El Gran Paseo (DC Jake Tanner 14) Capítulo 28
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Capítulo 28

E l frío del centro comunitario empezaba a calar en la piel de Toby.

Se sentía como un blanco fácil; como si llevara allí horas, aunque apenas había pasado una.

Estaba solo, y nadie de su entorno cercano sabía dónde se encontraba.

Se sentía vulnerable en el interior de un edificio abandonado.

Si alguien entraba y le disparaba, le apuñalaba o le mataba a palos...

no quería ni pensar cuánto tiempo pasaría hasta que alguien lo encontrase.

En varias ocasiones había contemplado la posibilidad de marcharse, de arriesgarse a pasar el resto de su vida escondido con cincuenta mil libras menos, pero conocía los riesgos asociados a esa decisión y se lo había pensado mejor.

Sus posibilidades de supervivencia eran mucho mayores si se quedaba. Al igual que las de su familia.

Cada vez que un coche ruidoso o un niño gritando pasaban por delante del edificio, los agudizados sentidos de Toby se ponían en alerta y su pulso se aceleraba.

La paranoia le estaba carcomiendo por dentro.

No veía la hora de que todo terminara, de que la charla concluyese, de recibir su dinero y no tener que volver a pensar en ello jamás.

En lo que le quedara de vida.

Se inclinó hacia delante, apoyando los codos en las rodillas. La silla era incómoda y no ofrecía ningún apoyo lumbar. Inquieto y dolorido, Toby estiró las piernas. Al hacerlo, la puerta del almacén chirrió levemente al abrirse. Contuvo el aliento, paralizado.

En ese instante, la paranoia, el miedo y la adrenalina le destrozaron las entrañas.

Todo aquello le resultaba ajeno. El miedo, la culpa, el aborrecimiento.

Había sufrido cosas peores en los desiertos de Afganistán.

Había estado bajo fuego enemigo, en emboscadas, y había padecido un dolor incalculable.

Pero nunca se había sentido así. Y había sido capaz de sobrevivir a aquellas condiciones porque sabía quién era su enemigo.

Podía luchar contra él, defenderse. Pero aquí, ahora, en mitad de un almacén abandonado, seguía sin tener ni idea. Y eso era lo que más le inquietaba.

Con cautela y el puño cerrado, Toby se acercó a la puerta. No había llegado ni a la mitad cuando la puerta se abrió y una silueta apareció al otro lado.

Un hombre, desfigurado tras su propia sombra, entró y cerró la puerta tras de sí. Por una fracción de segundo, Toby no supo qué hacer. No sabía si correr o esconderse, si llorar o pelear.

Al final, la decisión se tomó por él: no hacer nada.

El hombre se adentró en el centro comunitario.

Era alto, esbelto y llevaba unas gafas finas y elegantes en la punta de la nariz.

Tenía el rostro flaco y envejecido, pero su pelo era vibrante y estaba lleno de vida.

Vestía un traje azul marino de tres piezas de Henry Poole, bellamente confeccionado a mano, y caminaba con elegancia, despacio, de la forma en que Toby esperaría que caminara un miembro de la realeza.

El hombre se detuvo en medio de la sala, con las piernas y la espalda rectas y las manos a los lados. Tres metros los separaban.

—Coja la silla, por favor, Toby —dijo el hombre. Su voz era majestuosa y monótona, carente de emoción.

La orden sacó a Toby de su estupor y, tras unos segundos de deliberación, obedeció.

Aunque no sabía por qué. Había algo en aquel hombre que le hacía sentirse obligado a hacer lo que decía, como si fuera un padre borracho ordenando a su hijo que cogiera un tentempié de la nevera, y el miedo a una consecuencia tácita fuera suficiente para impulsarle a cumplir la tarea.

Absorto, Toby agarró la silla con ambas manos y se la llevó al hombre, quedando a la espera de la siguiente instrucción.

—Déjela ahí —ordenó el hombre.

Toby hizo lo que le pedía y dio un paso atrás, dejando espacio al hombre para que la alcanzara y se sentara.

—Gracias por mantenerla caliente —dijo este mientras se acomodaba en una posición confortable—. He tenido la espalda fatal estos últimos días. Todo muy estresante.

—¿Quién es usted? —preguntó Toby. Tenía la voz ronca, así que tragó saliva con fuerza para ocultar su debilidad.

—No hay necesidad de tener miedo, Toby. No estoy aquí para hacerle daño.

—¿Cómo se llama?

—Mi nombre no es importante, pero si quiere un nombre, puede llamarme Sir.

—¿Qué hace aquí?

—He venido a hablar con usted. Hay algunas cosas más que debemos discutir. Solo llevará un momento.

El repentino sonido de un coche frenando en seco frente al edificio los alertó a ambos. Al principio, Toby pensó que se trataba de un equipo de respuesta especial enviado para eliminarlo, pero al ver que Sir reaccionaba de la misma manera, supo que no podía ser así.

La puerta de un coche se cerró de un golpe al otro lado del edificio y, a través del cristal opaco de la puerta, pudieron ver una silueta corriendo por la hierba hacia ellos.

Un momento después, la puerta se abrió. Otro hombre estaba plantado en el umbral, jadeando. En la mano sostenía una placa de identificación policial.