Capítulo Diez — Lo que queda después #2
Cuando los comerciantes del sur comenzaron a llamarlo héroe de guerra, Dastan se burló.
Cuando sus propios soldados comenzaron a hacerlo, dejó de reír.
Comprendió que para ellos la palabra no significaba invencible.
Significaba que había estado allí.
En el primer asalto.
En las fortalezas.
En los caminos.
Con ellos.
El mando confirmó su nombramiento como comandante de las tropas del sur. Su misión ya no era conquistar. Era impedir que la victoria se desperdiciara. Debía mantener abiertos los caminos, contener bandidos, vigilar movimientos hostiles y evitar que pequeños conflictos encendieran otra guerra.
Dastan aceptó.
Guardó la orden en la misma bolsa donde conservaba una vieja cuerda de su juventud.
Rostam la encontró un día.
—¿Todavía la tienes?
Dastan se encogió de hombros.
—Una cuerda siempre sirve.
—Eres comandante de un ejército.
—Precisamente. Ahora tengo más lugares de los que escapar.
Rostam soltó una carcajada.
En las noches tranquilas, cuando los soldados dormían, Dastan subía a alguna torre de vigilancia y miraba hacia el sur.
Ya no buscaba un muro que trepar.
Buscaba señales de peligro.
Había pasado su vida entrando en lugares imposibles.
Ahora su responsabilidad era conseguir que nadie entrara en los suyos.
Harun regresó a su pueblo sin desfile.
Eso le gustó.
Los niños fueron los primeros en reconocerlo.
Corrieron detrás de su caballo gritando su nombre.
Después salieron los adultos. Algunos recordaban al joven enorme que se asustaba con ruidos inesperados.
Otros habían oído historias sobre el hombre que había sostenido líneas enteras y encabezado una unidad de élite en la batalla final.
Harun desmontó incómodo.
Nunca supo qué hacer cuando alguien lo admiraba.
Prefería que le dieran algo pesado que cargar.
El consejo de ancianos lo recibió esa misma tarde. El antiguo kadkhodā había muerto durante los meses de guerra y la comunidad necesitaba a alguien capaz de representar al pueblo, organizar su defensa y resolver disputas.
Harun pensó que se habían equivocado de hombre.
Shirin, que había cumplido su promesa de acompañarlo parte del camino y finalmente había decidido quedarse unos días más, pensó exactamente lo contrario.
—No sé gobernar —dijo Harun.
—Perfecto.
—¿Perfecto?
—Los hombres que están demasiado seguros de saber gobernar suelen ser los que más problemas causan.
Harun la miró con sospecha.
—Eso suena a algo que inventaste.
—Probablemente.
Aceptó el cargo de kadkhodā.
No se convirtió en señor del pueblo.
Se convirtió en su responsable.
Organizó guardias para los caminos, reparó un pozo, obligó a dos familias enfrentadas a sentarse en la misma mesa y pasó una tarde completa escuchando una discusión sobre una cabra que había destruido un huerto.
Al final de aquel día llegó a su casa más cansado que después de algunas batallas.
—Prefiero cien otomanos —murmuró.
Shirin levantó la vista de unas hierbas que estaba ordenando.
—La cabra probablemente también.
Harun rio.
Con el tiempo dejó de ser recordado únicamente por su fuerza.
Los viajeros sabían que el pueblo era seguro porque Harun vigilaba los caminos. Los campesinos sabían que podían acudir a él cuando había un problema. Los niños dejaron de temer al gigante y comenzaron a buscarlo para que levantara cosas absurdamente pesadas solo para demostrar que podía hacerlo.
Harun descubrió algo que nunca había aprendido en la guerra.
Proteger no siempre exigía golpear.
A veces exigía escuchar.
A veces esperar.
A veces decir que no a un hombre enfurecido y soportar que te insultara hasta que se cansara.
Sus episodios de ira no desaparecieron como por encanto.
Shirin nunca había prometido eso. Pero Harun aprendió a reconocerlos antes de que lo dominaran.
Cuando sentía que la furia regresaba, se alejaba, respiraba, buscaba trabajo físico o acudía a la mujer que lo había devuelto de una frontera que ninguno de los dos comprendía del todo.
Shirin terminó quedándose.
Primero una semana.
Después un mes.
Finalmente dejó de explicar cuándo se marcharía.
Instaló un pequeño espacio donde atendía heridas, fiebres y enfermedades. Algunos habitantes continuaron llamándola bruja.
A ella no le molestaba.
—Mientras paguen —decía.
Mendoza tampoco regresó a España.
Su decisión sorprendió menos de lo que esperaba.
Después de tantos meses, sus hombres ya lo habían visto adoptar costumbres persas, discutir en un persa imperfecto y defender aquellas tierras como si una parte de su vida hubiera estado esperándolo allí desde antes de conocerlas.
Con el salvoconducto otorgado por las autoridades safávidas, comenzó a trabajar como enlace entre comerciantes y pequeños contingentes extranjeros que atravesaban las rutas recuperadas.
Su conocimiento militar le permitió asesorar la protección de caravanas sin convertir cada viaje en una expedición de guerra.
Aylin lo contrató para una de sus primeras cargas importantes.
—Cobras demasiado —le dijo.
Mendoza se llevó una mano al pecho.
—Después de todo lo que hice por Persia.
—Precisamente por eso sé cuánto vales.
—Entonces deberías pagarme más.
—Precisamente por eso sé cuánto exageras.
Llegaron a un acuerdo.
Mendoza salió de la tienda convencido de haber ganado la negociación.
Aylin también.
Los dos estaban satisfechos, que era la única forma de saber que Farid habría aprobado el trato.
Emir fue el último problema que la guerra dejó sin una solución sencilla.
Durante semanas permaneció en Isfahán bajo el salvoconducto temporal que había recibido por su participación en la batalla final.
Algunos soldados persas lo saludaban. Otros evitaban hacerlo.
Para muchos siempre sería un otomano. Para otros era el desertor que había combatido contra su antiguo ejército y había ayudado a salvar vidas persas.
Ambas cosas eran ciertas.
Y ninguna podía borrarse.
Aylin y Emir intentaron ignorar el problema.
Se veían en la tienda después del cierre. Caminaban por calles que lentamente recuperaban su ruido. Hablaban de cosas pequeñas porque las grandes siempre terminaban llevándolos al mismo lugar.
Él era otomano.
Ella se había convertido en una figura reconocida de la victoria persa.
Emir no podía permanecer indefinidamente en una ciudad donde cualquier cambio político podía convertirlo otra vez en sospechoso. Aylin no podía abandonar la tienda de Farid, su nombre ni la vida que por fin había elegido para seguir a un hombre que tampoco sabía dónde pertenecía.
Lo que sentían no resolvía aquello.
Lo hacía más doloroso.
Una tarde llegó la orden definitiva.
El salvoconducto militar de Emir sería respetado para abandonar el territorio bajo control directo de las tropas, pero no se le concedería incorporación permanente al ejército ni residencia protegida en Isfahán. No era una condena. Tampoco era una recompensa.
Era política.
Aylin leyó el documento en silencio.
Emir esperaba frente al mostrador.
—Puedo quedarme —dijo él.
Aylin levantó la mirada.
—¿Hasta cuándo?
Emir no respondió.
—Hasta que cambie un comandante. Hasta que alguien decida que eres útil como ejemplo. Hasta que otra guerra empiece y vuelvan a preguntarte de qué lado estás.
—Ya elegí mi lado.
—Elegiste a las personas con las que querías luchar. No puedes cambiar dónde naciste.
Emir apretó la mandíbula.
—Tampoco quiero hacerlo.
Aylin entendió.
Eso era precisamente lo que amaba de él.
No había traicionado a su pueblo por odiarlo. Había abandonado un ejército porque ya no podía aceptar lo que le pedía hacer. Seguía siendo otomano. Seguía recordando su lengua, su familia, sus caminos y la tierra donde había nacido.
Amar a Aylin no debía obligarlo a borrar todo aquello.
Y amar a Emir no podía obligarla a abandonar lo que ella había defendido.
Por primera vez, ninguno intentó encontrar una salida imposible.
—Te quiero —dijo Aylin.
Emir cerró los ojos un instante.
Había esperado esas palabras durante demasiado tiempo.
Llegaban cuando ya no podían cambiar el resultado.
—Lo sé.
—No. Antes no lo sabías.
Emir sonrió con tristeza.
—No.
Aylin rodeó el mostrador.
Se quedaron frente a frente.
—Si te pidiera que te quedaras, lo harías.
—Sí.
—Y terminarías viviendo como un hombre vigilado.
Emir guardó silencio.
—Si tú me pidieras que me fuera contigo —continuó Aylin—, quizá lo haría.
Emir negó lentamente.
—Y terminarías odiándome.
—Probablemente.
—Eres muy difícil de soportar.
—Tú empezaste una guerra por besarme sin permiso.
Emir soltó una risa breve.
—No fue exactamente así.
—Así la contaré.
La risa desapareció.
Quedó lo importante.
No podían estar juntos.
No porque lo que sentían fuera falso.
Precisamente porque era verdadero y ninguno quería convertirlo en una prisión para el otro.
Emir partiría hacia el oeste. Buscaría a los hombres que habían desertado junto a él y trataría de regresar a una vida civil lejos de los mandos que podían exigirle volver a combatir. El salvoconducto persa le permitiría cruzar los primeros caminos sin ser detenido.
Después dependería de él.
Como siempre.
La mañana de su partida, Aylin lo acompañó hasta las afueras de Isfahán.
No hubo promesas de esperarse eternamente.
No habría sido justo.
Tampoco juraron olvidarse.
Habría sido mentira.
Emir montó.
Aylin sostuvo las riendas un momento.
—¿Volveré a verte? —preguntó él.
Ella miró el camino.
—No lo sé.
Emir asintió.
Era la única respuesta honesta.
—Entonces vive bien, Aylin.
—Tú también.
Él se alejó.
Aylin permaneció allí hasta que el caballo se convirtió en un punto y el punto desapareció entre el polvo.
Lloró.
Después regresó a la ciudad.
No porque hubiera dejado de quererlo.
Porque su vida seguía allí.
Pasaron los meses.
Persia comenzó a hablar de otras cosas.
De cosechas.
De impuestos.
De nuevas rutas.
De disputas en provincias lejanas.
Los nombres de los muertos empezaron a desaparecer de las conversaciones diarias y a permanecer solamente en las familias que los recordaban.
Aylin no permitió que Farid desapareciera.
Mantuvo su nombre en la tienda.