CAPÍTULO 38
La batalla dentro de las estancias del castillo dura menos minutos de los que mi mente ha calculado en el mapa y más de lo que mi voluntad habría deseado para las costillas rotas.
Cathal guarda dieciséis hombres armados a su flanco en el salón —los seis oficiales con autoridad de firma en el consejo y el doble de lanzas provistas de una lealtad comprada mediante la plata del cofre, tal y como yo había detallado en la cabaña—.
Lo que la estrategia de Cathal ha omitido calcular en sus planos consiste en que la fidelidad adquirida por precio tiene un valor variable en el mercado, y que el precio cae en picado hacia el suelo en cuanto el comprador deja de simular el flanco ganador ante la tropa.
Cuatro de las dieciséis espadas de su línea bajan el hierro antes de que nuestros fresnos crucen el primer acero en el corredor.
Los otros doce oficiales no ceden la posición con tanta presteza de feria.
Morvenna mantiene sus botas fijas en el patio de armas del castillo.
No se queda fuera por no poder entrar al salón —su puesto en esta campaña está en el exterior de las maderas—.
Los muertos de Strathos obedecen sus susurros desde el prado.
Las puertas de la fortaleza permanecen bajo el cerrojo de su voluntad.
El perímetro exterior lo sostiene la dureza de su sospecha.
Esa linde basta para asegurar que ninguna capa verde logre la huida y ninguna fuerza exterior penetre en los muros hasta que el herraje haya concluido su oficio en las estancias.
Lo que acontece dentro del salón principal se ejecuta bajo el orden siguiente:
El lobo gris entra quebrando el flanco derecho en el instante en que los hombres de Cathal cierran las líneas en un semicírculo de espadas.
No lo hace vistiendo las proporciones legendarias del prado de la cuesta —el tamaño de la profecía pertenecía a las leyes del exterior del foso—.
Aquí dentro se muestra como Cael en su túnica animal, lo que resulta fianza suficiente para la escaramuza: veloz en los giros, bajo en la línea de la tierra, imposible de alcanzar por el acero de las espadas largas, abriendo una brecha de gran valor estratégico en el flanco derecho que el semicírculo del traidor no puede permitirse sin quebrar las defensas.
Establezco la marcha hacia ese espacio abierto, empuñando el acero con la derecha.
Lo que mi vista no capta en la retaguardia es la figura del guerrero apostado detrás de mi hombro —uno de los oficiales de la lealtad comprada que todavía no había calculado el repliegue de sus líneas— con la daga de hierro levantada sobre mi cuello.
El halcón de ojos dorados desciende desde las vigas del techo antes de que mi veteranía complete el proceso de advertir el peligro en la nuca.
Golpea la muñeca del atacante valiéndose de las garras limpias con la precisión exacta de quien conoce al dedillo qué vena del brazo buscar —no hiere la carne de forma definitiva, opera únicamente para que el peso de la daga caiga contra las losas del suelo— y recupera la altura de las maderas sin ralentizar el batir de las alas.
Evito detener el paso de mis botas ante el aviso. Cruzo el espacio de dos pasos largos en la tierra y lo que acontece un suspiro después con los dos hombres que han dejado el margen desprotegida se ejecuta de forma rápida y terminante para mi espada.
Es en ese instante de la escaramuza cuando el lobo gris se materializa a mi flanco izquierdo y empuja mi cuerpo un grado hacia el sector derecho.
No aplica la fuerza violenta sobre mis costillas rotas.
Lo realiza empleando la precisión exacta de quien conoce qué obstáculo habita al siguiente paso del sendero.
Giro las vértebras sin pararme a calcular el riesgo de la maniobra —he aprendido ya en las colinas altas a responder al menor contacto de su carne— y descubro la punta de hierro de un oficial provisto de una lanza justo en el filo donde habría estado mi hombro si mis botas no quiebran el rumbo.
El ciervo grande alcanza la posición antes de que el hombre de la lanza conserve el fuelle para recuperar la guardia de su arma.
Irrumpe desde la puerta lateral del corredor, con la cornamenta baja contra las losas, desplegando la potencia física de una fiera joven que ha calculado el ángulo exacto del impacto contra la piedra.
El guerrero sale despedido con fuerza contra las piedras de la pared y no da muestras de querer levantarse de la tierra con prisa por reanudar el combate.
Es en mitad de esa coyuntura de la tarde —con cuatro hombres fuera de combate en el suelo y ocho todavía sosteniendo las espadas en pie— cuando el lobo gris ejecuta una maniobra que no me espero de su instinto.
Detiene las patas en seco contra las losas.
No realiza el bloqueo porque exista una amenaza de hierro delante de su hocico.
Sucede porque detecta el peligro al flanco izquierdo —en mitad del pasillo lateral que conduce directamente hacia el ala norte del castillo, sector donde mi plano había estipulado evitar el avance por tratarse de un territorio desconocido para mis mapas—.
El lobo gris vigila la penumbra de ese pasillo empleando la quietud total de la fiera que ha descubierto la posición oculta de la reserva.
Lo miro fija a sus pupilas grises. Miro la oscuridad del pasillo. Examino la disposición de las pocas lanzas que restan en el salón.
Y mi mente comprende el plano de la traición.
Los cinco oficiales que Cathal guarda en reserva para la retaguardia habitan parapetados en mitad de ese pasillo norte.
Aguardando el instante preciso en que mis botas ejecutaran el movimiento que yo habría ordenado, tal y como el plano estipula: rodear la línea por el flanco izquierdo.
Es la táctica correcta para un espacio cerrado de estas dimensiones, y la concentración de Cael ha leído las líneas de la escaramuza antes que mis propios ojos de laird —ha descifrado mi plano de avance y ha aislado la emboscada de ellos en la sombra—.
—Flanco derecho —indico en un susurro, variando el rumbo del acero.
El lobo gris ya quiebra el trote hacia la nueva dirección.
Lo que sucede a continuación en las estancias difiere de cualquier batalla que mi espada haya peleado en veinte inviernos de campañas en el sur.
No es una marcha más fácil ante las espadas —se muestra tres veces más coordinada en los movimientos—.
El halcón marcando desde las vigas altas las trayectorias de los hierros que mi vista no nota por el ángulo muerto.
El lobo gris anticipando las líneas de los pies del contrario.
El ciervo grande cerrando los espacios vacíos que la retirada de las capas verdes abre en las losas.
Y mi cota de malla operando en el centro de la plaza, ejecutando el oficio que los inviernos me han enseñado a cumplir con el acero, rodeado por tres criaturas extraordinarias del bosque que combaten en el suelo como si compartiéramos un único mapa de la tierra en las costillas.
Doce hombres armados en el borde. Ninguna espada conserva la fuerza para detener nuestra vanguardia.
La gente del clan que permanece hacinada en el patio de armas vigila el curso del herraje a través de las ventanas abiertas y las maderas de las puertas.
La mayoría guarda un silencio de fosa común.
No lo hacen la totalidad de los colonos —se descubren hombres que miran la escena con los brazos cruzados sobre el plaid verde, exhibiendo las facciones rígidas de quien todavía no toma la determinación de qué bando merece la fe de su palabra—.
Esos centinelas continúan fijos en su vigilancia.
Y esa circunstancia agrada a mis leyes de laird.
La verdad real no necesita que la totalidad de las lenguas de la plaza le otorguen fianza en la misma jornada del amanecer.
Requiere únicamente que ningún oficial del consejo conserve la capacidad de alegar en el futuro que sus pupilas no ven el hierro de la traición en el salón.
Cathal intenta forzar la huida por la puerta norte en el suspiro en que percibe que las doce espadas de su línea han cedido las banderas ante mi acero.
Cruza el segundo patio de la fortaleza, alcanza las losas del tercero.
Los muertos de Strathos le cierran la divisoria del paso antes de que sus botas logren alcanzar la salida del muro —lo ejecutan desprovistos de la violencia del hierro, omitiendo tocar el lienzo de su ropa—.
Se limitan a colocar sus formas en la tierra.
Una fila estricta de presencias silenciosas mediando entre su cuerpo y la libertad del páramo.
Frena la marcha de sus botas contra las losas.
Mi cota lo alcanza en el centro mismo del tercer patio del castillo.
Se trata de un recinto de reducidas proporciones, protegido por paredes de piedra oscura y bajo el cielo gris de diciembre que amenaza con desatar la llovizna.
Cathal habita desamparado en mitad de las losas, y mi mano se planta frente a sus facciones con la espada de doble filo desnuda en la derecha y las gentes del clan de Strathos asomadas por encima de los muros bajos de la piedra, vigilando el desenlace del asedio.
Conozco la geometría de esa cara de traidor de memoria.
La he contemplado sentada en mi propia mesa del salón, en las reuniones del consejo del clan, en las determinaciones de gran envergadura que mi mando toma en las lunas pasadas dando crédito a la idea de que Cathal constituía uno de los míos de la sangre.
Había volcado la confianza de mi rango en esa cara.
Había prestado oído a los consejos que esa boca desata contra la paria de las colinas altas mientras esa misma mano computa el número de mis guerreros y cuenta las jornadas que le restan a mi vida antes de ordenar el hierro por la espalda en la zanja.
—El tratado ha concluido, Cathal —anuncio, fijando la punta del acero a un palmo de su pecho.
Me mira fijamente un instante corto de las velas.
Evalúa el terreno —ese hábito crónico de su naturaleza que consiste en calcular las ventajas, en pesar las opciones de repliegue, en buscar la quiebra imprevista del muro donde todavía exista la concesión de una maniobra a su favor—.
Veo el curso del cálculo en la rigidez de sus ojos oscuros.
Y noto el suspiro exacto en que su cerebro alcanza el resultado de la cuenta.
No ha encontrado un ángulo de salida en el patio. El foso está cerrado.
—La campaña ha terminado —repito, elevando la voz, empleando el tono del oficial que recoge las banderas que las manos del contrario ya no conservan la fuerza física de sostener en la orilla—. Entrega el hierro.
El lobo gris toma asiento a mi flanco derecho sobre las losas.
El halcón de ojos dorados desciende de las vigas y asienta sus garras en el muro de piedra que se alza sobre nuestras cabezas.
El ciervo grande se materializa en la madera de la puerta del patio y permanece inmóvil en el umbral, vigilando la línea de su cuerpo.
Cathal pasa revista a las tres criaturas del bosque.
Una a una, fijando los ojos en sus túnicas animales.
Y en las líneas de su rostro serio acontece un cambio que no es el espanto común del cautivo ante la muerte; representa el dolor del reconocimiento —el de un traidor que comprende por fin contra qué leyes sagradas de la tierra ha jugado su estrategia y por qué motivos de hierro ha perdido la posición en su propio castillo—.
Lo aseguro por el lienzo de su plaid de viaje. Conduzco la marcha de sus botas hacia la puerta principal de la fortaleza, allí donde el clan entero aguarda lo que va a oír esta tarde.
—Tu boca desatará las letras en este sector —resuelvo, empujando su cuerpo ante las losas—. Delante de todos los fuegos de la plaza.
Y aguardo la llegada de su confesión, firme mi espada en la derecha.