El gato que no podía estar en el cuadro Epílogo — El cuadro sin gato
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Epílogo — El cuadro sin gato

Seis semanas después, el Centro Cultural de Valleverde volvió a abrir sus puertas.

No con la gran retrospectiva que Bruno Castañal había anunciado en carteles, entrevistas y un discurso que ahora nadie quería recordar con demasiada precisión. Aquella exposición tendría que esperar. Había peritajes en marcha, documentos por revisar y una investigación que seguía su curso.

Pero Irene Casalduero se negó a dejar las salas cerradas.

La nueva muestra ocupaba solo la sala principal y tenía un título sencillo:

LO QUE VEMOS, LO QUE SABEMOS

No había discursos largos ni flores blancas junto a un atril. En las paredes se mostraban fotografías autorizadas del original de Marea baja en Valleverde , de la reproducción de Alda Sariego y de las imágenes de Marta Rodeles tomadas en 1990.

Una cartela explicaba, con palabras claras, que la obra auténtica había sido vendida años antes mediante una operación privada.

Que la copia se había encargado como reproducción de estudio.

Que fue presentada de forma engañosa como original.

Que una observación cotidiana había permitido descubrir la diferencia.

No mencionaba a Mercedes Alboray más de lo necesario.

No mencionaba a Migas en letras grandes.

Pero, debajo de la fotografía de la copia, había otra cartela más pequeña:

Detalle añadido por Alda Sariego a partir de una fotografía promocional del Café Aurora, fechada catorce meses antes de la exposición.

Pilar la leyó tres veces.

—Es escandalosamente sobria.

—Es una cartela —dijo Clara.

—Podría decir “gato extraordinariamente guapo”.

—No podría.

—Podría. No quiere.

El original se exhibía al final de la sala, bajo una luz más cálida que la de la inauguración fallida. Esteban Nocedal había aceptado prestarlo temporalmente, después de que el peritaje confirmara su autenticidad y de que su contrato de compra quedara incorporado a la investigación.

La cuerda enrollada seguía junto a la barca verde.

Nada naranja ocupaba su lugar.

Clara se detuvo frente al cuadro mientras los primeros visitantes entraban con una cautela nueva.

La gente hablaba menos que en la inauguración anterior.

Miraba más despacio. Algunos buscaban el punto exacto donde había aparecido Migas en la copia; otros comparaban las fotografías ampliadas sin comprender del todo cómo un detalle tan pequeño podía haber alterado una historia tan grande.

Irene se acercó a Clara.

No vestía como una comisaria en una noche de inauguración. Llevaba pantalones negros, una camisa blanca y un broche diminuto con forma de barca.

—¿Qué te parece? —preguntó.

Clara miró la pared donde se comparaban las dos esquinas del puerto.

—Parece más honesto.

Irene sonrió, aunque sus ojos se humedecieron un poco.

—Era la idea.

—¿Y Bruno?

—Está fuera, fingiendo que no está contando cuánta gente entra.

—¿Lo está contando?

—Por supuesto.

Clara miró hacia el vestíbulo. Bruno hablaba con dos profesores de instituto y asentía con gravedad profesional, pero llevaba una pequeña libreta en la mano. Cada vez que alguien cruzaba la puerta, hacía una marca rápida con el bolígrafo.

—Al menos ha aprendido algo —dijo Clara.

Irene siguió su mirada.

—Todos hemos aprendido algo.

Alda Sariego estaba junto a una vitrina donde se mostraban fotografías de proceso, pinceles y una breve explicación sobre qué era una reproducción de estudio. Dos estudiantes le hacían preguntas. Alda respondía con calma, sin ocultar que aquel trabajo había sido suyo.

Ya no parecía alguien que quisiera desaparecer.

Cuando vio a Clara, se acercó.

—He añadido una nota —dijo.

—¿Cuál?

Alda señaló la vitrina. Al final del texto, bajo una fotografía del lienzo antes de ser enmarcado, podía leerse:

Una copia puede tener valor si no necesita mentir sobre lo que es.

Clara lo leyó una vez.

—Es bueno.

—Mi abogada ha dicho que no convierta la exposición en una declaración judicial.

—Tu abogada parece sensata.

—Lo es. Por eso no ha venido.

Pilar apareció junto a ellas con tres vasos de papel.

—Traigo café. Irene, no pongas esa cara: hoy tenemos autorización para servirlo aquí.

Irene aceptó el vaso.

—¿Habéis traído algo nuevo?

—Sí. —Pilar señaló un pequeño cartel junto a la bandeja—. El gato imposible.

Clara cerró los ojos.

—Te dije que no.

—La gente lo pidió.

—Porque tú se lo sugeriste.

—No directamente. Solo comenté que el café normal no llevaba espuma de canela ni una galleta con forma de oreja mellada.

Alda miró el cartel.

—¿La galleta tiene una oreja mellada?

—Todas. Es importante mantener el rigor histórico.

Irene se echó a reír.

Por un instante, Clara pudo imaginar que aquella sala no había sido nunca escenario de nada desagradable. Que siempre había contenido únicamente cuadros, visitantes y tazas demasiado pequeñas. Pero no sintió la tentación de preferir esa versión.

El original de Miralba estaba allí porque la mentira había quedado al descubierto.

Y la copia de Alda no estaba escondida ni avergonzada. Formaba parte de la historia, con su gato imposible en una esquina.

Al salir del Centro Cultural, Clara y Pilar encontraron a Ramiro Gil sentado en una mesa de la terraza del Café Aurora.

Llevaba una carpeta de plástico transparente, una calculadora diminuta y una expresión de concentración tan seria que Clara sospechó que estaba preparando alguna clase de broma administrativa.

—Buenas tardes —dijo Clara.

Ramiro levantó una hoja.

—Necesito una firma.

Pilar miró el documento.

—No.

—Ni siquiera sabes qué es.

—Te conozco.

Ramiro dejó la hoja sobre la mesa.

Era una factura.

En la parte superior figuraba:

SERVICIOS DE IDENTIFICACIÓN ICONOGRÁFICA PRESTADOS POR MIGAS Reconocimiento de sujeto, aportación de prueba visual y disponibilidad felina general.

Clara leyó el importe.

—¿Tres latas de atún al mes durante un año?

—Es una tarifa muy moderada.

—Es un chantaje.

—Es una liquidación razonable de honorarios.

Doña Amparo, que ocupaba su mesa habitual junto a la ventana, se inclinó para mirar la factura.

—No incluye derechos de imagen.

Ramiro la observó con cautela.

—No.

—Entonces está mal hecha.

—Doña Amparo, el beneficiario es un gato.

—Precisamente. Los gatos no trabajan gratis.

Pilar tomó la factura.

—Yo añadiría una cláusula sobre descansos obligatorios al sol.

—Ya los disfruta —dijo Clara.

—Eso no significa que estén regulados.

Migas, como si hubiera oído que se hablaba de él, salió del interior del café y se dirigió hacia la terraza. Caminó entre las mesas con la serenidad de alguien que había aceptado tardíamente su condición de figura pública.

Ramiro le mostró la factura.

—Necesito tu aprobación.

Migas olfateó el papel, se sentó sobre él y comenzó a lavarse una pata.

—Queda firmado —dictaminó Ramiro.

—No queda firmado —dijo Clara.

—Tiene una huella.

—Tiene baba.

—La burocracia admite muchos formatos.

Pilar entró para preparar dos cafés más. Doña Amparo siguió discutiendo con Ramiro sobre el precio justo de una lata de atún. Clara se sentó junto a la ventana, donde Migas había dejado la factura arrugada bajo una pata.

Sobre la pared del Café Aurora colgaba una reproducción impresa del original de Marea baja en Valleverde . Irene se la había regalado esa mañana, con una dedicatoria breve en el reverso.

No había ningún gato en el cuadro.

Migas lo miró una vez.

Después giró sobre sí mismo, se acomodó sobre el alféizar y se quedó dormido.

—No le gusta —dijo Pilar desde la barra.

—No sabe que es un cuadro.

Doña Amparo levantó la vista de su café.

—Eso lo convierte en la persona más sensata de toda la exposición.