17
MITCH
El loft estaba en silencio. No el silencio apacible, sino ese que se siente como la respiración contenida antes de un asalto. El silencio que viene después de sábanas empapadas en sudor y verdades susurradas. El que persiste cuando las llamas menguan, pero el calor aún no se ha disipado.
Mitch se había sentado en el borde del sofá, medio vestido, con un vaso de agua intacto sobre la mesa de café junto a su arma. Las luces estaban apagadas, salvo por el suave resplandor del monitor frente a él y el tenue rastro de luz de luna que entraba por las ventanas.
Andi dormía en el dormitorio. Había sido difícil dejarla allí, pero sabía que ella necesitaba descansar y no lo lograría si él se quedaba a su lado.
La necesidad que sentía por ella crecía sin cesar, y en ese momento necesitaba concentrarse en mantenerla a salvo.
Se había levantado de la cama y se había alejado antes de poder convencerse de quedarse.
No porque no quisiera, sino porque tenía trabajo que hacer; el trabajo debía ir primero mientras las amenazas siguieran rodeándola.
La unidad encriptada que Coop había entregado antes estaba abierta, con su contenido descifrado desplegado en dos pantallas: líneas de correos electrónicos, registros de reuniones marcados, un volcado completo del calendario del servidor de campaña de Wexler que Cerberus había hackeado en menos de seis horas.
A Mitch le había llevado otras dos horas cotejar las horas registradas con la agenda de Andi, la emboscada de prensa y, lo más revelador, la filtración relacionada con su arresto.
A la 1:17 de la madrugada, la última pieza del rompecabezas encajó.
—Coop —dijo Mitch, llevándose un dedo al comunicador del oído.
—Sí.
—Tenías razón. Lo tenemos.
Marcó la cadena de correos electrónicos y la envió al canal compartido de Cerberus. Una serie de rastros digitales se iluminó en la pantalla.
Wexler había sabido de la redada y el arresto de Andi antes de que ocurriera.
No solo lo sabía: había orquestado todo el asunto, incluida la presencia de la prensa frente a la comisaría.
Los correos mostraban una ráfaga de actividad del director de comunicaciones del PAC la noche anterior al arresto de Andi.
Los asuntos parecían una lista de sabotaje:
ARRESTO DONATO: AVISO FINAL
CORRESPONSALES CONFIRMADOS
EQUIPO DE CÁMARA EN POSICIÓN
¿La hora del envío? Exactamente treinta y seis minutos después de que se emitiera una orden sellada para una investigación por corrupción urbanística de la que Andi ya había salido limpia.
Wexler no solo estaba jugando sucio: había tendido la trampa.
Mitch se inclinó hacia delante, con los nudillos apoyados en el escritorio. Apretó la mandíbula una vez, con tanta fuerza que le dolió.
—Esto no fue una filtración —dijo al micrófono—. Fue una trampa. Wexler tenía acceso interno a la orden y movilizó a los medios antes de que la ciudad siquiera confirmara el arresto. Esto no fue oportunismo. Fue premeditado.
La voz de Coop llegó cortante:
—El mismo modus operandi que el tirador de la gala. Imagen orquestada. No para matar, sino para asustar.
—O para controlar —Mitch entrecerró los ojos—. De cualquier modo, significa que la red de donantes está más implicada de lo que pensábamos. Wexler es solo la fachada.
Mitch desvió la mirada al segundo monitor: el bucle recién restaurado de Cerberus de una cámara de tráfico situada frente al edificio de Andi.
Las imágenes habían sido marcadas automáticamente por reconocimiento facial dos horas antes.
No eran perfectas —granuladas, de baja resolución—, pero la hora registrada lo dejó helado.
Exactamente siete noches antes del accidente.
1:44 de la madrugada: una figura al otro lado de la calle, frente al loft de Andi, medio oculta entre las sombras, paseando despacio y con deliberación cerca de un todoterreno negro aparcado. Sin teléfono. Sin cigarrillo. Sin razón para estar allí a esa hora.
Dio un paso al frente. Se giró ligeramente hacia la cámara. Y entonces Mitch lo vio: el perfil, la mandíbula y la pequeña cicatriz identificativa en el lateral del cuello.
Pasó la imagen por el rastreador de Cerberus. El resultado llegó rápido.
NOMbrE: Victor Ames
VINCULACIÓN CONOCIDA: Paragon Equity
CARGO: Director de Adquisiciones de Campo
EMPLEADOR ACTUAL: Holdings Inmobiliarios Privados (importante contribuyente a la campaña de Wexler)
AFILIACIÓN PASADA: Blackwell Security (disuelta)
Especialidad: Vigilancia y eliminación de activos
Eliminación de activos: un eufemismo para hacer desaparecer a alguien de un escenario, de un lugar o de este mundo.
Mitch clavó la mirada en la pantalla y no se movió durante un buen rato. Su pulso no se aceleró. Su respiración no cambió. Pero algo se asentó en su estómago como un peso hecho de acero y violencia.
No se trataba solo de desacreditar a Andi. Ni de expulsarla de la campaña. Habían empezado a intentar hacerla desaparecer antes de que la carrera siquiera comenzara. Aquel accidente no había sido mala suerte. Había sido un ensayo.
Accedió al canal de mando de Cerberus.
—Coop. Necesito confirmación: ¿han avistado a Ames recientemente?
—Negativo —llegó la respuesta—. Último registro en Nueva York. Hace tres semanas. Pero podría ser una cortina de humo. El tipo es bueno.
—No lo bastante bueno —murmuró Mitch—. Márcalo. Rastrea cada propiedad vinculada a Paragon en un radio de ochenta kilómetros. Quiero detectores de movimiento activos. Barridos de GPS cada seis horas. Como se acerque a Andi otra vez...
—¿Quieres que lo notifique? —preguntó Coop.
La voz de Mitch descendió una octava, grave y letal.
—No. Todavía no. Necesito que mandes a alguien al loft de Andi. Tengo que salir; hay un mensaje que debo entregar.
Cerró la conexión, cifró los archivos y cogió su chaqueta. El peso de la Glock en la parte baja de la espalda le resultaba familiar ya, como una segunda piel.
Veinte minutos después, Nick había llegado y Mitch lo había dejado vigilando a Andi.
El equipo de seguridad de Wexler era escaso.
Predecible. Arrogante. Dos detectives privados de paisano, un técnico informático que cobraba demasiado y un turno rotativo de policías fuera de servicio.
Mitch no necesitó más de veinte minutos para encontrar a uno de ellos merodeando frente a la sede céntrica de la Fundación Wexler.
Se acercó lentamente. No desenfundó. No adoptó ninguna postura amenazante.
Simplemente se plantó a un metro del hombre —cuarentón, corpulento, probablemente ex brigada de estupefacientes, aún con la cadena de la placa bajo una cazadora del departamento— y habló con una voz tan calmada que hasta las farolas parecían inquietas.
—Dile esto a tu cliente —dijo Mitch, con mirada impenetrable—. Si ella muere, él también.
El hombre parpadeó. Se removió incómodo.
—¿Perdón?
—Me has oído.
Mitch se inclinó ligeramente hacia él.
—Me da igual cuántos abogados pague Wexler o lo larga que sea su lista de donantes. Si se derrama una gota más de sangre que pueda vincularse a él, me aseguraré de que lo pague con creces. Le arrancaré la reputación de raíz y salaré la tierra que quede. Y si eso no basta, lo enterraré yo mismo.
Mitch dio un paso atrás.
—Asegúrate de que tu jefe reciba el mensaje.
El tipo de seguridad no dijo nada. No se movió. Se quedó allí paralizado, como si las palabras aún no le hubieran calado.
Pero Mitch sabía que sí.
Siempre calaban cuando las pronunciabas despacio. En voz baja. Sin aspavientos. Las amenazas más peligrosas eran las que no hacía falta gritar.
Se ajustó la chaqueta, consciente del peso de la Glock en la funda a la altura de los riñones, y se dio la vuelta sin añadir nada más. No hubo sirenas ni testigos. Solo un viento frío que lo seguía por la acera y el rumor lento y certero de una guerra que aceleraba el paso.
Porque las amenazas ya no eran sombras. Tenían nombres. ¿Y ahora? Mitch tenía objetivos.
Al otro lado de la calle, justo más allá del neón parpadeante del puesto de tacos nocturno y la línea de sombra que proyectaba un camión de reparto, estaba Andi.
De medio perfil, enmarcada por el borrón rojo anaranjado de un semáforo atascado en el mismo ciclo desde hacía cinco minutos.
Llevaba una de sus chaquetas —lona negra, de las que aguantan lo que les echen— y tenía los brazos cruzados.
No se escondía. Ni siquiera fingía pasar desapercibida. Observaba.
Mitch se detuvo en la esquina opuesta. No habló. No se acercó más. No le hacía falta. La mirada de ella ya estaba clavada en la suya, y fuera lo que fuese lo que vio en su rostro, no se inmutó.
No sabía cuánto tiempo llevaba allí. El suficiente, por lo visto.
—Me has seguido —dijo.
Andi se encogió de hombros.
—Esperé dos minutos después de que te fueras y conseguí escabullirme de Nick. Una vez fuera del loft, te seguí.
Casi sonrió. Había podido seguirlo porque él no esperaba que nadie lo hiciera. El móvil le vibró en el bolsillo. Lo sacó y contestó:
—Está aquí conmigo. No te preocupes, Nick, puede ser sigilosa cuando quiere.
Andi sonrió —cómo no— y él pudo ver que estaba orgullosa de sí misma; tenía motivos. Nick no era ningún novato, y burlarlo había requerido cierta habilidad.
Señaló con la cabeza hacia donde estaba el hombre de Wexler.
—No tenías que haber visto eso —dijo.
—Mala suerte —respondió ella—. Lo vi. ¿Qué le has dicho?
—Que si te pasaba algo, acabaría con él.
Ella dio un paso adelante; sus botas resonaron suavemente contra la acera. Su rostro no mostraba enfado. Ni miedo. Ni siquiera sorpresa. Pero había algo más: lucidez.
Lo alcanzó y se detuvo a apenas treinta centímetros. Alzó la mirada.
—Lo decías en serio.
Él no mintió.
—Sí. Lo decía.
—Si muero, Wexler muere.
—No solo Wexler. Wexler, el que haya apretado el gatillo y el titiritero que mueve los hilos de todos ellos. Ese es el trato.
Un silencio denso se instaló entre ambos, cargado de algo más que amenazas y consecuencias.