Capítulo 13 #8
Tuvo que detenerse un instante.
—Las mujeres estuvieron a mi lado cuando apenas podía mantenerme en pie.
Lachlan le tomó la mano y Annora apretó los dedos de su marido antes de proseguir.
—Jamás olvidaremos lo que habéis hecho por nosotros.
Un silencio respetuoso llenó el salón.
—Ni lo que habéis hecho por Brion.
El niño levantó la cabeza al oír su nombre. Miró a su alrededor con expresión desconcertada y terminó escondiéndose contra el costado de su padre, provocando varias sonrisas.
Lachlan observó a los presentes.
—Lochlen siempre tendrá sitio para vosotros —afirmó con voz firme—. No importa dónde viváis ni cuánto tiempo pase entre una visita y la siguiente. Estas puertas siempre estarán abiertas para quienes se sienten parte de esta familia.
La tensión que había pesado sobre el castillo durante los últimos días pareció disiparse por completo.
Las conversaciones comenzaron a reanudarse y alguien levantó una copa.
Otro respondió con un brindis y las risas regresaron poco a poco.
Marsaili apoyó una mano sobre la mesa y contempló la escena.
Ailsa se inclinó hacia Tavish para decirle algo que lo hizo reír.
Celyn hablaba tan deprisa que Dunlop apenas conseguía seguirla.
Brion discutía con Alec por un trozo de pastel mientras Annora fingía no darse cuenta.
Más allá, Niall y Kennan mantenían una de sus eternas disputas, observados por una resignada Makenna.
No era la primera vez que asistía a un banquete ni que compartía mesa con una familia numerosa. A lo largo de su vida había presenciado celebraciones semejantes, reuniones llenas de risas, brindis y conversaciones que se prolongaban hasta bien entrada la noche.
Sin embargo, algo era diferente.
La sensación la acompañaba desde hacía días, aunque no había logrado darle forma hasta ese momento.
Su mirada se detuvo en Annora, que escuchaba a Lachlan mientras él hablaba con varios hombres del clan. No necesitaba intervenir en la conversación para saber cuándo él iba a girarse hacia ella. Lo hacía con la naturalidad de quien llevaba años compartiendo cada jornada de su vida.
Más allá, Ronan acercó una silla para Aileen sin interrumpir la charla que mantenía con Logan. Nadie pareció advertir el gesto. Nadie comentó nada.
Porque para ellos era algo habitual.
Marsaili siguió observando.
Un hombre llenó la copa de su vecino antes de servirse la propia.
Una anciana reclamó a uno de los muchachos para que probara un plato que acababa de llegar a la mesa.
Un niño tropezó al correr entre los bancos y tres personas distintas se inclinaron al mismo tiempo para asegurarse de que no se había hecho daño.
Pequeños detalles. Nada importante por separado, pero juntos formaban algo que ella no había conocido en mucho tiempo.
Tal vez nunca.
Aquellas personas no permanecían unidas por obligación, ni por el apellido que compartían, ni por las tierras que defendían.
Había algo más fuerte que los mantenía cerca: la confianza de poder acudir unos a otros en los momentos difíciles y la seguridad de encontrar siempre compañía cuando la felicidad llamaba a sus puertas.
Marsaili bajó la vista un instante.
De pronto comprendió por qué el rescate de Gideon había movilizado a tantas personas. Comprendió las noches sin dormir, la angustia compartida y la determinación con la que cada hombre y cada mujer se había volcado en la búsqueda.
No habían recorrido kilómetros, soportado el miedo ni desafiado el cansancio únicamente por un niño desaparecido. Lo habían hecho porque Gideon pertenecía a aquella familia, y ninguno de ellos concebía la posibilidad de abandonar a uno de los suyos a su suerte.
La comprensión de aquella verdad despertó una cálida emoción en el interior de Marsaili. Permaneció unos instantes contemplando las mesas repletas de rostros conocidos hasta que sintió un leve roce bajo la mesa. Alzó la cabeza de inmediato al reconocer los dedos de Brodie buscando los suyos.
Brodie continuaba mirando hacia el frente, como si prestara atención a la conversación de los hombres reunidos junto al fuego, aunque su mano siguió buscando la de ella bajo la mesa.
Marsaili sonrió y entrelazó los dedos con los suyos, disfrutando de aquella caricia discreta que resultaba más íntima que cualquier palabra.
Mientras permanecían unidos de aquel modo, ajenos por un instante al ruido que llenaba el salón, comprendió algo que llevaba días sintiendo sin llegar a nombrarlo. La certeza no surgió de repente; se abrió paso lentamente, como una semilla que hubiera encontrado por fin el momento de florecer.
Aquella gente había encontrado un lugar para ella y para Brodie entre los suyos. Los habían recibido con una generosidad que aún la conmovía, abriéndoles las puertas de su hogar y permitiéndoles formar parte de su vida cotidiana sin exigir nada a cambio.
Marsaili dejó que su mirada recorriera el salón una vez más.
La luz de las velas danzaba sobre los rostros conocidos. Las voces llenaban el aire con una familiaridad reconfortante. El calor del fuego alejaba el frío de la noche que esperaba más allá de los muros.
Por primera vez no contempló aquella escena como alguien ajeno ni observó la felicidad de los demás desde la distancia.
Mientras la mano de Brodie permanecía entrelazada con la suya bajo la mesa, comprendió que ya formaba parte de todo aquello.
Había llegado buscando un lugar donde quedarse y, sin darse cuenta, había encontrado un hogar.
Su mirada recorrió una vez más los rostros reunidos alrededor de las mesas, las sonrisas compartidas, los gestos de afecto que surgían de forma natural entre unos y otros.
Entonces comprendió que aquello era mucho más que un clan.
Los lazos que unían a aquellas personas iban más allá de la sangre, del nombre que compartían o de las tierras que defendían.
Eran una familia.