28 Terapia de espejo y ascensores indiscretos
El sol de Madrid tiene una forma muy particular de filtrarse a través de los ventanales de Chamartín a primera hora de la mañana. No es un sol perezoso ni tímido; es afilado, dorado, y corta el aire del apartamento como una cuchilla cálida.
Y, sin embargo, aquella mañana de jueves, el sol era lo menos deslumbrante que había en mi habitación.
Estaba tumbado de lado, con el brazo izquierdo metido bajo la almohada y la respiración contenida, observando a Laura dormir.
Su pelo, habitualmente una cascada rubia indomable, estaba esparcido por mi sábana azul marino en un desorden absoluto.
Tenía los labios ligeramente separados, una mano aferrada al edredón como si fuera un salvavidas, y el ceño fruncido incluso en sueños.
Se había quedado dormida a las dos de la madrugada, sepultada bajo una montaña de apuntes de farmacología, tarjetas de memoria y esquemas del sistema cardiovascular que ahora adornaban mi alfombra.
El pecho se me contrajo con una fuerza que me dejó sin aire.
Je t’aime .
Las palabras cruzaron mi mente con la violencia de un disparo a puerta. No era un pensamiento vago ni una posibilidad distante. Era un hecho. Una certeza absoluta, pesada y aterradora que se me había instalado en las costillas. Estaba enamorado de Laura Martín Soler.
Cerré los ojos un segundo, sintiendo el latido desbocado en mis sienes.
Durante cinco años, desde la humillación pública y privada que había supuesto Manon, había convertido mi vida en una fiesta perpetua y mi corazón en una fortaleza blindada por el sarcasmo.
Había sido el payaso del vestuario del Real Hispania, el soltero intocable de la noche madrileña, el tipo que jamás se quedaba a desayunar.
Y ahora, lo único que quería hacer el resto de mi vida era ver a esta mujer babeando ligeramente mi almohada cara.
Quería despertarla, apartarle el pelo de la cara y decírselo. Quería gritarlo.
Pero no lo hice.
Conocía a Laura. Sabía que su cerebro analítico, defensivo y perpetuamente alerta entraría en pánico.
Pensaría que era un impulso, una reacción química, simple dopamina generada por el sexo espectacular que estábamos teniendo.
Si soltaba la palabra con "A" ahora mismo, ella probablemente haría las maletas, huiría a su residencia en Ciudad Universitaria y se convencería de que yo era otra distracción que iba a arruinar su carrera.
El deseo debía avanzar antes que la confianza, pero la confianza era lo único que iba a mantenerla a mi lado.
Así que me tragué el te quiero , me deslicé fuera de la cama con el sigilo de un ladrón de guante blanco y me puse los pantalones de chándal de entrenamiento del equipo.
La tela blanca con el escudo del Real Hispania y la pequeña Cruz de Borgoña me recordaron que en dos horas debía estar en la Ciudad Deportiva Valeriano.
Caminé hacia la cocina de diseño que, hasta hacía un par de semanas, me había parecido inmensa y estéril.
Ahora, había una taza con el logo de un hospital público en el escurridor, un paquete de galletas integrales a medio abrir en la encimera y un bolígrafo rosa mordisqueado junto a la cafetera.
Mi apartamento ya no era una revista de decoración; estaba empezando a ser un hogar.
Puse en marcha la cafetera italiana y conecté el altavoz inteligente a un volumen bajo.
—Pon The Rolling Stones —murmuré.
Los primeros acordes de Start Me Up empezaron a vibrar suavemente por el salón justo cuando escuché un gemido agónico proveniente del pasillo.
Laura apareció arrastrando los pies. Llevaba puesta una de mis camisetas grises de algodón, que le caía a medio muslo, y tenía los ojos desorbitados por el pánico puro y duro. Llevaba un taco de tarjetas de estudio en la mano derecha.
—Voy a suspender —fue su saludo de buenos días—. No, peor. Voy a llegar, Carolina Tejada me va a mirar por encima de esas gafas de carey que usa para juzgar almas, va a ver mi expediente de dudas y me va a decir que me dedique a la jardinería.
Me apoyé contra la isla de mármol de la cocina y le sonreí, sintiendo esa estúpida devoción expandiéndose por mi pecho.
— Bonjour a ti también, preciosa. Hueles a pánico académico.
—El pánico huele mejor que yo ahora mismo, Maxime.
—Dejó caer las tarjetas sobre el mármol con un golpe sordo y se frotó la cara con ambas manos—.
No me sé los protocolos de triaje avanzado.
Los he mezclado con la posología de la heparina.
Soy un peligro público. Deberían arrestarme antes de que pise un hospital.
—Te sabes los protocolos, Laura. Te pasé la lección anoche a la una de la mañana y respondiste como un general del ejército.
—¡Eso era anoche! Anoche tenía... tenía dopamina y reservas de glucosa. Ahora solo tengo terror. Si la profesora Tejada no me valida hoy para las prácticas intensivas, pierdo el bloque. Si pierdo el bloque, pierdo la beca. Si pierdo la beca...
—Si pierdes la beca, yo pago la matrícula —dije, casi sin pensar.
Laura se quedó congelada. Bajó las manos de su rostro y me clavó una mirada que habría acobardado a un defensa central del Atlético Metropolitano. El aire de la cocina bajó diez grados de golpe.
—Ni. Se. Te. Ocurra. —Cada palabra fue un bloque de hielo—. Maxime Diarra, te juro por Dios que si intentas resolver mi vida con tu chequera de futbolista, cojo la puerta y no me vuelves a ver el pelo. No soy una de tus fundaciones benéficas.
Levanté las manos en señal de rendición inmediata. Sabía que había cruzado una línea roja. La independencia de Laura, su necesidad de sostenerse por sí misma tras sentir que había fracasado en tantas otras cosas, era sagrada.
—Lo retiro. Tienes toda la razón. Ha sido un comentario de idiota hiperprotector —dije, manteniendo la voz baja y sincera—. Fue un reflejo, perdóname. Tú te vas a ganar ese puesto porque eres la persona más competente, brillante y testaruda que conozco.
Ella dejó escapar un suspiro tembloroso, la tensión abandonando sus hombros.
—Lo siento —murmuró, desviando la mirada hacia la cafetera que empezaba a burbujear—. No quería morderte. Es que... estoy aterrada, Max. Siento que todo el mundo está esperando a que me tropiece. Que mi madre, Nerea, todos... me miran y ven a la chica que nunca termina lo que empieza.
Dejé la cafetera a un lado, me acerqué a ella y la agarré por la mano libre, tirando suavemente.
—Ven conmigo.
—¿Qué? Max, no tengo tiempo para tus locuras, me tengo que duchar, vestirme, repasar los efectos secundarios de los beta-bloqueantes...
—Ven. Conmigo. —No se lo pedí como una sugerencia.
La arrastré por el pasillo hasta el enorme cuarto de baño principal.
Las baldosas de pizarra negra estaban frías bajo mis pies descalzos.
La empujé suavemente hasta que quedó plantada frente al inmenso espejo que cubría toda la pared sobre el lavabo de doble seno.
Me coloqué detrás de ella, poniendo mis manos firmemente sobre sus hombros desnudos, justo donde el cuello de mi camiseta le caía suelto.
—Mírate —ordené.
Laura bufó, apartando la mirada. —Veo a un zombi con ojeras que lleva la ropa de un deportista de élite. Parezco una grupi que se ha perdido en tu casa.
—No seas cínica, Laura. Eso es un mecanismo de defensa y hoy no lo voy a permitir. Mírate a los ojos.
La fuerza de mi tono hizo que, a regañadientes, levantara la vista y cruzara su mirada con la mía a través del reflejo. Yo era una pared oscura e inmensa detrás de ella, pero toda mi atención estaba clavada en su rostro pálido y tenso.
—¿Sabes qué veo yo? —susurré, inclinándome hasta que mi boca rozó su oreja—.
Veo a una mujer que lleva meses durmiendo cuatro horas diarias para estudiar anatomía.
Alguien que se enfrentó a una crisis de preeclampsia real, en un maldito pasillo, y salvó a mi hermana y a mi sobrina mientras el resto de mi familia entraba en pánico.
Vi cómo su garganta trabajaba al tragar saliva. Sus ojos, en el espejo, empezaron a brillar.
—Eso fue suerte... —intentó excusarse.
—No. Fue competencia. Fue instinto clínico. Eres una enfermera, Laura. Ya lo eres. La reunión de hoy con Carolina Tejada solo es un trámite burocrático para confirmarlo.
Mientras hablaba, desde el salón, la lista de reproducción saltó a una canción diferente. Los acordes eléctricos y arrogantes de Mick Jagger llenaron el apartamento, rebotando contra los azulejos del baño.
—Escucha —dije, apretando ligeramente sus hombros—.
Si nosotros podemos salir al césped del Coliseo Blanco, con ochenta mil personas gritándonos, exigiendo sangre bajo la presión de la Exigencia de los Reyes, con las cámaras enfocándonos la cara para ver si nos rompemos.
.. y aun así damos el pase perfecto, tú puedes sentarte frente a una maldita profesora en un despacho de Madrid.
Tú tienes más ovarios que todo mi vestuario junto.
Una pequeña sonrisa, frágil e involuntaria, rompió la línea tensa de sus labios.
—Eres un exagerado, Diarra.
—Repite conmigo —le exigí, sin devolverle la sonrisa, absolutamente serio—. Voy a entrar en ese despacho y voy a dominar esa evaluación.
Ella cerró los ojos y negó con la cabeza, riendo por lo bajo. —No voy a hacer afirmaciones de autoayuda barata frente a un espejo, Maxime. Parecemos un anuncio de cereales.
—Repítelo —gruñí, bajando las manos desde sus hombros hasta su cintura, trazando la curva de sus caderas a través del algodón de la camiseta—. Dilo, Laura. O te juro que te subo a los hombros y te llevo hasta la universidad así vestida.
Ella abrió los ojos, su mirada chocando con la mía en el cristal. El miedo había sido reemplazado por una chispa de desafío. Y algo más. El calor comenzó a subir a sus mejillas.
—Voy a entrar en ese despacho... y voy a dominar la evaluación.
—Convicción, Laura. Dilo como si acabaras de marcarle al FC Condal en el minuto noventa.