El fin de la inocencia (Serie Votos oscuros nº 3) Capítulo 30 Enterrado vivo #2
70%

Capítulo 30 Enterrado vivo #2

Llevaba la compostura serena de una mujer que había llorado lo bastante para saber que, en ciertas mañanas, el único amor que queda por dar es el orden.

Su vestido oscuro era impecable. Sus ojos, sin embargo, delataban una noche en vela y una vigilancia dividida entre su hijo herido, la casa revuelta, el nieto de corazón frágil y el niño desconocido ahora refugiado bajo su techo.

Miró a John, vestido y de pie, luego a Isla junto a él, y la tensión que colmaba la habitación.

No pareció sorprendida.

—El magistrado ya ha llegado a la entrada —dijo—. Se está limpiando las botas como quien piensa quedarse el tiempo suficiente para ensuciar el alma de otro.

A Isla se le cortó el aliento un instante ante el comentario. John esbozó una media sonrisa cansada.

Agnes se acercó a su hijo y, por un momento, dejó la mano posada ligeramente sobre el hombro de él, con la breve intimidad de una madre que sabe que demasiada ternura puede humillar más de lo que ayuda.

—Tu padre bajó a recibirlo en el vestíbulo y a hacerlo esperar tres minutos. Ni un segundo menos, para que no pareciera sumisión, y no demasiados, para que no pareciera miedo.

—Siempre he admirado el talento de la familia para la etiqueta teatral —murmuró John.

—Lo aprendiste mejor de lo que te gusta admitir.

Entonces dirigió la mirada hacia Isla, no con curiosidad, sino con una especie de claridad afectuosa.

—Leopold está conmigo —dijo—. Y Edward accedió a comer algo, lo cual ya es una victoria para la civilización. No traeré a ninguno de los dos a la sala a menos que sea absolutamente necesario.

Isla soltó el aire que, sin darse cuenta, había estado conteniendo.

—Gracias.

Agnes se limitó a asentir.

Pero en ese gesto había más que simple amabilidad. Era la aceptación silenciosa de una alianza femenina aún sin nombre, pero que ya funcionaba como si siempre hubiera existido.

John dio el primer paso hacia la puerta, pero Agnes fue más rápida.

De junto a la pared tomó un bastón de madera oscura con un pomo liso y se lo entregó a su hijo sin ceremonia.

—Si vas a bajar a enfrentarte a la ley, al menos no finjas que tu cuerpo no está aquí —dijo.

Por un segundo, John pareció dispuesto a rechazar incluso eso. Luego cerró la mano en torno al bastón.

No como si aceptara apoyo.

Como si eligiera la forma menos humillante de mantenerse en pie.

El dolor volvió a castigarlo, aunque con menos violencia que antes; quizás porque ahora iba armado de lo que más lo sostenía: determinación.

Isla caminó a su lado.

Descendieron juntos.

El bastón golpeaba los escalones con discreción: lo justo para evitar la apariencia de debilidad, lo bastante firme para no dar un espectáculo.

Cada paso seguía cobrándose su tributo en las costillas, en la herida de la cabeza, en la noche sin dormir.

John no se permitió más que el inevitable apretar de mandíbula y una pausa ligeramente más larga entre escalones.

Isla lo notaba todo. No lo sostuvo —eso lo habría ofendido—.

Simplemente se mantuvo lo bastante cerca para que él supiera, sin mirar, que caer ya no era una opción solitaria.

La sala más pequeña estaba preparada, tal como Thomas había prometido.

Fuego encendido.

Cortinas a medio correr contra la mañana blanca.

Una mesa auxiliar con licor, agua y ese tipo de sobriedad discreta que las casas antiguas emplean cuando deciden si recibir a un aliado o a un enemigo civilizado.

El magistrado estaba de pie junto a la chimenea cuando entraron.

Un hombre de unos cincuenta años, delgado sin parecer débil, con patillas meticulosamente recortadas y el rostro de alguien que había pasado toda una vida escuchando mentiras con la cortesía suficiente para que los mentirosos se delataran solos.

Ninguna brutalidad visible. Quizás eso era lo que lo hacía más peligroso.

Los hombres brutales anuncian sus intenciones.

Hombres como este simplemente toman nota.

Thomas permanecía un poco más atrás, lo suficiente para no entrometerse en la entrevista; lo suficiente también para recordarle al visitante que John Scott no había aparecido de la nada, que su nombre tenía raíces, testigos y muros.

—Señor Scott —dijo el magistrado, inclinándose apenas lo justo—. Señorita.

No pasó por alto su presencia.

Tampoco John.

—Magistrado —respondió John—. Disculpe que no lo reciba en el salón principal. Tuve una noche algo menos tranquila de lo que habría deseado.

La mirada del hombre se detuvo, sin vulgaridad, en el vendaje bajo el cabello oscuro de John, la rigidez casi imperceptible en torno a las costillas, el bastón y el agotamiento que John convertía a la fuerza en disciplina.

—Algo de eso me llegó.

John señaló el sillón junto a la chimenea y tomó para sí la silla de respaldo alto, apoyando el bastón contra el brazo de madera como si incluso eso le perteneciera por derecho. Isla se quedó a su lado, ligeramente detrás del reposabrazos. Ni oculta ni ornamental.

Presencia.

El magistrado tomó asiento.

Thomas no se retiró del todo. Permaneció junto a la ventana, en una posición lo bastante discreta para no interrumpir, lo bastante visible para recordarles a todos que aquella casa no entregaría a su herido a un interrogatorio demasiado íntimo.

—Imagino que ha venido por el incendio —dijo John.

—Entre otros asuntos.

—Siempre reconforta oír eso de un hombre de la ley.

Si el magistrado captó la ironía, no dio señales de ello.

—Un incendio en el límite de la propiedad de los Scott. Dos hombres muertos, aparentemente vinculados a un intento violento de captura. Una mujer muerta, conocida en sociedad como la condesa Alma Cavendish, hallada en las mismas circunstancias. Y en el centro de todo ello, mi señor, usted.

La sala pareció encogerse ligeramente.

Isla mantuvo los dedos apretados, negándose a buscar la mano de John delante de aquel hombre.

—Continúe —dijo John.

—Hablaré con franqueza, si me lo permite.

—La franqueza suele ahorrar tiempo.

El magistrado inclinó levemente la cabeza.

—Hace quince años, lo condenaron por una muerte rodeada de circunstancias turbias: suficientes pruebas para arruinarlo, pero no las suficientes para ahorcarlo.

El cuerpo hallado entonces apenas permitía certeza, y sin embargo la sospecha cayó sobre usted con un peso devastador.

Ahora, una nueva mujer vinculada al mismo círculo social aparece muerta en condiciones escandalosas, su identidad...

complicada. Comprenderá por qué mi visita no podía demorarse.

A Isla se le heló la sangre ante la claridad con que aquel hombre reorganizaba el pasado dentro de la sala.

John no apartó la mirada.

—Lo comprendo perfectamente.

—Excelente. Entonces quizá pueda ahorrarnos a ambos incomodidades innecesarias y decirme exactamente qué sabía usted sobre la verdadera identidad de la condesa Cavendish.

El silencio fue inmediato.

No por sorpresa.

Por cálculo.

John apoyó el antebrazo en el reposabrazos con la economía estudiada de un hombre que controla hasta su propio dolor bajo interrogatorio.

—Sabía lo suficiente para reconocer en ella a una mujer acostumbrada al fraude, la manipulación y el chantaje.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Responde a la parte que prudentemente considero suya.

El magistrado juntó las yemas de los dedos.

—Permítame reformular. ¿Había razones para creer que Lady Alma y la señorita Lily Cameron del pasado eran la misma persona?

Esta vez fue Thomas quien se movió ligeramente junto a la ventana.

No interrumpió. Simplemente mostró, con aquel leve cambio de peso, que el nombre aún tenía el poder de inquietar a hombres que creían haber enterrado ciertos recuerdos.

John se tomó un momento antes de responder.

—Había razones para sospechar muchas cosas sobre la señora Cavendish.

El magistrado se volvió entonces hacia Isla, reconociendo en ella otro eje del campo de batalla.

—¿Y la señora?

John volvió el rostro hacia él con el movimiento más lento y peligroso de la mañana.

—La señora no está aquí para satisfacer la curiosidad pública.

—Está aquí, imagino, porque usted deseaba que estuviera.

—Exactamente.

El magistrado sostuvo la mirada de John durante un momento. Luego dijo, con una suavidad casi irritante:

—Entonces quizá desee escuchar esto con ella presente: si existe una conexión demostrable entre la mujer muerta ayer y la de hace quince años, el antiguo caso podría reabrirse. Y su nombre, milord, volverá a circular en términos que encontrará sumamente desagradables.

Las palabras cayeron en la habitación como lluvia helada.

Isla sintió que el corazón se le aceleraba, no porque no lo esperara, sino porque oírlo pronunciado oficialmente daba forma a la amenaza.

—¿Reabierto para qué? —preguntó antes de poder contenerse.

El magistrado la miró.

—Para determinar si la condena original se construyó sobre una acusación falsa, un testimonio comprometido o una puesta en escena deliberada de ambos.

Y para determinar, igualmente, si el señor Scott tuvo alguna participación consciente en los acontecimientos recientes que culminaron en esta nueva muerte.

—John no mató a Alma —dijo Isla con firmeza.

El hombre no se ofendió por su certeza.

—Eso es precisamente lo que pretendo averiguar, señorita.

—Cayó durante la lucha —respondió John antes de que Isla pudiera insistir—. Tendió una emboscada, trajo a dos hombres para retener a Isla, intentó quemar viva a una mujer, y cuando cargó de nuevo, armada, encontró su propio final.

—¿Hay testigos además de usted y la señora?

El mundo siempre tiene el don de elegir la peor pregunta posible.

John permaneció inmóvil.

—Los otros hombres presentes están muertos.

—Exactamente.

El fuego crepitó en la chimenea.

Desde el pasillo llegó el sonido tenue de pequeños pasos, luego silencio de nuevo. Isla pensó en Leopold, al otro lado de la casa. En Edward, huérfano desde hacía menos de un día. En cómo hasta los niños parecían ahora respirar al ritmo del peligro.

El magistrado continuó:

—Aún queda el asunto del niño.

Nadie fingió no entender a cuál se refería.

—¿Es Edward Cavendish el hijo legítimo del difunto conde? —preguntó.