El guerrero de Lochlen (Serie Los indomables Kincaid nº 9) Capítulo 3 #7
30%

Capítulo 3 #7

Durante años, en la abadía habían cuchicheado sobre los rasgos que podían ver: sus pecas, sus grandes pechos, sus cejas rojizas y pobladas o lo bajita que era. Todo ello en tonos poco halagadores, destruyendo cualquier idea de que pudiera resultar siquiera un poco atractiva.

Pero después de que una de las criadas le arreglara las cejas y le enseñara a peinarse el cabello con trenzados en lugar de ocultarlo, Celyn había pensado por primera vez en su vida que quizá pudiera pasar por bonita.

Makenna se había pasado por su habitación antes con un conjunto completo que pertenecía a una de sus amigas, supuestamente de talla y estatura parecidas. El vestido de color morado oscuro era sencillo, con muy pocos adornos, y venía acompañado de unas zapatillas a juego.

Al mirarlo, Celyn había tenido la sensación de que era el mejor vestido que poseía la amiga de Makenna.

Makenna le había explicado que, con el tiempo, le presentaría a Ceridwin, la esposa de uno de los comandantes de Niall, pero que esta se encontraba cuidando de sus dos hijos, ambos enfermos por haber comido en exceso durante el banquete de la noche anterior.

Mientras tanto, hasta que las costureras pudieran confeccionarle algunos vestidos propios, Celyn podía ponerse el bliaut de Ceridwin.

Sintiéndose mucho más cómoda a solas con lady Makenna que rodeada de todas aquellas mujeres parlanchinas, Celyn le aseguró a su anfitriona que le encantaba coser y que se haría su propia ropa si había tela disponible.

Al oír a lady Makenna decirle que había varios rollos de tela entre los que podía elegir, Celyn se sintió optimista por primera vez desde su llegada junto a Marsaili.

No solo podría crear prendas hermosas para sí misma, sino que también sorprendería a Ceridwin, la amiga de Makenna, con varios bliauts nuevos.

Era lo menos que podía hacer después de que lady Makenna le asegurara que era bienvenida a quedarse todo el tiempo que quisiera y a considerar el castillo de Lochlen como su hogar.

—Lo digo en serio, Celyn. Esta noche vas a llamar la atención de muchos hombres —dijo Marsaili, antes de estirar los brazos por encima de la cabeza—. Quienquiera que te haya peinado sabía lo que hacía. Me pregunto si podría hacer algo con el mío.

Celyn dudaba de que pudiera interesar a ningún hombre, pero decidió no discutir el tema.

—Puedo ayudarte, si quieres.

—¿Podrías? —preguntó Marsaili, emocionada, incorporándose del todo—. La mayoría de las veces me lo recojo a los lados o me lo trenzo.

Celyn ya se lo había imaginado tras pasar varias semanas trabajando con ella en el pueblo de Melrose, ayudando a los necesitados después de que los ingleses destruyeran su abadía.

—Mi pelo es tan rizado que es difícil peinarlo, pero el tuyo es largo y suave. ¿Quieres algo en concreto?

Marsaili negó con la cabeza.

—Lo que tú quieras.

Celyn empezó a cepillarle el cabello, comprendiendo mejor por qué la criada había querido peinarla. Había algo agradable en arreglar el cabello de otra persona.

Por las noches, cuando estaba sola en su habitación de la abadía, solía probar diferentes peinados, pero su propio cabello, grueso y rizado, limitaba mucho lo que podía hacer.

En su juventud había sustraído uno de los platos pulidos de la cocina para contemplar el resultado.

Sabía que había estado mal, pero nunca pensó en devolverlo.

—¿Estás nerviosa? —preguntó Celyn.

—Sí —respondió Marsaili.

Sus manos inquietas confirmaron la confesión.

Cuando Marsaili no añadió nada más, Celyn pensó en decirle que Brodie, junto con otros hombres, se había marchado. Pero como no quería ser ella quien le diera aquella noticia, siguió trabajando el cabello oscuro de su amiga hasta formar un recogido semisuelto e intrincado.

—Ya está.

Marsaili se levantó y fue a mirarse en el pequeño espejo de plata pulida que colgaba de la pared.

Nunca se había visto con todo el cabello recogido. Siempre había pensado que aquello la haría sentir cohibida, pues la cofia solía arrancarle los mechones que enmarcaban su rostro. Estos volvían a crecer constantemente en rizos apretados hasta que, una vez más, quedaban largos y lisos.

Pero aquellos suaves mechones la hacían parecer y sentirse bonita, no extraña como siempre había supuesto.

—Tienes mucho talento. Si Ailsa estuviera aquí, no creo que me reconociera.

Se dirigió a los pies de la cama, abrió un baúl y sacó un vestido verde pálido que hacía juego con sus ojos.

—Por suerte, el sacerdote trajo mis cosas consigo, dejándome un lugar donde guardar la ropa que me dio Meriel.

Cogió un par de zapatos a juego y empezó a vestirse.

—Ya está. ¿Qué te parece cómo estoy? Aunque, después de oler tan mal y estar tan horrible esta mañana, Brodie probablemente se sentirá aliviado.

Lo dijo sin ser consciente de lo atractiva que resultaba.

Celyn suspiró y la ayudó a atar los lados del bliaut.

Ahora entendía por qué lady Annora quería que Marsaili se casara tan pronto. Ningún hombre —soltero o casado— podría apartar la mirada de ella.

El castillo se vería invadido de pretendientes.