CAPÍTULO VIII - #3
—Eso mismo siento yo. No lo entiendo, pero hay algo en ti que es... familiar. Reconfortante.
Se llevó la mano a la chaqueta y, tras vacilar apenas un instante, sacó la carta. No se la entregó. Todavía no. Se limitó a sostenerla entre ambos, doblada y tibia de haber estado apretada contra su pecho.
—Algún día —susurró— te lo explicaré todo.
Janaína asintió lentamente.
—Te creo.
Permanecieron en silencio un rato, y Rafael sintió, durante el más fugaz de los instantes, que el mundo había detenido su cruel girar. Que, de algún modo, a través de las arenas movedizas del tiempo, algo perdurable había regresado a él.
Pero el momento pasó.
Rafael se levantó a regañadientes.
—Tengo que irme. Hay algo importante que debo hacer.
Janaína ladeó la cabeza y entornó ligeramente los ojos, como si percibiera la gravedad que encerraban sus palabras.
—¿Volveré a verte?
Él sonrió.
—Sí. Te lo prometo.
Dicho esto, se dio la vuelta y se alejó con la carta doblada aún en la mano, mientras la imagen de ella perduraba en su mente como una luz que se negaba a extinguirse.
De vuelta en el laboratorio, Hélio lo esperaba mientras preparaba el equipo móvil.
—¿Listo? —preguntó.
Rafael asintió y deslizó la carta en el bolsillo interior del abrigo.
—Más que nunca.
Y juntos se adentraron en lo desconocido: hacia las coordenadas, hacia la figura y hacia la verdad que aguardaba al otro lado del velo del tiempo.
Al llegar a la chácara, Rafael decidió cambiar de vehículo para garantizar la discreción del viaje que tenía por delante.
Sin embargo, al entrar en el garaje trasero, el dispositivo Cronos que llevaba en la muñeca comenzó a vibrar intensamente y emitió una señal inesperada.
Miró la pantalla: su superficie parpadeaba con un mensaje que pulsaba con insistencia: «Nueva coordenada identificada».
Sobresaltado, Rafael se detuvo y recorrió con la mirada la información que tenía delante.
—¿Otra coordenada? ¿Cómo es posible? —murmuró, intentando descifrar los datos.
Por instinto, comprobó la hora. Aún quedaban cuarenta minutos para su encuentro con Janaína. Respiró hondo y sopesó la decisión.
—Todavía hay tiempo —susurró con los ojos fijos en las coordenadas brillantes.
—Hélio tenía razón —añadió con un dejo de alivio—. Los cálculos fueron impecables; por eso el Cronos ha captado estas nuevas coordenadas con tanta eficiencia.
Decidido, Rafael siguió el camino trazado en la pantalla.
Para su asombro, lo condujo a un lugar familiar: su propia chácara.
Guiado por la curiosidad y una creciente sensación de urgencia, siguió el rastro que serpenteaba por el bosque de cedros, donde árboles imponentes se arqueaban sobre su cabeza hasta formar una bóveda natural que velaba la luz del sol y sumía el sendero en un crepúsculo casi etéreo.
En el punto exacto que indicaba el dispositivo, Rafael se detuvo. Algo en el aire parecía cargado de electricidad.
Por impulso, activó el Cronos.
El aire se estremeció de inmediato y vibró con una energía invisible.
Un vórtice arremolinado de luz azul cobró vida, palpitante de puro poder temporal.
Rafael retrocedió por instinto, asombrado, mientras una figura comenzaba a emerger del núcleo luminoso del portal.
Era él: la misma figura sombría con la que se había topado antes.
Sus miradas se cruzaron a través del campo de energía; ambos hombres mostraban la misma sorpresa ante aquel encuentro inesperado.
Pero antes de que Rafael pudiera actuar, la figura retrocedió y se desvaneció de nuevo en el vórtice. Sin dudarlo, Rafael desactivó el Cronos de inmediato. El portal se replegó sobre sí mismo y el silencio cayó sobre el claro como un aliento contenido.
—¿Qué ha sido eso? —murmuró sin aliento, mientras examinaba el Cronos en busca de alguna explicación, algún dato residual que pudiera descifrar lo que acababa de ocurrir.
Se alejó rápidamente del lugar y volvió sobre sus pasos por el sendero bordeado de cedros. La tierra compacta amortiguaba el sonido de sus pasos apresurados mientras el peso del momento le oprimía la mente.
Al salir del bosque en sombras, divisó su Charger aparcado junto al garaje.
—No puedo perder más tiempo aquí —dijo en voz baja. Ajustó la correa del Cronos y se deslizó en el asiento del conductor.
Lanzó una última mirada al bosque a su espalda y arrancó el motor.
El poderoso rugido del V8 resonó entre los árboles; los neumáticos mordieron la grava cuando aceleró y dejó atrás un rastro de polvo y preguntas sin respuesta.
El sol ya trepaba por el horizonte y bañaba el camino con un resplandor dorado.
Cada kilómetro estaba cargado de urgencia y expectación: un anhelo por volver a ver su rostro.
Cuando por fin llegó al café, Rafael la vio. Janaína estaba en la entrada, con una cámara Canon idéntica a la que había usado cuando se conocieron, aunque en otra realidad. El corazón le dio un vuelco al verla.
Estaba concentrada, ajustaba con cuidado el objetivo para capturar una flor que crecía junto a la entrada.
Rafael aparcó y salió del coche; el suave golpe de la puerta atrajo la atención de ella.
Janaína levantó la mirada y le dedicó una sonrisa cortés, sin asomo de reconocimiento, pero con la misma expresión afable que él recordaba tan bien.
Caminó hacia ella e hizo todo lo posible por ocultar la emoción que le crecía en el pecho.
A medida que se acercaba, el familiar aroma a lavanda lo envolvió y despertó recuerdos que le traían consuelo y anhelo a partes iguales.
—Hola, Janaína —dijo Rafael con la voz ligeramente temblorosa, aunque impregnada de una ternura que no podía disimular.
Ella lo miró con curiosidad y ladeó ligeramente la cabeza.
—Hola. Me resultas familiar, pero no logro ubicarte... —sonrió, algo insegura, aunque con calidez.
Rafael tragó saliva con dificultad mientras buscaba las palabras adecuadas, cautivado una vez más por el brillo de sus ojos.
—Quizá sea porque algunas conexiones trascienden el tiempo y el espacio. ¿Puedo sentarme a hablar contigo?
Janaína dudó un instante; parecía sumergirse en sus propios pensamientos, como si tratara de atrapar algo que se le escapaba.
—Por supuesto —respondió con un tono que mezclaba delicadamente curiosidad e intriga—. Justo iba a pedir un café. ¿Por qué no me acompañas? —ofreció con una sonrisa afable, aunque sus ojos delataban algo más profundo, como si estuviera atrapada entre lo familiar y lo olvidado.
Cuando entraron en el café, Rafael sintió que el hechizo se intensificaba. Aunque ella ya no lo recordaba, había algo en su manera de mirarlo, algo que sugería una conexión ajena a la lógica y a la memoria. Janaína pidió dos cafés y volvió a sonreír mientras le lanzaba una mirada.
—Entonces... dime, ¿por qué crees que nos conocemos? —preguntó con voz ligera, aunque con genuina curiosidad.
Por un momento, él no dijo nada. Entonces ella ladeó la cabeza, como si un fragmento de recuerdo hubiera emergido.
—Espera... ahora te recuerdo. Estuviste aquí ayer, ¿verdad? Te marchaste de repente —dijo, escrutándolo con más atención.
Rafael esbozó una sonrisa contenida y asintió.
—Sí. Tenía algo urgente que atender, pero no podía dejar de pensar en lo familiar que me resultabas... Tenía que volver a verte.
La conversación se prolongó un buen rato, con una fluidez sorprendente. Janaína parecía claramente intrigada por Rafael, atraída por él de un modo que no sabía explicar. Y él, por su parte, se dejó absorber por su presencia, casi olvidando el propósito que lo había llevado hasta allí.
A medida que pasaba el tiempo, Rafael se recostó en la silla.
—Janaína, me encantaría quedarme más tiempo, pero tengo que irme ya.
Ella pareció ligeramente decepcionada, aunque mantuvo una sonrisa amable.
—No pasa nada. Ha sido un placer conocerte... otra vez.
Antes de marcharse, Rafael sacó discretamente la carta del bolsillo interior de su chaqueta y la dejó junto a la cámara Canon de ella, que reposaba sobre la mesa.
Se levantó despacio, con movimientos deliberados, y caminó hacia la puerta del café, el corazón cargado de emociones que no lograba nombrar.
Con cada paso, luchó contra el impulso de volverse.
Al cruzar el umbral, el suave tintineo de la campanilla resonó en el aire y atrajo la atención de Janaína. Su mirada se posó en la carta, ahora claramente visible junto a su cámara. Con dedos vacilantes, tomó el sobre, rozando el papel como si ya pudiera percibir la emoción contenida en él.
—¿Qué será esto? —susurró para sí, pensativa.
Janaína abrió el sobre con cuidado y comenzó a leer.
Su expresión fue cambiando a medida que las palabras cobraban sentido.
De pronto, un sollozo ahogado escapó de sus labios y su mano temblorosa volcó la taza de café.
El líquido se extendió lentamente por el mantel, manchándolo, pero ella pareció no darse cuenta.
Mientras seguía leyendo, destellos comenzaron a invadir su conciencia: fragmentos de un rompecabezas que pugnaban por encajar.
Imágenes de Rafael sonriéndole en un parque, tomándola de la mano durante un paseo al atardecer, contemplándola con devoción.
Las escenas se sucedían vertiginosamente, como si una turbina de recuerdos girara descontrolada en su mente.