Capítulo 13 El chico Cavendish #3
—Dios mío, señorito, Dios mío... —murmuró, casi sin poder hablar—. Su madre me cortará la cabeza... solo salí un momento...
El lacayo se acercó cojeando; el tobillo ya le fallaba tras la carrera y el golpe de soltar la caja.
—El niño se escapó, señor —le explicó a John, dividido entre la vergüenza y el dolor—. La señorita Brigid estaba con él. Solo fui a por el jarabe del conde y el ungüento que pidió la señora. Vio al maldito perro y echó a correr.
John alzó la vista hacia ambos, evaluando a la criada temblorosa, al lacayo renqueante y la sangre que goteaba junto a la ceja del niño.
—¿Dónde está la finca? —preguntó.
La criada se apresuró a responder.
—Al este, señor. Pero tenemos el carruaje...
John echó un vistazo a la rueda embarrada, al caballo inquieto y al tiempo que perderían allí.
—El carruaje no saldrá pronto de aquí.
El niño levantó la barbilla con dignidad herida.
—Puedo ir solo.
—No puedes.
—Sí puedo.
—Estás sangrando, cojeas al andar y casi te dejas matar por un panecillo robado —John enarcó una ceja—. No pareces muy buen juez de ti mismo.
Contra todo pronóstico, el niño soltó una risa breve pese al dolor.
—¿Cómo te llamas? —preguntó John.
—Edward.
—¿Apellido?
—Cavendish.
El nombre no le era desconocido.
No por conocimiento personal.
Sino por conversaciones susurradas: el conde Cavendish, un hombre rico y reservado, demasiado enfermo desde hacía meses para dejarse ver; la esposa más joven; el hijo recién llegado, sobre quien el pueblo ya tejía silenciosas curiosidades.
La criada juntó las manos ante el pecho.
—Si pudiera llevarlo a la casa... solo a la casa... Iré en carruaje en cuanto arreglen la rueda. El doctor de allí sabrá qué hacer.
A John le disgustaba inmiscuirse en casas ajenas. Le disgustaba aún más dejar a un niño herido esperando, junto a una criada presa del pánico y un lacayo renqueante.
—Monta —le dijo a Edward.
El niño lo miró con una especie de respeto instantáneo.
John lo subió a la silla delante de él, dio instrucciones breves al lacayo para que trajera a la criada y el carruaje en cuanto liberaran la rueda, y tomó el camino indicado.
Edward, aún pálido, empezó a indicar los giros con la solemnidad de un pequeño comandante, como si el dolor no pudiera hacerle renunciar a su propia importancia.
Entonces John reparó en la extraña facilidad con que el niño lo miraba.
Sin miedo. Sin repulsión. Sin el peso del apellido Scott ni del pasado atado al pueblo como una maldición.
Los niños y los ancianos enfermos, pensó con amarga familiaridad, quizá fueran las únicas criaturas capaces de ver a un hombre sin el fantasma de la reputación interponiéndose.
La finca Cavendish se extendía al este del pueblo, más allá de una hilera de hayas desnudas y un lago estrecho que el frío había convertido en un espejo plomizo.
No era tan vasta como la de los Scott, pero poseía la elegancia silenciosa de las casas nobles: fachada pálida, columnas discretas, ventanas demasiado altas, estatuas ennegrecidas por el tiempo y un exceso de contención que hacía que todo pareciera hermoso y vagamente inerte.
Cuando desmontó y entregó las riendas a un sirviente apresurado, Edward intentó bajar solo y trastabilló.
John lo atrapó antes de que volviera a caer.
—Te dije que estoy bien —murmuró el niño.
—Y yo ya he decidido que hablas demasiado para alguien que casi pierde la cabeza bajo una rueda.
Edward pareció ofendido durante medio segundo. Luego sonrió, como si la franqueza no lo hiriera.
Quizá incluso le gustaba.
Un sirviente de más edad se apresuró a abrir de par en par la puerta principal.
Otro entró corriendo, llamando al doctor, al ama de llaves y a su señoría, todo de un tirón.
John siguió a Edward hasta el gran vestíbulo, donde el calor de las chimeneas y el intenso aroma a madera pulida chocaban con la repentina urgencia de los pasos apresurados.
Minutos después, resonó la voz de una mujer.
—¡Edward! —gritó desde algún lugar en lo alto.
Al oír aquella voz, John alzó la cabeza bruscamente.
Durante un instante que se extendió más allá del tiempo, no vio escalera alguna.
Vio un campo antiguo barrido por el viento.
Vio un perfil ardiente que se volvía para reír.
Vio llamas.
Vio humo.
Vio un rostro que la memoria se había negado a dejar pudrir.
Entonces la mujer apareció en lo alto de la escalera.
Y el mundo perdió sus contornos.
Descendió con rapidez, sujetándose la falda con una mano para no tropezar.
El vestido era de un verde intenso y profundo, caro sin ostentación.
El cabello, cuidadosamente recogido, dejaba escapar mechones oscurecidos por la sombra del tragaluz.
El porte era elegante. El cuerpo, más maduro que el de la muchacha que él había sepultado en su interior quince años atrás.
Había una curva más firme en los hombros, un peso sereno en las caderas, una nueva conciencia de sí misma en cada paso.
Y sin embargo, fue el rostro lo que lo destrozó.
No porque fuera idéntico.
No lo era.
Era peor.
Tenía la misma arquitectura de rasgos, desgastada por el tiempo de un modo que Lily nunca conoció.
Pómulos más afilados, más definidos. La boca familiar, pero más tensa en las comisuras.
Ojos marrones con una vigilancia adulta donde antes solo había habido impulso.
Incluso el rojo de su cabello parecía más profundo, menos radiante, casi cobrizo.
No era la joven que había perdido.
Era la mujer que podría haber llegado a ser, si la muerte no se la hubiera arrebatado.
John sintió que todo su cuerpo se tensaba, como si el frío de antiguas mazmorras hubiera regresado de golpe.
El corazón le martilleaba con tal violencia que, durante un segundo enloquecedor, pensó que todos en el vestíbulo podían oírlo.
El suelo pareció inclinarse bajo sus botas.
Su mano se cerró en el aire vacío, buscando algo a lo que aferrarse donde no había nada.
Ella se acercó a Edward y le puso las manos sobre los hombros.
Sus dedos temblaban lo justo para delatar un afecto genuino.
—¿Qué ha pasado? —preguntó, examinando la herida del niño.
—Casi me atropellan —declaró Edward con la solemnidad herida de un niño—. Pero este hombre me apartó justo a tiempo.
Entonces ella levantó los ojos hacia John.
El segundo golpe.
Marrones.
Claros.
Hermosos ahora de una manera más grave, más sabia, más peligrosa de lo que la belleza juvenil jamás fue.
John sintió que la sangre se le iba del rostro.
No había reconocimiento en los de ella.
Ni temblor. Ni grieta. Ni pasado que surgiera de repente entre ellos.
Solo sorpresa educada, ojos atentos y una gratitud demasiado contenida para ser casual.
—¿Usted salvó a mi hijo?
Mi hijo.