El guerrero de Morvenna (Corazones de brezo y acero 4) CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

Le muestro el volumen del ejército durante el último amanecer antes de emprender la marcha hacia el sur.

No porque la maniobra resulte necesaria para el plano de asedio que hemos trazado sobre el tablón —él ya sabe qué fuerzas habitan en los peñascos, ya conoce qué elementos puedo convocar desde las hondonadas, ya escuchó la descripción de mis destrezas con la misma calma ruda con que escucha cada cosa de la cabaña—.

Se lo enseño en el terreno porque existe una distancia muy grande entre saber las leyes del pergamino y ver las líneas formadas sobre la tierra, y un hombre de armas que va a ingresar en mitad de una batalla con esta estirpe de aliados al flanco derecho conserva el derecho legítimo de ver las caras del pacto antes de desenvainar el hierro.

Establezco la marcha hacia el claro del este con las primeras luces del alba, en el suspiro en que las tres criaturas todavía descansan bajo el silencio de sus jergones de paja.

El suelo del sendero se muestra helado bajo las botas y el cielo del norte viste ese tono azul oscuro, denso, que precede a la luz real del sol de invierno.

Me planto en el centro exacto de la zona despejada del claro. Ronan mantiene su envergadura pesada inmóvil en la orilla de los árboles, con los brazos cruzados sobre el plaid de campaña.

Lo que mis manos ejecutan en mitad de la hierba gris no es espectacular en el sentido visible de las ferias del sur —no se registran truenos artificiales en las cumbres, ni relámpagos en mitad de los pinos, ni esa clase de señales ruidosas que las crónicas de los clanes emplean para marcar los hitos de poder—.

Se manifiesta de una forma más quieta, más sorda, arraigada a la tierra alta.

Extiendo las palmas de las manos hacia el suelo.

Desato las letras de mi voz orientándolas hacia abajo, empleando las palabras de la lengua que mi madre omitiese tener el tiempo de enseñarme entera y que las piedras de estas colinas me terminaron de desatar en solitario durante doce inviernos de paria.

Y la tierra de las colinas responde al llamado.

No la totalidad del páramo del norte. El claro del este únicamente, solo las maderas de este sector.

El suelo que pisan mis botas se mueve bajo la lentitud monótona de las formas que llevan inviernos quietas bajo el hielo y que ahora reciben la orden de cambiar de posición.

Y de las uniones de esa tierra arcillosa salen las formas.

No irrumpen con el desorden de la riada.

Emerge una silueta primero, luego surgen dos más a su flanco, luego asoman más cuerpos en mitad de la penumbra del alba.

No son espectros incorpóreos ni sombras vanas del aire —son presencias reales, provistas del peso específico y rudo de las materias que han existido bajo la cota de malla en los siglos pasados y que no han terminado del todo su oficio en las colinas—.

Se desplazan entre las peñas mostrando una obediencia que no es la sumisión del siervo y opera bajo las leyes de un pacto sellado: mi boca los llama desde la paria, sus cuerpos acuden al margen del prado, y entre las dos operaciones media un acuerdo de sangre más viejo que cualquiera de los dos flancos que hoy pisan la hierba gris.

Ronan vigila el despliegue de las líneas en absoluto silencio de campaña.

Aguardo inmóvil a que el hito de la fuerza complete sus líneas en el prado helado.

En cuanto la orden agota sus minutos, las presencias retornan hacia los estratos profundos de la tierra con la misma lentitud uniforme con que abandonan las zanjas.

El claro del este recupera su quietud habitual de invierno.

Completo el giro de mis botas hacia el abeto. Clavo las pupilas oscuras en sus ojos grises.

—¿Y ese volumen de hombres compone la totalidad de las levas de tu fuero, Morvenna? —preguntó el laird, sin mover la mandíbula dura.

Se instala un silencio breve en el prado. Algo cruza las líneas de mi rostro serio que en otro confín del bosque habría parecido el enojo de la curandera y que en esta linde de la mañana representa una contabilidad más compleja para mis arcones.

—No, laird Strathos —respondo, plana la voz—. Esas siluetas representan únicamente a las fuerzas que mi mano convoca con presteza en las hondonadas bajas. Los otros aliados de las peñas altas requieren un gasto mayor de la voluntad de mis remedios.

—¿Qué número de aceros guardan esas otras peñas para la vanguardia?

—El volumen suficiente para cubrir las necesidades de tu plan de asedio en las murallas de Strathos.

Asiente despacio con la cabeza contra el tronco del abeto. Vigila la tierra del claro donde el suelo vuelve a ser suelo firme, desprovisto de rastro alguno de las formas que han quebrado el filo hace un instante de las velas.

—¿Y qué orden rige el movimiento de las bestias del bosque en mitad de la batalla? —pregunta el guerrero, dando un paso hacia la hierba.

—Los animales de la espesura son las tres criaturas de la casa —pausa la voz—. En las formas legendarias que sus propias naturalezas elijan para quebrar las filas de Cathal.

—¿Y tu mando decide qué túnica animal adopta cada cuerpo en la descubierta?

—No, Ronan —le entrego la palabra desprovista de adornos—. Ellos toman la determinación por su propia cuenta. Siempre se ha gobernado bajo esa ley su instinto.

Lo procesa en mitad de su silencio de laird.

Lo veo ordenar en su mente la imagen real de tres niños descalzos provistos de la libertad absoluta de seleccionar qué forma de fiera adoptar en mitad de lo que va a constituir una batalla de hierro y sangre, y archivar la información en algún rincón de su mapa del norte, que a estas alturas del invierno ya ha sido redibujado varias veces por las realidades de mi prado.

Un matiz conocido le cruza las facciones duras —un pensamiento que lleva lunas enteras habitando bajo su mandíbula rígida, reconozco el dibujo de su dureza—.

—Se cuenta una crónica vieja entre las gentes del norte —empieza su voz profunda, fija en las cumbres—.

Un relato antiguo de los páramos. —Hace una pausa invariable, midiendo las palabras del recuerdo—.

La historia de una hechicera de las colinas altas, un guerrero traicionado que viene del sur, y tres animales de la espesura del bosque que guardan el patio.

—Otra pausa, más larga, donde el vaho de su boca se espesa por el frío—.

Mi abuela de Strathos aseguraba junto a las brasas del castillo que la crónica constituía una profecía real de la tierra, no un cuento de cuna para el entretenimiento de los siervos.

Que en la jornada en que las tres bestias del monte eligieran el plaid de un guerrero para su protección, significaría de forma que un orden viejo había agotado sus inviernos en el norte y un orden nuevo iba a iniciar su marcha en las murallas.

Silencio de fosa en el claro del este. El prado helado. El amanecer de diciembre que ya es luz real sobre el granito de las peñas.

—¿Acaso tu juicio de laird otorga fianza a las letras de esa profecía del sur? —le formulo la duda directa, mirándolo fijamente.

Me mira fija a los ojos oscuros.

—Permanezco de pie en mitad de un claro a las afueras de las colinas altas en compañía de una mujer paria que acaba de extraer muertos de las zanjas de la tierra y tengo bajo mi techo a tres niños que visten la forma de un lobo, un halcón y un ciervo en la espesura —hace una pausa, deteniéndose en mi chal gris—.

Sí, Morvenna. Mi mente da fianza a la verdad de la profecía de mi abuela.

No desato ninguna palabra de mi boca para responder a su fe de guerrero.

Miro la tierra arcillosa del claro, y lo que se mueve por los estratos de mi pecho no tiene la forma ordenada y fría de un pensamiento estratégico de las misiones. Es un sentimiento más antiguo que los manuales de los clanes.

Doce inviernos enteros me he consumido en este prado huyendo de la realidad de lo que soy por linaje.

Doce años transformando mi don de las hierbas en un oficio rústico de curandera para los pastores, mi diferencia biológica en una distancia de seguridad ante los emisarios, mi nombre de Morvenna en un rumor áspero que las madres del sur usan para asustar a la infancia antes de cerrar las maderas.

Doce inviernos aprendiendo la disciplina de ser pequeña en los mapas del norte —no pequeña en el volumen de la fuerza, pequeña en la presencia visible ante los salones— porque lo grande siempre llama a lo grande en las guerras y lo que desata el reclamo termina siempre por encontrar el acero del verdugo frente a su puerta.

Y en la mañana de hoy un hombre de armas permanece firme en el borde de mi claro diciéndome que lo que soy por naturaleza forma parte de una historia de la tierra.

No es una acusación criminal de los consejos.

No es el miedo supersticioso de las levas del mercado.

Es una historia vieja —de las que las ancianas relatan al abrigo de los leños, de las que los clanes esperan ver cumplidas para sanar la miseria de sus inviernos—.

No sé qué orden aplicar a esa realidad en mitad de mis arcones.

Se muestra demasiado grande para la mañana de una jornada cualquiera de diciembre, y resulta demasiado nueva para una mujer de paria que lleva doce inviernos enteros sin permitirse la concesión de ser esperada por nada ni por ninguna alma viviente sobre la tierra.

Y debajo de la sorpresa del hallazgo, mi sospecha reconoce la presencia de otra fuerza vieja. Provista de dientes afilados en el negro.

Miedo.

No es el miedo conocido de las jornadas pasadas —el pánico ordinario ante las patrullas de Cathal, el temor a las antorchas de los siervos, el recelo rudo que lleva doce años de trato conmigo y que ya casi comparte el rango de un socio en el patio—.

Este temor se nota nuevo en mi túnica. Porque mi voluntad nunca ha ambicionado pertenecer a ningún lugar habitable del sur.

Pertenecer a un laird o a una muralla equivale de forma a entregarle al mundo exterior una dirección exacta en el plano donde encontrar tu cabeza para el hacha.

Lo miro de reojo contra los troncos del abeto.

Su silueta se muestra tranquila bajo el frío.

Para las leyes de su mente de guerrero, la profecía de la abuela representa suelo firme donde asentar las botas: una explicación racional que ordena por fin los sucesos inexplicables de la cabaña, un territorio sólido donde apoyar el peso entero de sus deudas con el sur.

Le envidio la tregua un instante corto de las velas, con una envidia desprovista de rencor de paria.

Porque a mis leyes les acontece el proceso inverso de la marcha. A mi naturaleza las historias de gran envergadura literaria me arrebatan el único suelo firme que mi aislamiento conoce: el privilegio de ser nadie en ninguna parte del mapa del norte.

Guardo el temor en el cofre del pecho. Como tengo por costumbre guardar cada realidad que todavía no ha encontrado su rincón estable en mis mapas de invierno.

Y noto —empleando la honestidad mínima y ruda que me debo a mí misma junto a las brasas— que el peso de la carta se percibe diferente esta mañana de diciembre que las otras materias guardadas en el arcón.

Se siente más liviano en las costillas. Casi como si en lugar de cargar con un herraje nuevo en la espalda, una viga vieja hubiera dejado de pesar sobre mis hombros largos tras soportar demasiados inviernos de frío en soledad.

—En el amanecer de mañana establecemos la marcha hacia el sur —resuelvo al fin, ajustándome el chal gris.

—Mañana se inicia el avance, Morvenna —responde la voz profunda del laird.

Retomamos el sendero de piedras de regreso hacia la cabaña.

Las tres criaturas están despertando en su estancia al fondo del corredor.

La mañana de los preparativos finales organiza sus ocupaciones sola, como acontece siempre bajo este techo de abedul, con el estrépito de Oisín, el calor denso de los leños y el aroma a resina de la cocina encendida para la última jornada en las colinas.