El Gran Paseo (DC Jake Tanner 14) Capítulo 22
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Capítulo 22

E l pequeño punto rojo de la aplicación le indicaba que se encontraba a menos de doscientos metros de la ubicación.

Doscientos metros hasta la seguridad.

O hasta su muerte.

No había término medio.

Mientras Toby deambulaba por la calle, en pleno corazón de Londres y a tiro de piedra del río, pasó por delante de una pequeña cafetería y un parque de bomberos.

Ignorando el olor a café expreso y caramelo que salía del local, pegado a la pantalla que tenía delante, cruzó la calle sin prestar apenas atención al tráfico.

Al bajar a la calzada, un taxi negro pegó un frenazo y tocó el claxon.

Él lo ignoró y siguió adelante. Si alguien lo seguía, esperaba que aquello los retrasara.

Finalmente, llegó a un pequeño centro comunitario abandonado.

Era un edificio de una sola planta, construido con ladrillos antiguos que estaban decrépitos y empezaban a deshacerse.

En la fachada, protegido dentro de una gran caja de metacrilato, había un tablón de anuncios con folletos y pasquines pinchados en él.

Toby se detuvo a inspeccionarlos. Equipos de apoyo juvenil que ofrecían sus servicios.

Equipos de fútbol que buscaban a un jugador para sus partidos de fútbol cinco los martes por la noche.

La comunidad local uniéndose en momentos de necesidad y sufrimiento.

Exactamente como estaba el mundo tras la muerte de Alice Pridden.

Toby probó a abrir la puerta. Estaba dura, agarrotada por semanas —meses— de inactividad.

Esta vez aplicó más presión, apoyando todo su peso contra ella. Por suerte, la puerta se abrió y, al entrar casi cayéndose, le golpeó la cara un muro de aire estancado, húmedo y frío. El olor le escoció en la nariz y le hizo hacer una mueca.

Con cautela y con todo el cuerpo en tensión, entró en el centro.

Sus pasos resonaban por las paredes, haciendo que se le apretaran los nudos del estómago.

La sensación le provocaba dolor en el resto del cuerpo.

Estaba harto de vivir con miedo y paranoico todo el tiempo.

Solo quería que terminara. Quería poder volver a casa y hablar con su mujer y su hija. ¿Acaso era pedir demasiado?

En el lado derecho de la sala, apoyada en el suelo bajo una ventana, había una vieja silla de oficina.

Tenía las patas hacia arriba y la espuma del interior del respaldo había sido cortada y desgarrada; los restos del relleno estaban esparcidos por el suelo.

Se acercó a ella, la recogió y la empujó hasta el centro de la habitación.

Rodó hasta detenerse.

Cuando Toby se acercó a ella, el móvil le vibró.

Era un mensaje de texto de un número cifrado, pero sabía de quién procedía.

Decía: Quédate donde estás. No toques nada. No hables con nadie.