EL FILO DE PERSIA Capítulo Diez — Lo que queda después #3
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Capítulo Diez — Lo que queda después #3

Tampoco olvidó a Zahir. Durante mucho tiempo había preferido recordarlo únicamente como traidor.

Con los años comprendió que aquello era demasiado fácil.

Zahir había sido cobarde, inteligente, amigo y traidor.

Todo al mismo tiempo. La guerra no había inventado sus decisiones, pero había creado el lugar donde las tomó.

Karim tampoco lo olvidó.

Una mañana llevó a sus reclutas fuera de la ciudad y los hizo caminar hasta una elevación desde la que podían verse los caminos occidentales.

—¿Qué ven? —preguntó.

Los jóvenes dieron respuestas distintas.

Montañas.

Rutas.

Puestos de vigilancia.

Karim negó.

—Decisiones.

Los reclutas lo miraron sin entender.

—Cada camino puede llevarlos a una batalla. También puede alejarlos de una. Aprendan la diferencia antes de creer que ser valientes significa elegir siempre la primera.

Uno de los muchachos señaló su cicatriz.

—¿Usted aprendió eso en la guerra?

Karim tocó la marca sobre el ojo.

—No. Lo aprendí demasiado tarde.

En el sur, Dastan recibió una medalla y un reconocimiento oficial por su participación en la campaña. Rostam insistió en organizar una ceremonia improvisada.

Dastan amenazó con arrestarlo.

Rostam la organizó de todos modos.

Los soldados levantaron copas, contaron historias y exageraron cada hazaña hasta convertir a Dastan en un hombre capaz de saltar murallas de diez metros y derrotar ejércitos con una cuerda y una piedra.

—Nada de eso ocurrió —protestó.

Rostam levantó la copa.

—Todavía.

Dastan terminó riendo con ellos.

Aquella noche guardó la medalla en un cajón.

A la mañana siguiente volvió a recorrer los puestos.

Ser héroe pertenecía al pasado.

Ser comandante pertenecía al día siguiente.

Harun, por su parte, descubrió que la paz también necesitaba hombres fuertes.

Una crecida dañó varias casas del pueblo y pasó dos días enteros ayudando a levantar muros. Cuando terminó, estaba cubierto de barro y tenía a tres niños sentados sobre los hombros mientras Shirin lo insultaba porque se había abierto una vieja herida.

Los habitantes lo observaban con una confianza que ninguna victoria militar le había dado.

Harun comprendió entonces que había encontrado aquello que siempre había buscado sin saber nombrarlo.

Un lugar donde su fuerza servía para que otros pudieran dormir tranquilos.

Una tarde de otoño, casi un año después del final de la campaña, Aylin cerró la tienda antes de que oscureciera.

Karim había prometido cenar con ella. Mendoza estaba en la ciudad después de escoltar una caravana.

Incluso había llegado una carta de Harun, escrita por otra persona porque su caligrafía seguía siendo terrible.

Contaba que el pueblo había tenido una buena cosecha y que Shirin seguía negándose a admitir que vivía allí.

De Dastan llegó un informe menos oficial.

Rostam lo había escrito.

Decía que el gran comandante del sur había caído de un muro intentando demostrar a sus soldados que todavía podía treparlo sin cuerda.

Aylin rio sola detrás del mostrador.

Después encontró una segunda hoja.

La letra era de Dastan.

«No le creas. El muro estaba defectuoso.»

Aylin guardó las cartas.

La puerta se abrió.

Karim entró apoyándose ligeramente en un bastón que juraba no necesitar.

—Llegas tarde.

—Soy un héroe de guerra.

—Eres un instructor cojo.

—También.

Mendoza apareció detrás con una botella y una bolsa de pan.

—Espero que no hayan empezado sin mí.

—Estábamos considerando hacerlo —dijo Aylin.

Por un momento, la tienda volvió a llenarse de voces conocidas.

No estaban todos.

Nunca volverían a estarlo.

Pero estaban vivos.

Y habían aprendido que sobrevivir no era el final de una historia.

Era el comienzo de otra.

Cuando Karim y Mendoza se marcharon, Aylin apagó las lámparas una por una.

Antes de cerrar, escuchó cascos en la calle.

Un mensajero se detuvo frente a la tienda.

—¿Aylin, hija de Farid?

Ella abrió nuevamente la puerta.

—Sí.

El hombre le entregó un pequeño paquete envuelto en tela ordinaria.

—Llegó con una caravana del oeste.

Aylin no preguntó quién lo enviaba.

Reconoció el nudo.

Esperó a que el mensajero se marchara.

Después abrió el paquete.

Dentro había una pequeña moneda otomana, una tira de tela azul y una nota de pocas palabras.

No era una declaración.

No era una promesa.

Solo decía que el camino seguía abierto.

Aylin sostuvo la tela entre los dedos.

Sonrió.

Guardó la nota junto al trozo de seda de Farid.

Dos mundos.

Dos caminos.

Ninguno cerrado por completo.

Afuera, Isfahán respiraba bajo un cielo limpio.

Los comerciantes cerraban sus puestos. Los guardias cambiaban turno. Una caravana entraba por la puerta occidental mientras otra se preparaba para partir al amanecer.

Persia seguía allí.

Herida.

Orgullosa.

Viva.

Aylin cerró la tienda.

El shamir permaneció colgado detrás del mostrador.

No sabía si volvería a necesitarlo.

Esperaba que no.

Pero había aprendido algo demasiado importante para olvidarlo.

La paz no era la ausencia de caminos peligrosos.

Era la oportunidad de elegir cuál recorrer.

Y mientras existieran caminos entre Persia y el resto del mundo, habría historias esperando al otro lado.

Aylin levantó la vista hacia las estrellas y comenzó a caminar hacia casa.

Esta vez no marchaba hacia una guerra.

Marchaba hacia su propia vida.

Y, por primera vez, eso era suficiente.

FIN

ESCRITO POR FRANCISCO JAVIER VILLALOBOS RUIZ