El guerrero de Morvenna (Corazones de brezo y acero 4)
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CAPÍTULO 1
Una semana después…
El techo es de madera oscura. Eso es lo primero que veo al abrir los ojos. Las vetas del pino, ennegrecidas por décadas de humo, dibujan nudos cerrados sobre mi cabeza como ojos ciegos fijos en mi vigilia.
Lo segundo es que no es mi techo. No es el roble tallado de Strathos ni el lienzo de las tiendas donde paso la mitad de mis inviernos.
Huele distinto: a brezo seco, a lana sin cardar con su rastro de grasa animal, a un vaho denso de plantas machacadas que se me pega a la garganta con cada bocanada corta.
Tardo tres respiraciones en entender dónde estoy.
El dolor llega antes que el pensamiento: un hachazo sordo en el costado derecho que no me deja llenar los pulmones más allá de la mitad, y algo más agudo detrás del ojo izquierdo, latiendo como un yunque que no negocia tregua.
Muevo los dedos de la mano derecha. Responden tarde, pesados, como enterrados en barro cocido. Intento recordar. Eso es peor.
El bosque del norte. La cellisca sobre los abetos. El sonido de los cascos en la piedra mojada que reconozco demasiado tarde, cuando el semicírculo ya está cerrado y las puntas de hierro brillan bajo las antorchas de mis propios hombres.
«Los tuyos.» La voz que lo dice dentro de mí es plana, sin sorpresa, y eso asusta más que la carne abierta. No eran bandidos de los páramos ni incursores del clan rival. Eran las capas verdes de Strathos. Los guerreros que comen mi sal.
Cierro los ojos para detener el balanceo de las vigas.
Los abro. El techo sigue oscuro y el frío entra por las rendijas de la contraventana, lo que significa que estoy vivo, lo que significa que alguien me arrastró fuera de la zanja.
Y eso, según la mano que sostuviera la manta, es una suerte esquiva o el comienzo de un problema mucho más largo que el cabo de una lanza.
Tres caras aparecen en mi campo de visión. Se materializan sin ruido contra la penumbra. Están demasiado cerca: tres pares de ojos fijos a menos de un palmo de los míos, mirándome con una concentración que no tiene nada de infantil y que, sin embargo, pertenece sin duda a tres niños.
El mayor tendrá siete años. Pelo oscuro cortado a trasquilones, ojos grises como el granito de las colinas y la cara del oficial que lleva horas mirando una brecha en la empalizada y ya ha sacado conclusiones que no piensa compartir con la tropa.
Los otros dos son menores: una niña de quizá cinco, con una quietud en la mirada que parece ir a parar detrás de mi frente, y el más pequeño, cuatro a lo sumo, con la boca entreabierta, los dedos manchados de hollín y una fascinación despreocupada que casi ofende, dado el estado en que me encuentro.
El pequeño es el primero en hablar. Su voz rompe el aire con la nitidez de una campana.
—¿Crees que se va a morir otra vez?
—No se ha muerto nunca —responde el mayor, sin apartar los ojos de mis pupilas—. Sigue respirando.
—Estaba muriéndose cuando lo encontramos. Tenía la cara gris como las piedras del río. Eso casi cuenta.
—No cuenta. Si respiras, no estás muerto.
Abro la boca. La lengua se me pega, gorda, como cuero seco al sol. Lo que sale no es la voz del laird que ordena, sino un graznido.
—¿Dónde… estoy?
El mayor me mira de arriba abajo, deteniéndose en el vendaje basto del pecho. La pregunta le parece razonable; la respuesta, demasiado obvia.
—En nuestra casa. En la habitación de las hierbas.
—¿Quién… sois?
—Los que te encontramos —anuncia el pequeño, con la autoridad de quien acaba de resolver una disputa de límites—. Cael te vio primero, pero yo tiré de la manta. Tú eres el que casi se muere en el barro.
La niña no ha hablado. Sigue sentada sobre los talones, mirándome con esa expresión que no termino de entender. No es la curiosidad del pequeño ni la sospecha del mayor.
—Tienes fiebre —dice al fin. Su voz es más suave que la de Cael, pero pesa igual—. El sudor es frío. Morvenna dice que bajará antes de la noche.
Morvenna.
El nombre me da un vuelco. Lo conozco. Todo Strathos lo conoce, no porque circule en las tabernas, sino por lo contrario: porque las maldiciones no se nombran hasta que el invierno aprieta y ya no queda grano que repartir.
Porque el fracaso del clan necesita una cara y la cara necesita un nombre, y el que eligió el consejo fue ese.
«Morvenna Kyntire», dijo Cathal dos semanas atrás, junto a la mesa del salón grande, con esa voz de quien ha encontrado carcoma en los pilares y ofrece la solución antes de que caiga el techo.
«La paria de las colinas altas. Ella trajo la podredumbre al trigo del sur y la tos que seca a los recién nacidos.
Si queréis salvar Strathos, laird, ya sabéis qué se hace con la maleza. »
Y le creí. Tomé el plaid de campaña y la espada de doble filo y partí solo hacia el norte, convencido de que la justicia del clan es una línea recta.
En el límite del bosque, donde los caminos se bifurcan, las capas verdes de Cathal me esperaban a mí.
Toda una vida defendiéndolos, para acabar en una zanja.
Respiro despacio, conteniendo el temblor que amenaza con reabrir la carne bajo los paños.
Estoy en la casa de la mujer a la que vine a ejecutar.
Roto, desarmado, sin anillo de sello y sin clan, con tres niños que me miran como a un bicho raro traído por la riada.
El universo tiene una forma de cobrar las deudas que raya en la crueldad.
—¿Cómo… os llamáis? —pregunto, por fijar la mente en algo pequeño.
—Cael —dice el mayor, y da un paso atrás, como marcando el límite de su espacio.
—Bríde —añade la niña, sin moverse.
—Oisín —anuncia el pequeño, inflando el pecho bajo una túnica que le viene grande—. Tengo cuatro años. Casi cinco.
—Buena edad.
—Ya lo sé. Morvenna dice que soy demasiado grande para llorar cuando me pincho con los abrojos.
Habría sonreído si la mandíbula no me pesara tanto. Vuelvo la cabeza hacia el pasillo. No hay ruido de metal ni de pasos pesados. El olor de la cabaña se asienta: resina de pino, sebo de vela, caldo, y ese romero seco que parece impregnar cada tabla.
—¿Dónde está la mujer de la casa? —Me detengo antes de decir «la hechicera». No tiene sentido usar las palabras de Cathal bajo techos tan bajos.
Los tres intercambian una mirada veloz. La he visto en los mensajeros de campaña cuando la línea se rompe y no hay tiempo para un informe.
—Morvenna no es nuestra madre —dice Cael.
—Pero es la nuestra —remacha Oisín, con la lógica circular de quien no necesita que el mundo valide sus leyes de casa.
—Ha ido a la vaguada del este a por leña seca antes de que la nieve tape el suelo —explica Bríde, ignorando a su hermano—. Dijo que, si despertabas, no intentaras ponerte de pie. Dijo que se te quedarían las tripas en el suelo.
—¿Se pueden salir las tripas? —pregunta Oisín, dando un paso al frente con interés puramente anatómico.
—Si me muevo mucho, es probable —respondo.
—A mí se me salieron las ganas de comer cuando me caí del pino viejo. Morvenna me dio un agua amarga y volvieron.
Cael no ha vuelto a hablar. Sigue clavado en el marco, los ojos grises fijos en la cicatriz de mi cuello, donde el cuero del jubón no llega.
Yo, que me gano la vida descifrando la mirada de los hombres antes del combate, entiendo que este niño va a ser un guardián más severo que cualquier centinela de Strathos.
—¿De qué clan eres? —pregunta. La pregunta es directa, limpia de la cortesía del sur.
Miro las vigas. No tengo armas. No tengo hombres. Mi nombre vale ahora menos que el hierro viejo de un pozo.
—De ninguno —respondo—. Me expulsaron.
No es del todo mentira. Cathal me dejó morir en el barro y ocupó mi sitio antes de que el cuerpo se enfriara. La expulsión es un hecho, aunque los títulos digan otra cosa. Los detalles políticos no caben en un jergón de brezo.
Cael sostiene el silencio más de lo necesario. Es un silencio denso, de los que usan los hombres del norte para ver si el otro se pone tenso y añade palabras de más. No añado nada. Sé esperar.
—¿Por qué te expulsaron?
—Por no mirar atrás cuando caminaba por el bosque.
Frunce el ceño, buscando el engaño bajo la metáfora. Antes de que formule la siguiente pregunta, la puerta principal cruje sobre sus goznes.
El aire frío entra como un torrente y barre el romero, trayendo el filo de la nieve que empieza a cuajar en las cumbres.
Morvenna Kyntire entra de perfil, cargando un haz de enebro y abedul.
Lo deja caer junto a la chimenea de un golpe seco, sin volverse hacia mí de inmediato.
Luego se sacude la escarcha del chal gris y avanza por el pasillo.
Sus ojos encuentran los míos sin preámbulos.
Es más joven de lo que Cathal jura en el consejo.
Más joven y más delgada, con una severidad en la boca que no viene de los años, sino del aislamiento.
Pelo oscuro recogido en una trenza gruesa, túnica limpia pero gastada en los puños, manos largas de nudillos firmes que delatan el trabajo con la tierra.
No hay rastro de la mujer siniestra de las leyendas.
Solo una mujer del norte que encara un imprevisto con la misma calma con que se limpia la ceniza del hogar.
—Estás despierto. —No es una pregunta.
—Sí.
—¿Sientes los dedos de los pies? ¿Los mueves contra la manta?
Lo intento. El tirón del costado es agudo, pero responden.
—Los siento.
—¿Y la cabeza? ¿El mareo se queda quieto si miras un punto fijo?
—Duele como si me hubieran golpeado con el pomo de una maza. Pero no da vueltas.
—Dolerá dos días más. La costilla tardará una luna en callar. No te incorpores solo: las suturas del flanco son de hilo grueso y, si se rasgan, tendré que coserte en carne viva, y ninguno de los dos tiene tiempo para eso.
Se acerca sin la cautela exagerada que delata el miedo, aunque noto la tensión en la línea de sus hombros.
Retira la manta, presiona con dos dedos el borde del vendaje.
El tacto es frío, firme, exacto: busca el límite de la costilla para comprobar que el hueso no pincha el pulmón.
Aprieto las muelas. No dejo salir el aire.
Levanta los ojos un segundo, deteniéndose en mi mandíbula rígida. Hay un destello en sus pupilas —el reconocimiento de quien identifica a un hombre que sabe encajar el hierro sin quejarse—, pero se disuelve antes de tomar forma.
—Come cuando los niños te traigan el cuenco —dice, ya de pie—. El caldo de avena está en el fuego. Bríde sabe cuánta miel queda.
Se da la vuelta, el chal gris ondeando, y vuelve al salón.
Me quedo mirando el pino oscuro. Entiendo que mi situación es precaria, y que el peligro no son los hombres de las capas verdes que ahora patrullan los caminos con mi nombre en la boca.
El peligro está dentro de estas cuatro paredes: estoy atrapado en la casa de la mujer a la que vine a destruir, protegido por tres niños que no saben que el hombre del jergón firmó la orden de expulsión de su estirpe.
—¿Quieres el caldo ahora? —pregunta Oisín, que no se ha movido.
—Si está listo, sí.
—Morvenna dice que las cosas del fuego no se apuran, que se queman por fuera y quedan crudas por dentro. Hay que esperar a que el humo sea blanco.
—Tu dueña tiene buena lógica, Oisín.
—No es nuestra dueña —corrige Cael desde el pasillo, sin ceder un palmo—. Es Morvenna.
Cierro los ojos y dejo que el enebro me llene la cabeza. Afuera, la tormenta de noviembre golpea la madera. Dentro, el silencio se instala con la paciencia de las cosas que han venido para quedarse un invierno entero.