El fantasma carmesí Preludio.
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El fantasma carmesí

El fantasma carmesí

Por Isaac K.M

© inepub.com

Preludio.

Sujeto número I

-Los ángeles son reales y los demonios también, viven dentro y fuera de las personas todo el tiempo, por muchos años considerados como relatos de tiempos ancestrales, simples mentiras hechas para dominar las mentes más débiles, y por muchos siglos fue de esa manera antes de que la humanidad alcanzara el pináculo del conocimiento al que podían llegar.

Alejados de la cueva de la ignorancia en que habían vivido toda su vida, pudieron ver con sus propios ojos seres de inconmensurable poder, capaces de manipular los elementos y hacer sus esclavos a todos los seres vivientes, criaturas capaces de desplegar sus alas y volar como las aves, cambiar sus formas, convertirse en máquinas asesinas y devorar las almas.

Y tras la fascinación venía la experimentación, la ciencia quería dominar la magia y el poder, querían darles una explicación razonable a esos seres inmortales, con formas vagamente humanoides, la cuestión no era el ¿Por qué? sino el ¿Por qué no? Si millones de preguntas surgían contra ese atentado a su conocimiento, temerosos de volver a la cueva de Platón después de tantos siglos, entonces lo ideal para el ser humano era cuestionar la existencia de lo novedoso, de su propio descubrimiento, a pesar de atestiguar la revelación de criaturas extraordinarias que preferían no interferir con la humanidad, preferían indagar en lo que sus propias hipótesis podrían conducirlos.

Del miedo y la ignorancia ante esos seres surgieron muchos investigadores, teorías, refutadores de la existencia y realidad de esas criaturas que vulgarmente fueron considerados ángeles, quienes planteaban la magnitud que ese descubrimiento podría tener en las personas comunes, en aquellos que trabajaban día tras día para pagar facturas y mantenerse con vida: ¿Como les afectaría realmente el saber que existían criaturas que no padecían de enfermedades ni del dolor de ser una persona ordinaria? Pero más importante, surgía una pregunta que atestiguaba la creación de distintas herramientas y artes que reafirmaban la existencia del ser humano como una especie soberbia y arrogante: ¿Como podrían beneficiarse de ello?

Así surgió Genexis Sciences; físicos, químicos, científicos de renombre e incluso fieles creyentes de la tierra hueca, todas las mentes brillantes de distintas generaciones se reunieron, a pesar de las diferencias que tenían, en un solo lugar respaldado por gobiernos que preferían seguir manteniendo sus progresos en secreto, una fundación de investigación y avances tecnológicos que buscaban toda clase de beneficios que pudieran obtener de los vulgarmente llamados ángeles.

No creían en la mitología ni el misticismo de su naturaleza, era probable que ni siquiera esos seres conocieran su origen como pasaba con todas las especies inteligentes, pero lo que sí sabían era que podían sangrar… al menos, sus heridas derramaban algo extraño que era tan puro como para darle vida a la tierra muerta, ¿Y si pudieran controlar ese poder? Se cuestionaron los humanos que eran tan pequeños que solo podían soñar con la luz de esa incógnita justo al mismo tiempo que un hombre, alto y misterioso, que siempre vestía con traje y corbata, les trajo un maletín con una muestra de la sangre que necesitaban.

“He aquí un ángel”

exclamó al presentarse con los científicos, el extraño sujeto cuya apariencia no parecía humana, pero tampoco angelical en absoluto, a quien nadie convocó, ni temió a las represalias de haber entrado sin permiso.

Su figura, así como la forma de su rostro sin cejas, brindaba un aura inquietante a todos los que lo miraban, porque el hombre ni siquiera parecía estar presente… Era como hablar con un muerto.

Presentó el tubo de ensayo con la muestra de sangre que brillaba de un intenso carmesí, solo una pequeñísima muestra que se movía como un mar de sangre atrapado dentro de esa pequeña prisión, apartándolo del mundo y de todas las cosas que los hacían humanos.

El hombre no dio explicación de cómo pudo obtenerla, y los científicos ni siquiera estaban seguros de querer saberlo, todo lo que necesitaban para iniciar con su investigación estaba en ese pequeño tubo, la sangre parecía susurrar, tentándolos a tomar el trato y hacer un pacto con aquel hombre… Quien solo pidió que hicieran todo por la ciencia.

El hombre nunca dio su nombre, nunca se presentó ni pidió algo a cambio, no compartió su origen ni su objetivo, todo lo que ofreció junto a la sangre fue un apretón de su fría mano esquelética antes desaparecer para siempre al igual que un espectro.

Nunca volverían a saber de él en ningún momento de sus vidas, pues como todo hombre de negocios, tenía otros proyectos en los que debía enfocarse, todos relacionados con los susodichos ángeles, y quedaría grabado en la memoria de los científicos como uno de esos encuentros de los que preferirían olvidarse; dejando en sus manos un poder inigualable que solo desencadenaría en los peores actos concebidos por la mente humana, demostrando así que no tenían límites para lo que su curiosidad alcanzaba.

“¡Está vivo, está vivo!”

fueron las primeras palabras que el niño escuchó en su vida, el primer recuerdo que tendría acompañando un par de luces amarillas, rodeado por decenas de hombres y mujeres que se alegraban con su despertar, maravillados por su capacidad para superar las sombras del desconocimiento; cuando movió sus extremidades escuchó los aplausos y las celebraciones, festejaron que había despertado en un nuevo mundo a pesar de no poseer ningún recuerdo o nombre propio, y al sentarse en la camilla del quirófano fue abrazado como a un tesoro del que nadie quería desprenderse.

No sabía hablar, no tenía la capacidad de saber si alguna vez lo había hecho, pero eso no importaba pues todo en lo que podía pensar era en que lo primero que conoció fue la alegría de ser recibido con amor por personas a las que no conocía, y él les dedicó una sonrisa que fue correspondida, pensando erróneamente que lo hacían porque lo amaban, sin embargo, aunque no supiera realmente qué era lo que hacía allí o por qué se alegraban tanto con su despertar todo lo que importaba era que había recobrado una vida que ni siquiera recordaba que le perteneciera.

Una mujer se acercó a él, pensó que era su madre que venía para amamantarlo, no obstante lo que hizo fue ponerle un collar que contenía unas palabras indescifrables para él, y cuando la celebración se marchitó dio paso a varios miembros que inmediatamente comenzaron a anotar en libretas garabatos extraños que el niño no podía entender, aunque en su mente existían las preguntas y divagaban estallando como estrellas él no tenía el poder de dejarlas salir, ahogado con cientos de incógnitas que su mente no podía descifrar solo conseguía soltar balbuceos que los hombres interpretaron como sus primeras palabras.

-El sujeto intenta hablar, a pesar de llevar un día de nacido su cerebro se ha desarrollado bastante.

-anotó la misma mujer que le pudo el collar, siendo la más cercana al niño-

Al verla tan cerca de él, anotando cosas extrañas en su libreta, pensó nuevamente en ser amamantado, quiso acercarse porque creía que era su madre, quería estar cerca y percibir nuevamente el mismo amor con el que lo habían recibido, quería sentir el calor de esa familia.

La mujer notó esto, y cierta parte sentimental no pudo evitar acercársele un poco, después de todo, aquella criatura artificial tenía el aspecto de un niño enfermo, era inevitable que incluso ella como mujer de ciencia quisiera darle un poco de calor.

- ¿Qué deseas, pequeño?

Sin embargo, al momento de hacer contacto con su hombro se arrepintió profundamente; todos notaron algo intrigante para la ciencia, algo aterrador para la mujer y algo deprimente para el niño que no entendía lo que acababa de hacer, pues su nariz y boca comenzaron a sangrar, aquella mujer que el niño quería que lo acariciara con amor comenzó a desangrarse repentinamente, sus lágrimas se hicieron rojas y su piel comenzó a producir un color rojo enfermizo, luego se le comenzó a caer como lo haría la lepra.

Sin saber lo que había provocado, tuvo que ver cómo se llevaban a la mujer rápidamente a otra sala, dejando detrás un rastro de sangre y carne que pudo distinguir como el segundo color en su vida después del amarillo enfermizo de las luces, pero ese nuevo color era llamativo y seductor, la sangre tenía una voz que solo el niño podía escuchar, lo llamaba y le pedía que se alimentara.

“¡Mis ojos, se me salen los ojos!”

escucharon vociferar dolorosamente a la mujer mientras la arrastraban lejos, dejando en su imaginación la horrida imagen que describía.

Hubo un pánico silencioso cuando le devolvieron la mirada al niño, parecía confundido, como un animal juguetón que no entiende la fragilidad de otras criaturas parecía más entristecido porque se la llevaran que aterrado por lo que había hecho, como si no fuera consciente del sufrimiento humano.

Entonces, una correa fue atada al collar de su cuello, sin que nadie hiciera contacto directo con él, esos rostros que antes demostraron alegría y satisfacción por su despertar fueron reemplazados con un disgusto inquebrantable, lo miraban con pavor y rechazo por lo que había hecho; una mano sujetaba el extremo de la correa con firmeza y sin piedad, tiraba con fuerza sin importarle si el niño se tropezaba y caía, arrastrando su pequeño cuerpo por el suelo hasta llevarlo fuera de esa sala donde todas esas caras se quedaron observando con indiferencia la forma en que lo trataban, permitiéndole conocer por primera vez el odio y desprecio que las personas podían tener por alguien más, aunque fuera un niño.

No hacía falta mucho para ganarse el odio de los humanos, fue una de sus primeras lecciones, la alegría de un día fácilmente podía convertirse en odio por una equivocación.