19 EL TOBILLO DE YANIS
El problema de conocer el cuerpo de otro jugador no es verlo caer.
Es ver, dos segundos antes, cómo intenta no hacerlo.
En el minuto cincuenta y ocho del amistoso, Yanis recibió abierto a la derecha, con el Stade National de Saint-Denis encendido alrededor como una máquina de ruido patriótico.
Francia ganaba uno a cero. El partido no debía exigir heroísmo: circulación limpia, minutos repartidos, piernas intactas para los clubes, una victoria suficiente para que la prensa hablara de automatismos y no de crisis.
Yanis controló con la izquierda.
El lateral rival llegó tarde.
No tarde de roja. Tarde de amistoso mal entendido. Tarde de jugador que quiere dejar una marca sin escribir su nombre en el informe arbitral.
La entrada le cazó el tobillo derecho en apoyo.
Yanis saltó medio centímetro para escapar. No lo bastante.
Desde mi posición interior, lo vi todo: el pie girando hacia fuera, la rodilla buscando compensación, la cadera abriéndose para no caer de cara. Lo vi antes de oír el golpe. Antes de que la grada protestara. Antes de que el árbitro llevara el silbato a la boca.
Yanis se quedó en pie.
Eso fue lo que me heló.
Los jugadores que están bien se enfadan. Los que están mal negocian con el suelo.
Él dio dos pasos, sonrió al árbitro con esa cara de “no te preocupes, soy más inmortal que tu reglamento” y levantó el pulgar hacia el banquillo.
Mentira.
Su tobillo no cargó limpio.
No todo el peso. No como antes.
—Falta —dijo Thomas a mi lado, acercándose para el balón parado—. Y amarilla si el árbitro recuerda para qué vino vestido de fosforito.
—No está bien.
Thomas me miró.
—¿El árbitro? Nunca lo ha estado.
—Yanis.
La palabra salió demasiado baja.
Thomas no bromeó.
El seleccionador gritó desde la banda para reorganizar la falta. Yo debería haberme colocado cerca de la frontal, preparado para segunda jugada. En lugar de eso, conté los apoyos de Yanis mientras se alejaba cojeando solo lo justo para que nadie pudiera llamarlo cojera.
Uno.
Dos.
El tercero lo acortó.
El cuarto lo evitó.
No era una torcedura simple. No todavía grave. Pero el ligamento había protestado y Yanis, como siempre, pensaba contestarle con orgullo.
La falta se sacó en corto. Seguimos jugando.
Yanis también.
Durante tres minutos, el partido dejó de ser un amistoso y se convirtió en una operación de vigilancia privada dentro de una transmisión nacional.
Cada vez que el balón iba a nuestra derecha, yo abandonaba medio metro mi zona para cerrar a su espalda.
No lo suficiente para romper el dibujo. Lo bastante para que, si él no podía girar, alguien estuviera ahí.
El seleccionador me gritó:
—¡Romain, no saltes tan pronto!
Levanté la mano en señal de entendido.
No obedecí del todo.
Yanis lo notó, por supuesto. En el minuto sesenta y dos, perdió un control que normalmente habría convertido en provocación artística y me miró de reojo.
—Deja de cubrirme como si fuera un mueble frágil —dijo cuando pasé cerca.
—Los muebles frágiles tienen más sentido común.
—Qué manera tan triste de decir que te importo.
No respondí.
Había una cámara de seguimiento a doce metros, cerca de la línea. Un micrófono ambiente en la banda. Tres fotógrafos en la esquina. Veintitantos compañeros. Un estadio. Un país aburrido, hambriento de lecturas.
El balón salió por banda.
Pausa.
Yo me acerqué.
Demasiado.
No lo bastante.
—No cargues —dije, sin mirarle la boca—. Te vas a romper.
Yanis soltó una risa breve, apretada por dolor.
—¿Eso es orden de capitán o de otra cosa?
La pregunta entró limpia.
Más que la entrada.
Durante un segundo, el ruido del estadio se apartó. Solo vi el sudor en su cuello, la vena tensa en la sien, la forma en que su pie derecho no terminaba de aceptar el césped. Yanis seguía sonriendo para que el mundo no tuviera un titular. Me habría enfadado si no hubiera reconocido el mecanismo.
Yo también sonreía de ciertas maneras para no dar pruebas.
Le toqué el codo.
Un gesto mínimo. Público. Permitido. De compañero que indica posición o pide calma.
La cámara de banda giró hacia nosotros.
Retiré la mano antes de que pudiera convertirse en otra cosa.
Yanis lo vio.
Peor: entendió por qué.
Su cara no cambió lo bastante para la televisión. Solo para mí.
—Claro —murmuró.
—Yanis—
—No. Tranquilo, Moreau. No voy a romperme encima de tu reputación.
El árbitro indicó saque de banda.
El partido continuó.
Adrien estaba en el banquillo, chaleco sobre los hombros, una botella en la mano.
No debía estar mirando, pero lo estaba. Su mirada fue breve, sin juicio aparente.
Eso la hizo más insoportable. Adrien conocía los gestos que no eran gestos.
Había vivido de ellos. Había sobrevivido gracias a ellos.
O eso se decía uno cuando quería llamar prudencia a desaparecer.
En la siguiente jugada, Yanis intentó acelerar.
El tobillo cedió medio grado.
Nadie en la grada lo habría visto. El seleccionador quizá sí. Camille Besson, médica de la selección, seguro. Yo lo vi como si me hubieran señalado el daño con una flecha roja.
Abandoné mi zona.
Esta vez sin disfraz.
Cerré el espacio que Yanis ya no podía cerrar, metí el cuerpo entre el extremo rival y nuestro lateral, robé el balón y jugué de cara con Thomas. La acción fue buena. El estadio aplaudió. El comentarista, probablemente, hablaría de lectura defensiva de Romain Moreau.
No era lectura defensiva.
Era miedo con botas.
El seleccionador gritó hacia el banquillo médico.
Camille ya estaba de pie.
Yanis vio el movimiento y negó con la cabeza antes de que nadie le preguntara.
Idiota.
Mío no.
Idiota, punto.
El rival sacó de banda. Hubo otra pausa por cambio del otro equipo.
Camille aprovechó para entrar con el fisio auxiliar.
Yo debería haberme alejado. Todos los demás lo hicieron de manera natural, formando ese círculo indiferente que los futbolistas hacen cuando un compañero recibe atención: cerca para parecer equipo, lejos para dejar trabajar.
Yo me quedé dos pasos más cerca.
—Estoy bien —dijo Yanis antes de que Camille se agachara.
Ella no levantó la vista.
—Si tuviera un euro por cada futbolista perfecto que me miente, compraría la federación y prohibiría los amistosos.
Yanis intentó sonreír.
—Doctora, eso suena a golpe de Estado sanitario.
—Se llama prevención. Duele menos.
Camille palpó, pidió que moviera, observó la reacción en su mandíbula. Yanis no hizo sonido. Mal. Cuando Yanis no hacía teatro, algo dolía de verdad.
—Fuera —dijo ella.
—Puedo seguir.
—También puedes intentar tocar el violín con la frente. No lo recomiendo.
El seleccionador llegó a la línea.
—¿Cambio?
Camille no dudó.
—Cambio.
Yanis miró al entrenador. Luego a mí.
No pidió ayuda. No pidió permiso. No pidió nada, y aun así lo hizo todo demasiado alto.
—Cinco minutos más —dijo.
—No —dije yo.
Demasiadas cabezas se giraron.
Incluso Thomas, que estaba a varios metros, cerró los ojos como si hubiera visto mi reputación tirarse en plancha.
El seleccionador me miró. Camille también. Yanis no apartó los ojos de mí.
—No es tu decisión —dijo.
Tenía razón.
Eso fue lo peor.
La frase exacta, en el peor lugar, ante demasiadas cámaras.
Me obligué a respirar.
—Es información —dije, corrigiendo demasiado tarde—. No estás cargando. Nos están atacando tu espalda. Si sigues, el equipo compensa y tú empeoras.
Táctica.
La única lengua segura.
Yanis tragó saliva. La furia le pasó por la cara y dejó algo más debajo: cansancio, dolor, una decepción que no tenía nada que ver con el tobillo.
—Qué bonito —dijo—. Hasta preocuparte viene con pizarra.
Camille se levantó.
—Discusión preciosa, pero mi dictadura médica continúa. Mansouri, fuera.
El cuarto árbitro levantó el cartel dos minutos después.
El estadio aplaudió a Yanis. Él salió caminando por su cuenta, claro. Con ese orgullo idiota que a Marsella le parecía carácter y a mí me parecía una forma lenta de autolesión. Al cruzar la línea, no me miró.
Yo tampoco debería haberlo hecho.
Lo hice.
Adrien se levantó para entrar en su lugar unos minutos después, ajuste de sistema. Al pasar a mi lado durante la reorganización, dijo sin mover la boca:
—Cuidar en público es más difícil que desaparecer.
—No necesito tus frases.
—Lo sé. Por eso te hacen falta.
El partido siguió.
Yo jugué los treinta minutos restantes como si el césped tuviera bordes afilados. Recuperé, orienté, di una asistencia secundaria en el segundo gol y respondí a las órdenes del seleccionador con eficacia suficiente para que nadie pudiera acusarme de estar en otra parte.
Pero estaba.
Estaba en el túnel médico, donde Yanis habría sido llevado después de la primera evaluación. Estaba en su tobillo bajo las manos de Camille. Estaba en la frase que me había lanzado: no es tu decisión. Estaba en la mía: es información. Cobarde, exacta, útil. Insuficiente.
Ganamos dos a cero.
Amistoso correcto. Buenas sensaciones. Automatismos. Competencia interna. Titulares fáciles.
Al pitido final, hice lo que debía: saludos, árbitro, rival, compañero, vuelta breve al campo. Luego busqué al coordinador médico con una excusa aceptable.
—Como capitán, necesito saber si hay bajas para la charla postpartido.
Era cierto.
También era una forma elegante de suplicar.
El túnel médico olía a linimento, plástico frío y césped pisado. Había personal de la federación, un fisio recogiendo material, un auxiliar hablando por radio. Nada íntimo. Nada seguro. Todo blanco, funcional, iluminado.
Yanis estaba sentado en una camilla, bota fuera, media bajada, tobillo derecho ya inflamándose con una decisión desagradable. Camille le colocaba una compresa fría mientras dictaba notas al fisio.
Yanis levantó la vista al verme.
—Capitán —dijo.
La palabra no fue amable.
Me quedé en la puerta.
No crucé más.
Camille miró por encima del hombro.
—No hay fractura evidente. Probable esguince moderado, pendiente de imagen. Y antes de que cualquiera de los dos intente dirigir mi sala, aquí mando yo.
—No iba a intervenir —dije.
Yanis soltó una risa seca.
—Milagro nacional.
Camille apretó el vendaje.
—Mansouri, si vuelves a decir que podías seguir, te vendo al rugby.
—El rugby me querría por mi personalidad.
—El rugby tiene límites.
A pesar de todo, casi sonreí.
Yanis lo vio.
El silencio posterior no tuvo cámaras, pero sí testigos. Camille. El fisio. Un auxiliar. Adrien quizá en algún punto del túnel, o quizá ya no. Eso era lo peor de haber vivido tanto tiempo vigilando: una parte de uno siempre inventa ojos.
—¿Duele? —pregunté.
Yanis me miró como si la pregunta fuera demasiado tarde y demasiado pronto.
—¿Eso es para el informe?
No.
La respuesta era no.
No para el informe. No para el equipo. No para el seleccionador. Para mí, porque lo vi caer sin caer, porque su tobillo no cargó, porque mi mano había tocado su codo y luego había huido ante una cámara como si el cuidado pudiera contaminarse de prueba.
—No —dije.
Fue una palabra pequeña.
Camille bajó la vista al vendaje para no mirar.
Yanis tragó saliva.
—Entonces sí.
El mundo no cambió.
No hubo música, ni puerta abierta, ni gesto suficiente para reparar nada. Solo un hombre herido en una camilla, otro demasiado cerca de la entrada y una médica fingiendo que el hielo requería toda su atención.
Asentí.
—Lo siento.
Yanis sostuvo mi mirada.
—No te disculpes por verlo.
No supe qué hacer con eso.
El fisio pidió espacio para terminar la inmovilización. Camille me señaló con el rollo de venda.
—Moreau, charla de capitanes fuera. Diez minutos. Después, si el seleccionador necesita detalles, se los doy yo. No tú.
—Entendido.
Yanis murmuró:
—Obedeciendo órdenes médicas. Qué atractivo. Casi pareces humano.
—Y tú casi pareces capaz de seguir un tratamiento.
—No insultes a un lesionado. Es muy feo para tu marca.
Ahí estaba.
Una broma. Una venda. Una forma mínima de seguir respirando.
Me aparté de la puerta.
Antes de irme, miré su tobillo una vez más. Yanis chasqueó la lengua.
—Ojos arriba, Moreau. Si vas a preocuparte, al menos hazlo con educación.
Levanté la vista.
Esta vez no miré cámaras.
No miré testigos.
Lo miré a él.
Solo un segundo.
—No cargues —dije.
Su boca se suavizó apenas.
—Eso ya lo dijiste.
—No obedeciste.
—Soy constante.
—Eres imposible.
—Y aun así lees mis apoyos mejor que nadie.
No pude responder.
Así que salí al túnel, donde el ruido del estadio todavía temblaba detrás de las paredes, y entendí que había cuidado en público todo lo que me había atrevido.
Y no había sido suficiente.