17. Las voces
Mi madre hacía voces. La factura de la luz era un predicador sureño. El folleto de ofertas del supermercado, una mujer que acababa de conocer su primer aguacate. Cuando murió, pensé que había perdido el espectáculo. Resulta que el espectáculo se queda. Lo que se pierde es el público.
Lo llevó por el salón con las dos manos, como algo que le hubieran encargado entregar a un rey: un fajo de sobres sujeto con una goma, una factura del gas, tres catálogos, el folleto de una pizzería y un sobre color crema con el logotipo de cuidados paliativos en una esquina, en un azul sereno.
Dejó la pila entera sobre la manta, a los pies de la cama de su abuelo.
—Abuelo. Te ha llegado un montón.
—Mmm.
Frank no abrió los ojos. Llevaba durmiendo a ratos desde el desayuno, con ese sueño ligero que llega en mareas largas y poco profundas, la boca un poco abierta y el concentrador de oxígeno junto a la cama soltando sus breves resoplidos pacientes.
—Ponlo en la mesa.
—Ya está en la mesa.
—Entonces está donde tiene que estar.
Alex levantó la vista desde el sillón. Llevaba cuarenta minutos leyendo la misma página del mismo periódico.
Phil se había llevado a Jenna a la farmacia, al supermercado y al largo y lúgubre trámite del formulario de previsión de la funeraria, que habían acordado tratar como si fuera una cita con el dentista.
Lo habían dejado a cargo de una niña de siete años y de un moribundo, con instrucciones estrictas: Llama si le cambia la respiración.
Llama si pasa cualquier cosa. Llama si Mia dice que tiene hambre, porque te está mintiendo.
—Tío Alex.
Mia se había sentado en la alfombra con las piernas cruzadas y una factura en el regazo, y la examinaba con los ojos entornados, como un agente de aduanas.
—Esta dice Aviso final.
—Es la compañía eléctrica.
—¿Está enfadada?
—Siempre lo están. Es su forma de demostrar cariño.
Se quedó mirando el papel un instante más. Después alzó la vista hacia él con una expresión serena e imperturbable, la barbilla de su padre alzada y los ojos grandes de su madre, y dijo:
—Papá dice que la abuela hacía voces.
Él no se movió.
—Papá dice que leía el correo como un personaje de teatro. Dice que tú también sabes hacerlo. Dijo que era lo mejor del mundo y que no le dejaban decir por qué.
Le tendió la factura con las dos manos.
—¿Puedes hacer la factura de la luz?
* * *
Lo había hecho exactamente una vez en público.
Lo había hecho seis semanas antes en la sala trasera de Gleason's, delante de veinte personas y de una mujer con un cuaderno de dibujo, y le había salido con tanta fuerza que no supo que estaba llorando hasta que notó el sabor de las lágrimas.
No lo había vuelto a hacer desde entonces.
En aquella casa no lo hacía desde los catorce años.
Tenía las voces. Las tenía desde niño. Vivían en un lugar detrás del esternón, no eran suyas, y había aprendido a dejarlas en paz, como se deja en paz un cajón que uno sabe que estará lleno de la letra de otra persona.
—Estoy un poco oxidado —dijo.
—¿Qué es oxidado?
—Significa que hace tiempo que no lo hago.
—¿Por qué no?
Era una pregunta sencilla. No había malicia en ella. Se quedó ahí, en la alfombra, entre los dos.
—Porque me pone triste —dijo—. Y luego me pone contento. Y nunca sé cuál de las dos cosas va a llegar primero.
Mia se lo pensó.
—No pasa nada —dijo—. Es la compañía eléctrica. Puede esperar.
Se rio. Fue una risa corta. Por encima de la cabeza de Mia veía la cama, la manta azul, el pelo blanco, la mano derecha haciendo rodar su grano de arroz sobre la colcha.
Su padre no se había movido. Seguía con los ojos cerrados.
Pero su respiración, esa escalera larga y cuidadosa, se había detenido un segundo, como la de un hombre que escucha algo al otro lado de una pared.
Alex le cogió la factura. Se puso de pie.
Echó los hombros atrás, plantó los pies y no lo pensó, porque, si lo hubiera pensado, se habría detenido.
Levantó el sobre por encima de la cabeza con una mano, como quien levanta una Biblia, dejó caer la barbilla y deslizó la voz hacia el pecho y de ahí a las vocales de alguien nacido trescientos kilómetros al sur, en una iglesia con techo de hojalata.
—Hermanos y hermanas —dijo Alex.
Mia chilló.
—Hermanos y hermanas, hoy nos hemos reunido aquí a la vista del Señor y de la Three Rivers Electric Company para hablar del pecado del kilovatio.
Dio un paso, con el brazo extendido y la palma hacia arriba, como si tanteara la lluvia.
—Yo os pregunto: ¿quién de vosotros ha dejado una luz encendida en una habitación vacía? No seáis tímidos. El Señor ya lo sabe. El Señor tiene el contador.
—¡Para!
Estaba tumbada boca arriba en la alfombra, pataleando.
—¡Hazlo otra vez!
—Veo una mano. Veo una mano. Hermana Margaret, al fondo. ¿Pusiste la secadora para un solo calcetín? Todos lo hemos hecho, hermana Margaret, pero no todos hemos pagado sesenta y dos dólares por ello. ¿Amén? ¿Puedo oír un amén?
—¡Amén! —gritó Mia.
Y desde la cama, una voz fina y seca como una hoja dijo:
—Eso no está del todo bien.
* * *
Los dos se volvieron.
Su padre tenía los ojos abiertos. Había girado la cabeza sobre la almohada y los miraba con la expresión pálida, clara y perfectamente lúcida de un hombre al que han pillado con las manos en la masa. La comisura de la boca se le había alzado medio centímetro.
—La mano —dijo Frank—. Ella la hacía distinta.
Alex se quedó completamente quieto, con la factura de la luz aún en alto.
—Así.
La mano izquierda de su padre se alzó de la manta con gran esfuerzo, los dedos se cerraron sobre sí mismos y la palma giró despacio hasta quedar suspendida en el aire como una pequeña taza. Temblaba. Ya no era la misma mano de antes. Pero era aquella mano. Era exactamente aquella mano.
—La hacía baja. Y ponía la otra en la cadera. Como si te estuviera esperando.
—Papá...
—Y decía «el pecado del kilovatio». Tú tienes «el pecado del kilovatio». Ella nunca decía «Three Rivers Electric». Decía «La Compañía». La convertía en una persona.
—La Compañía —dijo Alex despacio.
—Con C mayúscula.
Bajó el sobre. Le temblaban las manos y no sabía cuándo había empezado.
Se puso la izquierda en la cadera. Giró la palma derecha hacia arriba y la sostuvo baja, ahuecada, como una pequeña taza; bajó la voz, le dio una cadencia plana y paciente, y dijo, con una voz que no era la suya ni la de un hombre y que era exactamente la voz de la cocina de una casa en lo alto de una colina en los años noventa:
—Hermanos y hermanas. La Compañía ha tenido mucha paciencia con nosotros. Pero la Compañía no es tonta.
Su padre se rio.
No fue el temblor seco y silencioso del día de Acción de Gracias.
La risa le salió como un sonido de verdad, un graznido bajo y desamparado, y luego otro, hasta que se la llevó la tos.
Alex ya cruzaba la habitación con el vaso, pero Frank lo apartó con un gesto de aquella mano, de aquella pequeña mano temblorosa ahuecada como una taza, y siguió riéndose con los ojos cerrados y las lágrimas corriéndole de lado hacia la almohada.
—Es ella —jadeó—. Dios mío. Es ella.
—Lo sé —dijo Alex.
—Lo hizo en el supermercado. Con el encargado. Le hizo lo de La Compañía a un hombre con un portapapeles y él le dio un cupón.
—Me acuerdo.
—Tú estabas en el carrito.
—Tenía seis años.
—Tenías una galleta. —Frank se secó la cara con el dorso de la muñeca. Sus ojos, húmedos y abiertos, dieron con su hijo—. Pensé que lo habías perdido. Cuando ella se fue. Pensé que se había ido con ella. Me alegro de haberme equivocado.
Jamás había dicho tantas palabras seguidas en su vida. Alex se quedó de pie con la factura de la luz en la mano, en mitad de la alfombra del salón, y no se le ocurrió una sola cosa que decir que no se estuviera diciendo ya.
—Abuelo —dijo Mia, incorporándose con solemnidad—. Esa ha sido la vez que más te has reído.
—¿Sí?
—Es la única vez que te has reído.
—Hm —dijo Frank—. Probablemente.
* * *
Después hicieron el folleto de ofertas del supermercado.
Era la voz del aguacate, aguda, desconcertada y alegre, la voz de una mujer que acaba de conocer una verdura y quiere que se entere todo el mundo.
Mia se lo quitó, frunció el ceño e intentó hacerla ella, pero no le salió.
Se equivocó cuatro veces. La hacía demasiado rápida y demasiado aguda.
Parecía un ratón que se hubiera tragado un silbato. Frank le dijo desde la cama:
—Más grave. Más despacio. Como si fuera un secreto.
Ella dijo que era un secreto que no conocía. Él dijo que de eso se trataba.
Al quinto intento, ocurrió algo. Dejó de intentar ser graciosa. Dijo, con una vocecita redonda:
—Ah. Qué verde es.
Y se le ablandó la cara de asombro, y se parecía tanto a una mujer que en una tienda se encuentra con un aguacate que Alex lo sintió en las rodillas.
—Eso es —dijo su padre.
—¿Eso es todo?
—Eso es todo. Ahora haz la factura del gas.
Hizo la factura del gas. Era un pirata. Nadie le había dicho que fuera un pirata, pero resultó que tenía un talento natural. Se plantó en la alfombra, con un puño en la cadera y una especie de júbilo malévolo en la cara redonda, y dijo:
—Arrr. Me debes cuarenta y un dólares, marinero.
Frank cerró los ojos.
—A Linda le habría encantado esta niña.
—¿Quién es Linda? —preguntó Mia.
—Tu abuela.
—Ah. —Miró la factura—. Parece simpática.
—Lo era.
—¿También puedo hacer su voz? La de verdad, no la de las facturas.
Frank tardó un momento en responder. En la habitación de al lado, el reloj del gallo hacía tic tac.
A través del ventanal, la luz de la tarde se extendía por el suelo en una larga franja pálida, con el polvo girando despacio dentro, y el reno de plástico del césped de la casa de enfrente seguía apagado en su jardín, esperando la noche.
—Esa no la puede hacer nadie —dijo—. Ni siquiera yo. Lo intenté una vez. No salía bien. La voz de verdad no se puede imitar. Solo la llevas contigo y, de vez en cuando, sale por boca de otra persona.
—Como un resfriado —dijo Mia.
—Como un resfriado.
—Vale. —Asintió, satisfecha, fue hasta la mochila del rincón y volvió con un cuaderno y un rotulador verde. Se sentó con las piernas cruzadas a los pies de la cama—. Voy a apuntarlas. Por si acaso.
—Buena idea.
Escribió. Escribió despacio, con la lengua entre los dientes, en mayúsculas grandes y cuidadosas que caían cuesta abajo: LA FACTURA DE LA LUZ ES UN PEDICADOR. LA FACTURA DEL GAS ES UN PIRATA. EL FOYETO DEL SUPERMERCADO ES UNA SEÑORA A LA QUE LE GUSTAN LOS AGUACATES.
Debajo, tras una pausa, escribió: ABUELA LINDA. (ERA BUENA.)
Alex se dio la vuelta. Se tapaba la boca con una mano.
Se quedó de pie junto al ventanal, en la larga franja de luz, mirando a la calle, a una furgoneta de Correos dos casas más abajo, a un hombre con un abrigo acolchado que bajaba a tirones un árbol de Navidad del techo de un coche con esa dignidad tiesa y gruñona de quien no tiene a nadie que le ayude, y dejó que aquello lo atravesara.
Siempre había creído que lo inútil eran las voces. Durante veinte años lo había creído. La única herencia, el único juego de llaves, y lo que abrían era una casa que ya no existía.
A su espalda, en la habitación, una niña de siete años le leía su propia letra en voz alta a un moribundo, con voz de pirata, y el moribundo le decía que se había olvidado de una R.
* * *
Phil volvió a las tres con seis bolsas de la compra, y Jenna detrás, con una fuente de guiso por delante como una ofrenda.
Se detuvo en el umbral. Miró el suelo, donde el correo estaba desparramado en abanico, y a su hija, que llevaba un rotulador verde detrás de la oreja, y a su hermano, que por lo visto había estado llorando y fingía leer el periódico del revés, y a su padre, que estaba despierto y parecía contento.
—¿Qué me he perdido? —dijo Phil.
—La Compañía ha tenido mucha paciencia con nosotros —dijo Frank.
—El abuelo ha hecho una voz —dijo Mia.
—No la he hecho.
—Has hecho la mano.
—He hecho una mano. —Cerró los ojos. Sonreía. El oxígeno resoplaba y resoplaba—. Las manos no son voces.
Phil dejó las bolsas muy despacio sobre la mesa. Miró a Alex por encima de la cabeza de su hija, y Alex vio la pregunta en su cara, sin formular: «¿Cuánto hace que no lo oyes reír?».
Alex levantó dos dedos y, al cabo de un momento, levantó un tercero y se encogió de hombros. «Dos veces. Quizá tres. En toda su vida.»
Phil apretó las mandíbulas. Se dio media vuelta y se puso a sacar una bolsa de guisantes congelados con enorme concentración.
Más tarde, cuando la luz se volvió dorada y luego gris, y Mia se quedó dormida con la cabeza apoyada a los pies de la cama y el cuaderno abierto sobre las rodillas, Alex se sentó con su padre en la penumbra. Frank tenía los ojos entornados. La mano estaba quieta.
—La Compañía —murmuró su padre.
—¿Qué?
—Hazlo otra vez. Solo una vez. Por mí. —No abrió los ojos—. Bajito. No despiertes a la niña.
Alex extendió la palma. La sostuvo baja, ahuecada como una taza pequeña. Encontró la voz, llana, paciente y cálida, y dijo, tan bajo que apenas fue un soplo de aliento:
—Hermanos y hermanas. La Compañía no es tonta. Pero la Compañía os quiere.
Su padre no respondió. Al cabo de un rato, su respiración se volvió larga y lenta. El oxígeno resoplaba. Bajo el cuaderno, sobre la manta, la mano pequeña de Mia descansaba abierta y, al lado, completamente quieta por primera vez en todo el día, la de su padre.