23
Sus pies golpeaban el asfalto de la extensa red de caminos, tenía la frente cubierta de sudor. Brotaba de su piel y se evaporaba en una espesa niebla que se extendía detrás de ella.
Se movía rápido y ya había recorrido casi diez kilómetros.
El terapeuta al que tuvo que acudir después de que la suspendieran de empleo y sueldo le dijo que no podía escapar de sus problemas.
Pero él nunca la había visto correr.
Casi esprintando, Jamie atravesó el cementerio a toda velocidad y dejó que sus piernas le dijeran adónde dirigirse.
El hotel se había negado a abrir la piscina temprano dos mañanas seguidas, por lo que se había visto obligada a comprar unas zapatillas de correr muy cuestionables en un supermercado abierto las veinticuatro horas.
Pero cumplían su función, ella se movía y eso era lo único que importaba.
Jamie estaba fuera de sí, aunque por fortuna solo durante unos breves segundos cada vez. Se concentraba en el corazón, la respiración, los pies y dejaba que el camino la guiara.
Y entonces se dio cuenta de en qué lugar estaba y redujo la velocidad hasta detenerse.
Sus manos encontraron sus caderas, sus hombros subían y bajaban con fuerza mientras salía del camino y pisaba la hierba. Estaba cubierta de nieve, pero había senderos entre las lápidas.
Sentía un cosquilleo en la piel, los hombros resbaladizos por el sudor, expuestos por la camiseta sin mangas que llevaba.
A Jamie le dolía la garganta a medida que caminaba y recuperaba el aliento, se acercaba al lugar al que no se había propuesto ir, pero en el que, por mucho que intentara evitarlo, sabía que terminaría.
A su alrededor, en el cementerio reinaba el silencio. Los árboles se inclinaban ligeramente, sosteniendo la nieve en sus ramas como una ofrenda al cielo. Todo estaba en silencio, todo era sombrío. Tan solo había sombras y oscuridad.
Cuando llegó, se apartó un poco para contemplar la pétrea losa y el recipiente de metal vacío que no habría contenido ni una sola flor en diecinueve años.
El nombre grabado en la lápida: jörgen johansson.
Jamie lo miró fijamente en la oscuridad, aunque había suficiente luz en el cielo para distinguir las letras, y apretó la mandíbula. La inscripción decía: «Padre amoroso, esposo devoto, nos dejó demasiado pronto».
Quería patear aquella maldita sepultura, escupir sobre ella.
No porque fuera la tumba de su padre, sino por las palabras de su madre.
Esa zorra culpable había llorado a lágrima viva en el funeral, consolada por los compañeros de trabajo de su padre.
Había sollozado y sollozado, hasta ahogar la voz del sacerdote que ofrecía el responso.
Se había asegurado de que todo girara en torno a ella, de que la vieran como la viuda afligida que añoraba a su amor perdido.
Cuando en realidad había sido su rencor despiadado lo que había colocado aquel cañón en su boca.
Fue una semana después del decimoctavo cumpleaños de Jamie.
Su padre había llamado por la mañana. Había pedido hablar con Jamie.
Su madre se había negado. Le había dicho que Jamie no quería saber nada de él.
Una hora más tarde tenía el cañón del arma en la boca.
Jamie tragó saliva con dificultad, con los labios temblorosos de rabia.
—Lo siento, papá —susurró, las palabras apenas lograban salir de su garganta encogida—. Las cosas deberían haber sido diferentes.
Jamie bajó la cabeza y sintió el aguijonazo del frío en la espalda. Se pasó el dorso de la mano por la cara para limpiarse lo que, se dijo a sí misma, eran gotas de sudor.
Entonces levantó la cabeza y miró a su alrededor. El cementerio estaba desierto, pero no se sentía sola. No podía evitar preguntarse si esos ojos invisibles la habían seguido desde Rättvik hasta su casa.
Jamie miró su reloj: eran y media pasadas.
¿Por qué había tenido que mentirle a Wiik?
Aunque hubiera sacado al mecánico de la cama prontísimo no habría llegado a la ciudad antes de las diez, eso como muy pronto.
Sacudió la cabeza, molesta consigo misma por ser tan estúpida.
No podía llamarlo hasta aquella hora para hablarle de la casa o él sospecharía que le ocultaba algo.
Debería haberlo llamado la noche anterior.
Y, definitivamente, no debería haber entrado en su casa.
Era posible que hubiera contaminado el escenario del crimen y destruido pruebas.
«Eso es lo que pasa cuando te dejas llevar por las emociones», pensó.
Y no dejaba de sentir la ira bullendo en su interior.
Exhaló y se maldijo a sí misma, y cambió el peso de un pie al otro, sin quitar la mirada de la tumba de su padre. La última vez que había estado allí tenía dieciocho años. Una extraña pesadez se apoderó de su pecho y le oprimió los pulmones.
Jamie tenía que seguir adelante o sabía que se derrumbaría.
Sentía los pies clavados al suelo, no querían moverse. Pero los obligó a hacerlo. Aún quedaba un largo camino por recorrer y todavía no podía derrumbarse.
Comenzó a correr de nuevo, con el único objetivo de entrar en calor, y se alejó del cementerio para dar un amplio rodeo que le condujera hasta el hotel.
Luego comería, descansaría y recargaría energías.
Y después atraparía al asesino.
Eran las once de la mañana cuando las primeras e intermitentes luces azules doblaron la esquina de su calle y se dirigieron directamente hacia ella.
Jamie estaba de pie en la acera, frente al coche de alquiler, frente a su casa.
Un coche patrulla y dos furgonetas de los servicios forenses se detuvieron detrás de ella, y el primero de los criminalistas se bajó del vehículo.
Una mujer ataviada con un mono blanco se aproximó veloz a ella, llevaba la capucha caída sobre los hombros y una mascarilla le colgaba suelta bajo la barbilla.
—¿Inspectora Johansson? —preguntó con una sonrisa.
—Sí —respondió Jamie.
—Me han dicho que tiene algo que queremos examinar.
Sostenía una bolsa transparente para pruebas entre los dedos y la levantó para enseñársela.
Jamie metió la mano en el abrigo y sacó la carta que le habían dejado bajo el limpiaparabrisas.
La técnica se puso un guante de vinilo azul para hacerse con el papel y lo metió en la bolsa.
Jamie le estaba dando las gracias cuando el ruido de unos neumáticos se sobrepuso el estruendo de los motores al ralentí que estaban a su alrededor.
El coche de Wiik silbó hacia ellos en el frío aire de la mañana, el cielo gris y turbulento colgando sobre sus cabezas, y se detuvo en medio de todo.
Salió de la cabina en segundos y cruzó la carretera hacia ella.
—¿Qué ha pasado? —preguntó, sin perder un segundo.
Por encima del hombro de Wiik, Jamie miró a Hallberg, que, en su ausencia, parecía haber sido ascendida de nuevo a copiloto. Parecía cansada. Estaría abatida por el insaciable buen humor y las bromas alegres de su jefe, no cabía duda.
Volvió a mirarlo a él. Tenía su historia preparada.
—Anoche volví a mirar la nota —mintió Jamie—.
Y me di cuenta de que el papel tiene el mismo tamaño y forma que el viejo cuaderno de mi padre.
—Respiró lentamente y esperó el efecto de sus palabras—.
Así que esta mañana vine directamente aquí y me di cuenta de que había huellas en la nieve que rodeaban la casa hasta la parte trasera.
Jamie señaló hacia la puerta, donde un grupo de técnicos forenses con monos blancos se apresuraban a revisar el sendero. Todos se habían detenido en el umbral para ponerse unos cubrezapatos azules antes de desaparecer en la oscuridad con maletines rígidos y cámaras en mano.
Jamie observó cómo el último se detenía para tomar fotos de las huellas.
—Entré —dijo— fue cuando descubrí que las huellas llegaban hasta la puerta trasera. Fue entonces cuando llamé.
Wiik apretó la mandíbula.
—¿Llegaste a tocar algo?
—No —mintió ella.
Él asintió.
—Bien, perfecto. Dejemos que hagan su trabajo. ¿De verdad crees que alguien entró y se llevó uno de los cuadernos de tu padre?
Jamie se encogió lentamente de hombros, sin dejar de mirar al técnico que tomaba fotos de las huellas en la nieve. Otro se había unido a él y tecleaba algo en una tableta que sostenía en las manos.
—No lo sé seguro —dijo ella—. Pero creo que, si el asesino tuvo la previsión de eliminar a Nyström antes de cometer el asesinato, entonces que yo viniera aquí probablemente le haya molestado.
¿Y qué mejor manera de enviar un mensaje claro que hacerme saber que no estoy a salvo ni siquiera en mi propia casa?
Se volvió hacia él y vio que Wiik la miraba fijamente.
—Esto no es bueno —dijo y bajó la voz cuando Hallberg se acercó a ellos. Ella retrocedió un poco, probablemente para no agobiar a Wiik y darle otra excusa para regañarla—. Falk quiere verte —añadió Wiik—. Lo antes posible.
Jamie suspiró. Fuera o no su jefa, que te llevaran al despacho de un oficial superior nunca era divertido.
—De acuerdo —respondió—. ¿Al menos tú sacaste algo en limpio de Lundgren?
Wiik soltó un gruñido.
—Solo te digo que el tipo era un auténtico asqueroso.
Jamie arqueó una ceja.
—¿Cómo es eso?
Wiik negó con la cabeza, puso las manos en jarras y miró a los técnicos como si desaprobara sus métodos. Un tercer criminalista se había unido a ellos en el estudio de los rastros en la nieve y mezclaba lo que parecía yeso en un vaso de plástico, listo para verterlo en la primera huella.
—Para empezar, no quería dejarnos entrar —dijo Wiik, sin dejar de mirar a los forenses—. Tuvimos que insistir bastante, le dijimos que solo necesitábamos revisar algunos detalles y antecedentes del caso, tachar su nombre de la lista, ¿sabes?
—¿Y eso no le gustó?
—Ya te digo. —Wiik se rascó la frente—. Hallberg había obtenido información sobre él de los archivos: su esposa y él estaban registrados como cuidadores de acogida hasta 2012.
Trabajaba como consultor de riesgos para una empresa petrolera que operaba en Noruega, por lo que viajaba mucho de un lado a otro, e intentó convencernos de que ni siquiera estaba en el país cuando mataron a Hanna.
—¿Y estaba? —preguntó Jamie.