Capítulo 14
T oby mantenía la cabeza baja y los ojos fijos en la pantalla.
Tenía miedo. Mucho miedo. Nunca había experimentado nada parecido en su vida; ni siquiera en Afganistán, escondido detrás de una roca en un montículo mientras le disparaban desde lejos.
Al menos entonces sabía quién era el enemigo.
Ahora no tenía ni idea. Podría haber sido cualquiera en aquel tren de la Great Western Railway que se dirigía a London Waterloo: la pareja de ancianos de delante; el hombre de piel aceitunada y barba tupida que escuchaba heavy metal a su lado; la mujer con el cochecito de bebé a su izquierda; o los dos obreros que habían terminado el turno temprano detrás de él y bebían latas de Budweiser.
Toby se enfrentaba a un oponente sin rostro ni nombre. Y sabía que tenían contactos por toda la ciudad, lo que hacía que le resultara infinitamente más difícil confiar en nadie.
Toby Enfield nunca se había sentido tan vulnerable.
Apretó la SIG Sauer que llevaba en el bolsillo del pecho, oculta bajo el jersey para mayor consuelo. Le relajaba. Le calmaba. Saber que estaba allí, que era su único medio de escape si las cosas se ponían feas.
Mientras el vagón traqueteaba y se sacudía por las vías, sus pensamientos se centraron en su mujer.
En cómo le había mentido al decirle que estaba en un viaje de negocios importante que iba a solucionar todos sus problemas económicos y matrimoniales.
Le había dicho que alguien —un autor consagrado— quería escribir como negro literario una historia basada en su etapa en las fuerzas armadas.
Por sus relatos y su versión de los hechos, recibiría un adelanto de cincuenta mil libras y, después, el diez por ciento de los derechos de autor futuros.
Le había dicho que iba a ser un best seller.
Acuerdos cinematográficos. Guiones de televisión.
Traducciones internacionales. No habría nada que no pudieran hacer, no habría límite para la exposición y el éxito que podrían alcanzar.
Era una oportunidad emocionante para ambos.
Las ficticias siempre lo eran.
Y ahora tenía que arriesgarlo todo —estar al descubierto, usar el transporte público— para asegurarse de recibir el segundo plazo del dinero.
Los años de deudas e impagos se les habían ido acumulando lentamente, y ahora se enfrentaba a la bancarrota —o algo peor, la muerte— si no hacía lo que se le pedía.
Para él, la bancarrota sería mucho más cruel. No quería tener que lidiar con la vergüenza. La humillación. Tenerlo todo —un hogar lleno de amor, un matrimonio feliz— y perderlo después a cambio de nada. No podía. No lo haría.
Cuando el tren entró gradualmente en la estación de London Waterloo, Toby se levantó, agarró su mochila con fuerza y se dirigió a la puerta.
Una vez abiertas las puertas, salió al andén y preparó el billete de tren que había pagado en efectivo.
Se acercó a las barreras con aire despreocupado, como si no tuviera nada que ocultar ni nada que demostrar.
Pero no pasó nada cuando introdujo el billete. No funcionó. Rechazado.
A Toby le temblaron los nervios.
Probó con el billete otra vez.
Sin suerte.
—¡Date prisa, colega! —dijo frustrado el hombre de piel aceitunada que se había sentado junto a Toby en el tren.
Toby empezó a entrar en pánico. Salió del torno, ignoró las quejas de los pasajeros que hacían cola detrás de él y se dirigió al revisor.
—Perdone —dijo Toby, mostrándole el billete al hombre—. Parece que no funciona.
El revisor, que miró a Toby ofendido por haberle interrumpido la conversación con el colega que tenía al lado, le arrebató el billete de la mano y continuó su charla, prestándole la menor atención posible.
—He comprobado hace un par de minutos y han encontrado al que lo ha hecho —continuó el revisor—. Lo han encontrado en la tienda. ¡Ha volado la mitad del tejado!
El cabeza de turco. Pobre cabrón. Pero alguien tiene que cargar con el muerto.
Entonces el hombre se acordó de que Toby estaba allí y le devolvió el billete. —No pasa nada, tío. Pasa por aquí.
Toby asintió en señal de agradecimiento y cruzó rápidamente los tornos. Soltó un hondo suspiro de alivio al adentrarse en la estación.
Al otro lado de las puertas, se detuvo un momento y observó lo que le rodeaba.
Hacía mucho tiempo que no ponía un pie en una estación de tren tan concurrida como esa y, ya que estaba allí, quería absorber todo aquel ajetreo; podría ser la última oportunidad que tuviera.
Por no mencionar que, curiosamente, era uno de los pocos lugares donde se sentía a salvo.
Dentro de la bulliciosa estación de Waterloo, gozaba de un cierto anonimato.
Entre los cientos de personas que entraban y salían de la estación cada minuto, nadie reparaba en él.
Se convertía en un rostro más en el tapiz de la vida y la sociedad británicas, una insignificancia en el tejido del capitalismo londinense.
Nadie podría acercarse corriendo y pegarle un tiro y salir impune.
Tampoco había ningún sitio donde un francotirador pudiera apostarse para abatirlo.
Por un brevísimo instante, estaba a salvo.
Lo asimiló todo. Los sonidos. Las vistas. Los olores. Los empujones y el ajetreo de la gente corriendo por el vestíbulo de la estación.
Toby volvió a comprobar la dirección, buscó el icono de mapas en su teléfono, cargó la aplicación e introdujo la dirección. Google Maps hizo el resto por él. En cuestión de segundos, el software lo localizó con éxito y le indicó a dónde tenía que ir. Setecientos metros. Diez minutos a pie.
Era factible. Todo lo que necesitaba era asegurarse de estar siempre a una distancia mínima de alguien más. Y que nadie le siguiera.
Con un suspiro profundo, cerrando los dedos en un puño y luego extendiéndolos, Toby se puso en marcha.