

Respiro distinto. Lo noto, y él lo nota, y ninguno lo dice.

Y yo le dejo, que es la palabra exacta: lo que toma de mí es justo lo que mi orgullo decide darle, y los dos sabemos lo que le cuesta a una paria abrir el cerrojo que ha tenido cerrado doce inviernos.

Después, en mitad del silencio limpio que sucede a la piel:

—Este prado del norte es tu sitio, Morvenna —afirma la voz profunda de Ronan en mitad de la sombra.

No entrego la respuesta de inmediato, fijos los ojos en el techo.

—Es pronto en el invierno para fijar esa línea, laird Strathos —murmuro en la penumbra.

—Para mí no, mujer.

Se instala otro silencio de tregua en las mantas. El fuego consume sus últimas astillas de abedul. El castillo descansa envuelto en la noche de diciembre.

—Concede a mis costillas el tiempo de las lunas —pido, libre mi mano contra su pecho.

—El pasillo que requiera tu sospecha estará libre de cerrojos, Morvenna.

—Puede constituir un trayecto largo de inviernos antes de que mi mano baje la guardia del todo.

—Lo sé, curandera. Sé esperar.

Lo miro fijamente en mitad del negro de la estancia. Luego entorno las pupilas contra la penumbra.

Y Ronan, que ha aprendido la paciencia en los campos de batalla, cuando la posición vale de verdad el gasto de las vidas, apaga el último destello del fuego y deja que la noche del nuevo año termine el resto sobre nuestros dos hombros unidos.