EL GRAN CHOQUE 21 CAMILLE CIERRA LA PUERTA #3
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21 CAMILLE CIERRA LA PUERTA #3

En el autobús, me senté junto a la ventana y fingí contestar mensajes. El tobillo palpitaba. No por el esfuerzo. Por el enfado. O quizá todo palpita igual cuando uno se cansa de separar dolores.

El clip apareció doce minutos después.

Primero en una cuenta pequeña.

Después en otra.

Luego en una de esas páginas que recortan rivalidades con subtítulos grandes y música de tensión ridícula.

La frase se oía limpia, aunque rodeada de ruido.

“No me mires así si luego vas a fingir que no me conoces.”

Corte a la cara de Romain.

Corte a mi sonrisa pública.

Texto encima: Mansouri y Moreau, capítulo 847.

Al principio me reí.

De verdad.

Fue absurdo, casi perfecto. Un clip de quince segundos convertido en telenovela deportiva por gente que pensaba que todo entre nosotros era odio competitivo, tensión de egos, París contra Marsella bajo camiseta azul. Los comentarios llegaron como lluvia.

“JAJAJA esto es Le Choc incluso en selección.”

“Mansouri no supera que Moreau mande más.”

“Fingir que no le conoce = Romain siempre hielo total.”

“Estos dos se van a matar o a ganar la Euro.”

Le enseñé el móvil al central sentado delante.

—Mira, mamá, soy contenido.

Él soltó una carcajada.

—Tú eres contenido desde que naciste.

Todo habría podido quedarse ahí.

Rivalidad. Morbo. Clip gracioso. Otra pieza para alimentar el circo.

Entonces Baptiste Roux publicó.

La tensión Moreau-Mansouri no parece solo deportiva. Ojo al tono, no a la frase.

El autobús siguió avanzando.

Yo dejé de reír.

Porque Baptiste Roux no era un fan con tiempo. Era periodista. Joven, pesado, con suficiente hambre para oler una grieta y suficiente inteligencia para no escribir la palabra que convertiría una insinuación en acusación.

Tono, no frase.

Abrí el chat de Romain.

Escribí:

Ha sido una frase de mierda. Lo sé.

Enviado.

Esperé.

Nada.

Escribí:

No quería que lo pillaran.

Borré.

Volví a escribirlo.

Enviado.

Nada.

El móvil vibró con una llamada.

Inès.

Estaba tres filas delante de mí, de pie en el pasillo del autobús, mirándome mientras llamaba. Psicopatía profesional.

Descolgué.

—Estoy a cuatro metros —dije.

—Y aun así necesito que escuches sin hacer caras.

—Mis caras son patrimonio cultural.

—Y ahora mismo un problema de comunicación. No respondas a nadie. No pongas nada. No bromees con el clip. No le des like a ningún comentario, ni siquiera irónico.

—Nunca doy likes irónicos.

—Mientes con un descaro que ofende a mi oficio.

Miré por la ventana. En el cristal, mi reflejo parecía menos divertido.

—¿Es grave?

Inès tardó medio segundo.

Demasiado.

—No. Es ambiguo. Ambiguo no es grave, pero es vendible. Y vendible puede volverse grave si alguien decide empaquetarlo bien.

—Era una frase de rivalidad.

—Entonces deja que parezca eso. No intentes explicarla.

Explicar.

La palabra más peligrosa del mundo cuando la verdad no cabe.

Colgué.

Romain seguía sin responder.

Vi, en una notificación emergente de un grupo del staff, que Clémence Dumas había llamado a Romain. No supe si contestó. No supe si estaba leyendo mis mensajes. No supe si estaba furioso, asustado, calculando o encerrado detrás de una puerta sin nombre.

Mi móvil vibró otra vez.

Hugo: Hermano, ¿acabas de declararle una guerra civil a Moreau en 4K o necesito contexto?

Escribí:

Ambas cosas.

No lo envié.

Borré.

Escribí:

No.

Borré.

Apagué la pantalla.

Cuando llegamos a Clairefontaine, nos hicieron bajar por grupos. Cámaras federativas para contenido interno. Nada de prensa externa, en teoría. En teoría era una palabra que merecía menos confianza que mi tobillo en césped mojado.

Romain bajó del autobús delantero antes que nosotros.

Estaba hablando por teléfono.

Clémence, supuse.

Su postura era perfecta. Su cara, no.

Él no me miró.

Ni una vez.

Ahí fue cuando la risa terminó del todo.

Subí a la planta de jugadores con la muleta, más despacio de lo necesario. La puerta comunicante de la 118 me esperaba como un chiste que había dejado de hacer gracia. Abrí mi habitación, entré, cerré.

El móvil seguía sin respuesta.

Me senté en la cama.

Durante cinco minutos odié a los micrófonos, a Baptiste Roux, a Inès, a mi tobillo, a Romain, a mí mismo y a la arquitectura francesa de alto rendimiento.

Luego alguien caminó al otro lado de la pared.

Pasos medidos.

Se detuvieron.

No hubo golpe en la puerta comunicante.

No hubo mensaje.

Solo silencio.

Abrí el chat una vez más.

Mi frase seguía allí.

Ha sido una frase de mierda. Lo sé.

No quería que lo pillaran.

Sin leer.

O con lectura desactivada.

Casi preferí no saber.

Entonces, desde el pasillo, escuché una puerta abrirse. Una voz baja, no de Romain. Adrien.

—Siempre hay alguien escuchando.

No era para mí.

La pared, sin embargo, decidió regalármelo.

Un segundo después, el móvil de Romain vibró al otro lado. O quizá imaginé el sonido. Quizá Adrien lo había escrito. Quizá lo estaba diciendo. Daba igual. La frase era verdad de cualquier forma.

Siempre hay alguien escuchando.

Me tumbé sin quitarme la sudadera.

La zona mixta ya no era una zona.

Era una grieta.

Y nosotros acabábamos de hablar demasiado cerca del borde.