28 Terapia de espejo y ascensores indiscretos #2
—¡Voy a dominar esa maldita evaluación! —repitió, esta vez con fuerza, medio riendo, medio gritando contra la música de los Stones que sonaba de fondo.
—Así me gusta. —Deslicé mis manos por su abdomen, atrayéndola hacia atrás hasta que su espalda chocó contra mi pecho. Enterré el rostro en el hueco de su cuello y aspiré su olor. Champú de vainilla, sueño acumulado y piel caliente—. Esa es la mujer que vuelve loco a medio Madrid.
Laura dejó caer la cabeza hacia atrás, apoyándola en mi clavícula, y soltó un suspiro tembloroso que no tenía nada que ver con la universidad.
—Me estás distrayendo, Diarra —murmuró, su voz bajando una octava completa.
—Es mi trabajo —respondí, rozando con los labios la base de su garganta. Dejé un beso húmedo justo sobre su pulso acelerado—. Aliviar la tensión pre-partido.
Giré su cuerpo entre mis brazos. Ella no opuso resistencia; al contrario, levantó las manos y las enredó en el cuello de mi camiseta de entrenamiento. Sus ojos marrones, libres ya del terror al fracaso, me miraban con un hambre que me hizo apretar la mandíbula.
La levanté por la cintura sin ningún esfuerzo y la senté sobre la fría encimera de mármol del lavabo. Laura soltó un pequeño grito ahogado por el contraste de temperatura en sus muslos desnudos, pero inmediatamente enroscó las piernas alrededor de mi cadera, atrayéndome hacia ella.
—Tenemos prisa —jadeó, cuando mi boca chocó contra la suya en un beso profundo y desesperado, un choque de dientes y lenguas que borraba cualquier rastro de ansiedad matutina.
—Tengo media hora antes de que Lobo me multe por llegar tarde al entrenamiento —gruñí contra sus labios, deslizando las manos bajo la camiseta para encontrar la piel suave y ardiente de su espalda—. Y a ti te sobra tiempo para tu reunión.
—El pelo... el maquillaje...
—Estás perfecta.
La impaciencia se apoderó de nosotros con la urgencia de una rutina doméstica que ya sentíamos como propia, aunque ninguno lo hubiera firmado en papel.
No era el sexo furtivo en un desvío de carretera, ni la urgencia de un bar deportivo.
Era la necesidad absoluta de conectar, de reafirmar que estábamos aquí, el uno para el otro, antes de salir a enfrentarnos al mundo.
La ropa desapareció con la eficacia de dos personas que ya conocen las cremalleras y los botones del otro. El mármol del baño, el vaho que empezaba a generarse por nuestra respiración agitada, los acordes de guitarra eléctrica de fondo; todo se mezcló en un borrón sensorial.
Cuando entré en ella, Laura ahogó un gemido mordiéndose el labio inferior, sus uñas clavándose en mis hombros, anclándose a mí como si yo fuera la única cosa sólida en su universo.
Me moví con fuerza, pero con un ritmo constante y profundo que buscaba arrasar cualquier pensamiento de inseguridad que le quedara en la cabeza.
Quería que se sintiera invencible. Quería que supiera que, pasara lo que pasara en ese despacho, aquí tenía un refugio que no la iba a juzgar nunca.
La miré al rostro. Tenía los ojos cerrados, la respiración entrecortada y las mejillas arreboladas. Era jodidamente preciosa. Y era mía. O, al menos, yo era suyo.
El ritmo se aceleró, la urgencia física superando las intenciones de ir despacio. Laura soltó una serie de suspiros rotos, su agarre en mi espalda volviéndose frenético.
—Max... Max... —susurró, abriendo los ojos. Estaban oscuros, líquidos, enfocados enteramente en mí.
—Estoy aquí, bébé —le respondí, acelerando el paso, sintiendo que mi propio control se deshilachaba.
El orgasmo la golpeó con la fuerza de un rayo.
Su cuerpo se tensó contra el mío, contrayéndose a mi alrededor mientras un grito mudo escapaba de sus labios.
La intensidad de su liberación me empujó sobre el precipicio.
Hundí el rostro en su cuello, cerré los ojos y me dejé ir, maldiciendo en francés mientras el placer me atravesaba de pies a cabeza.
Nos quedamos así durante largos minutos, abrazados frente al espejo empañado, nuestras respiraciones acompasándose lentamente.
Yo acariciaba su espalda desnuda, reacio a separarme.
Si fuera por mí, habría llamado a las instalaciones del Real Hispania para decir que me había roto un tobillo, solo para quedarme todo el día en este baño con ella.
Pero la realidad tenía la mala costumbre de interrumpir.
El móvil de Laura, tirado en algún lugar del salón, empezó a sonar con una alarma estridente.
Ella se separó de mí, con los ojos muy abiertos, la realidad académica golpeándola de nuevo.
—¡Mierda, la hora! —exclamó, bajándose de un salto de la encimera y casi tropezando con sus propios pies—. ¡Llegamos tardísimo!
El caos estalló en el apartamento de Chamartín.
Nos vestimos en un récord de tiempo que habría impresionado a los mecánicos de la Fórmula 1.
Me enfundé el chándal oficial del club, comprobando que llevaba las botas y las espinilleras en la mochila.
Laura se puso unos vaqueros ajustados, una blusa blanca impecable y se recogió el pelo húmedo en un moño desenfadado que la hacía parecer ridículamente profesional e increíblemente sexy a la vez.
—¡El café! —gritó desde la puerta, calzándose unos botines mientras mantenía el equilibrio sobre un pie.
—¡Llevo un termo lleno! —respondí, agarrando las llaves del coche, mi mochila y el termo, y corriendo hacia ella.
Salimos al rellano y cerré la puerta de un portazo. Llamé al ascensor, golpeando el botón varias veces, presa de esa urgencia histérica y divertida que solo se tiene cuando llegas tarde con la persona con la que te acabas de acostar.
Las puertas de acero inoxidable se abrieron y entramos a trompicones. Marqué la planta del garaje subterráneo.
En cuanto las puertas se cerraron, aislándonos en la lujosa caja de madera y espejos del edificio, la quietud nos envolvió de nuevo. Laura se apoyó contra la pared del ascensor, abrazando sus carpetas contra el pecho, y dejó escapar un suspiro de agotamiento preventivo.
Me acerqué a ella, apoyando una mano en la pared, a la altura de su cabeza, acorralándola suavemente.
—Oye —dije, bajando la voz—. Lo vas a hacer increíble. Y cuando salgas de ahí con esa evaluación aprobada, te voy a llevar a cenar al sitio más caro de Madrid para celebrarlo.
Ella me miró, con una mezcla de exasperación y ternura derritiéndole los ojos.
—Eres insoportable, Diarra.
—Y tú estás loca por mí, Martín Soler.
No la dejé replicar. Me incliné y capturé sus labios en un beso suave, sin la urgencia del baño, solo un beso cálido y afirmativo.
Ella soltó un pequeño sonido de protesta que se transformó inmediatamente en un suspiro, deslizando una mano por la nuca de mi chándal, acercándome más.
Me dejé envolver por el contacto, olvidando por un segundo que el ascensor estaba en movimiento.
El característico sonido electrónico de campanilla resonó en la cabina.
Ding.
El ascensor no se detuvo en el garaje. Se detuvo en la planta cero, en el imponente vestíbulo principal de mármol del edificio de Chamartín.
Las puertas se deslizaron y se abrieron de par en par.
Y allí, de pie en el centro del vestíbulo, con dos cafés para llevar en las manos y esperando tranquilamente a subir, estaban Alba Martín Soler y Toni Müller.
El tiempo pareció congelarse.
Me separé de Laura a la velocidad de la luz, dando un paso atrás tan brusco que mi mochila golpeó el espejo del ascensor con un golpe sordo. Laura se quedó petrificada, con los labios ligeramente hinchados, una mano a medio camino de mi cuello y los ojos abiertos como platos.
Alba abrió la boca, y luego la volvió a cerrar. Llevaba ropa deportiva, seguramente de camino a su propio entrenamiento o volviendo de uno. La bolsa de cruasanes que colgaba de su muñeca se balanceó ligeramente en el silencio sepulcral.
—¡Laura! —exclamó Alba finalmente, con una mezcla de shock absoluto, hilaridad y triunfo puro bailando en sus ojos oscuros—. Yo... vaya. Buenos días.
Laura se puso del color de los extintores de incendios del pasillo. Abrazó sus carpetas con más fuerza, como si fueran un chaleco antibalas.
—Alba. Toni. Hola —balbuceó mi chica, la voz subiendo a un registro agudo de culpabilidad no disimulada—. Qué... qué casualidad. No sabía que veníais...
Toni Müller no dijo una palabra.
El mediocentro organizador del Real Hispania, el cerebro calculador y gélido del equipo, llevaba unos vaqueros oscuros y un jersey de cuello vuelto gris que lo hacía parecer aún más intimidante.
Sus ojos azules, habitualmente inescrutables, estaban fijos en mí.
No había sorpresa en su rostro. Solo una evaluación fría y táctica, la misma mirada que usaba antes de dar un pase filtrado de cuarenta metros en el Coliseo Blanco.
Yo tragué saliva. Mierda. Toni y yo éramos compañeros, amigos de vestuario. Le respetaba profundamente. Pero esto no era el vestuario. Esta era su cuñada, la hermana pequeña de su mujer. Y yo conocía las reglas de protección familiar tan bien como él.
Toni le pasó los cafés a Alba sin apartar la mirada de mí.
—Alba, Liebling , espérame un momento fuera, por favor —dijo Toni, con un tono bajo, educado, pero que no admitía réplica.
Alba miró a Toni, luego me miró a mí, y finalmente a su hermana. Su sonrisa se suavizó, adoptando un matiz comprensivo. —Te llamo luego, Lau. Suerte con Tejada.
Alba salió del vestíbulo hacia la calle, dejándonos a los tres en una tensión que se podía cortar con bisturí.
Toni dio un paso hacia el interior del ascensor. Laura se tensó, abriendo la boca para defenderme, su instinto de protección saltando por encima de su vergüenza.
—Toni, escucha, esto no es... —empezó Laura.
Pero yo levanté una mano, interrumpiéndola suavemente. —Tranquila, Laura. Yo me encargo.
Me coloqué entre ella y Toni, asumiendo mi posición. Toni me sacaba un par de centímetros, pero en términos de peso y envergadura estábamos igualados. Nos miramos fijamente, dos jugadores del Real Hispania, fuera de nuestro territorio, en terreno personal.
—Diarra —empezó Toni, su acento alemán volviendo las consonantes más duras.
Su tono era contenido, sin ninguna agresividad machista ni paternalista, pero cargado de una advertencia letal—.
Tú conoces el vestuario. Conoces la fama.
Sabes cómo funciona la prensa y sabes el ruido que te rodea.
No me meto en lo que haces en tus noches libres.
Hizo una pausa, asegurándose de que yo entendía la magnitud de la siguiente frase.
—Pero Laura no es una de tus noches libres.
Es la hermana de mi mujer. Es familia. Con ella no se juega, Maxime.
Si esto es una distracción para ti, termínalo ahora mismo.
Porque si le haces daño a ella, destruyes a Alba.
Y si destruyes la paz de mi casa... tendremos un problema muy serio que no se va a solucionar en el campo de entrenamiento.
El silencio volvió a adueñarse del ascensor. Podía escuchar la respiración acelerada de Laura detrás de mí.
Cualquier otro jugador de mi edad, con mi ego, habría saltado a la defensiva.
Habría fanfarroneado o le habría dicho a Müller que se metiera en sus asuntos.
Pero yo no era un niñato con la Cruz de Borgoña recién planchada.
Yo entendía la lealtad. Si alguien tocara a Élodie, yo le habría roto las piernas.
El discurso de Toni no era control; era amor por Alba, y por extensión, protección hacia Laura.
Lo respeté enormemente por ello.
Miré a Toni directamente a los ojos, abandonando cualquier rastro de la sonrisa ladeada del 'Heartbreaker' Diarra. Mi voz sonó grave y absolutamente solemne.
—Lo sé, Müller —respondí, sin vacilar un segundo—. Sé perfectamente quién es. Conozco el riesgo, conozco el ruido y conozco mi propio pasado. Y te juro, por mi vida, que con ella no se juega.
Mantuve el contacto visual, dejando que viera la absoluta verdad en mis palabras. Dejando que viera lo que no me había atrevido a decirle a Laura esta misma mañana en la cama.
—Es familia para ti, Toni —añadí, mi voz bajando a un susurro duro—. Pero tienes que entender que... ella es la mía también.
A mi espalda, escuché el pequeño sonido ahogado que hizo Laura al aspirar aire de golpe.
Toni Müller me evaluó durante tres largos segundos. Buscó cualquier resquicio de mentira, cualquier vacilación en mi postura. No encontró nada, porque no lo había.
Finalmente, la tensión abandonó la mandíbula del alemán. Asintió, un gesto seco y definitivo de respeto mutuo.
—Bien —dijo Toni, dándose la vuelta para salir del ascensor—. No llegues tarde al entrenamiento de Lobo, Diarra.
—Nos vemos en Valeriano, Müller.
Toni salió del vestíbulo sin mirar atrás.
Me quedé mirando las puertas del ascensor cerrarse de nuevo, con el corazón latiéndome con fuerza contra las costillas. Había sido el intercambio más honesto y brutal que había tenido en años. Y lo había hecho delante de ella.
Me giré lentamente hacia Laura. Estaba apoyada contra la pared del espejo, con las carpetas resbalando ligeramente de sus manos, mirándome como si acabara de crecer una segunda cabeza. Su expresión era una mezcla de terror, asombro y una vulnerabilidad desnuda que me partió el alma.
—¿Maxime...? —susurró, su voz apenas un hilo—. ¿Qué... qué le acabas de decir?
Le di al botón de la planta del garaje. El ascensor empezó a descender.
Me acerqué a ella, despacio, sin invadir su espacio, y le acaricié suavemente la mejilla con el dorso de los nudillos.
—Le he dicho la verdad, Laura. —Le sonreí, una sonrisa pequeña y cargada de todo el amor que estaba intentando no asustar—. Ahora respira. Tienes un examen que aprobar.