El extraño Alice
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Alice

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A Martha le queda demasiado grande la mochila del colegio, por lo que se le deslizan las gruesas correas por los hombros estrechos.

Alice se las ajusta, le recoge un mechón del flequillo y se lo coloca detrás de la oreja, donde la piel todavía está un poco colorada por el breve rayo de sol que llegó a Rye en los últimos días de sus vacaciones.

– ¿Estás lista, mi amor?

Martha se muerde el labio, señal inequívoca de que está nerviosa.

– Pero mira a mi niña mayor. – Jamie hace una mueca – . ¿Cómo ha podido crecer tanto?

Alice no responde.

– ¿Qué? – pregunta con una pizca de impaciencia – . Me da la sensación de que algo te preocupa.

Últimamente Jamie la mira de esa forma que parece un rompecabezas del que ya no posee todas las piezas.

– Es que… no tengo demasiadas ganas de ver al resto de madres, ¿sabes?

– Ah, es eso. Ignóralas y punto – dice, cerrando la cremallera de su mochila con un gesto brusco.

Alice intenta que no se le note lo exasperada que está.

Esa es la respuesta de Jamie para todo: ignorar.

Ignorar a las demás madres. Ignorar las llamadas anónimas extrañas, las amenazas por internet, el pájaro podrido que dejaron en la puerta de la casa vacacional donde se hospedaban.

Ignorar las señales más que evidentes de que algo no va bien.

– ¿Tienes mucho lío hoy? – pregunta Alice intencionadamente.

Jamie se hace un nudo Windsor en la corbata. Se ha hecho un cortecito en la barbilla al afeitarse, que brilla de escarlata. Es raro que Jamie se ponga corbata, y Alice no recuerda la última vez que vistió un traje como este.

Jamie alza la mirada.

– ¿Qué? Solo tengo algunas reuniones. Lo de siempre. – Se acuclilla junto a Martha, por lo que se le suben las perneras del pantalón y dejan a la vista el estampado de sus calcetines. Sus zapatos brillan como espejos – . ¿Y tú?

– Poca cosa – dice Alice, sin demasiada emoción.

No le ha contado a Jamie que tiene pensado quedar con Stella más tarde, para que le cuente lo que ha descubierto sobre Ezra. No le parece que merezca la pena empezar otra discusión.

De todos modos, Jamie no escucha su respuesta, pues rebusca en su mochila algo para Martha.

– Ah, aquí está – dice con una mueca – . Para tu primer día de cole.

Saca un regalo envuelto de su mochila y se lo entrega. Martha, que perdió su primer diente de leche en el viaje de vuelta desde Rye, esboza una sonrisa desdentada. Desgarra el papel de un tirón y luego levanta el regalo hacia Alice.

– ¡Unicornios! ¡Mami, papi me ha regalado una botella de agua con unicornios!

– Guau. Bien hecho, papi.

Alice había olvidado por completo que Martha perdió su botella de agua y que le prometió que le compraría una nueva.

Alice va a llenársela. Por encima del sonido del agua, escucha a Jamie decirle a Martha que es la mejor niña del mundo entero y que está muy orgulloso de ella.

Enrosca la tapa con torpeza. La botella de agua no parece de muy buena calidad.

Se pregunta qué habrá pasado con la vieja.

También ha perdido sus gafas de sol, y eso que hoy le vendrían de maravilla para usarlas como escondite cuando vea a las otras madres.

Alice busca ambos objetos, pero no encuentra ninguno en las superficies abarrotadas de la cocina ni en los desordenados cajones del aparador.

El desorden se ha ido colando en su hogar, antes milimétricamente ordenado, durante las últimas semanas; cosas apretujadas de cualquier forma en los armarios o al fondo de los aparadores.

Esta última semana ha notado que le han desaparecido más cosas.

Sus pendientes de oro favoritos, que pertenecieron a su madre y que estaba segura de que estaban en un cuenquito junto a la puerta.

El picardías con el que le gusta dormir cuando hace calor.

Un cuaderno en el que apuntaba todas las cosas divertidas que su hija decía o hacía desde que era un bebé.

Alice está destrozada por haber perdido el cuaderno, pues le habría encantado seguir añadiendo cosas conforme Martha creciera y legárselo algún día, cuando fuera adulta.

Pero lo que más le duele son los pendientes.

Se pregunta si tal vez Becca los cogió prestados y los perdió, aunque sería extraño que no hubiera preguntado primero…

o, al menos, haber reconocido la pérdida y haberse ofrecido a reemplazarlos.

«Pero los pendientes eran de los años veinte, un regalo que su padre le hizo a su madre el día de su boda, y, al igual que su madre, no son reemplazables», piensa Alice con tristeza.

– Jamie, ¿tienes idea de dónde pueden estar mis gafas de sol? Estoy convencida de que estaban en el aparador.

– ¿Qué? No, lo siento.

Jamie pasa de un zapato a otro atándose los cordones, como si de repente tuviera un exceso de energía.

– ¿Sabes qué? He estado pensando en todo el tema de la mudanza – le dice Jamie a Alice – . ¿Y si ponemos la casa en venta, solo para ver qué nos ofrecen?

Alice parpadea.

– ¿Qué?

– Solo a modo de experimento. Para ver qué se cuece en el mercado y saber cuánto podríamos sacar por ella. He estado hablando con Barney sobre la mejor manera de proceder.

– ¿Has hablado con Barney?

Barney es el asesor financiero de Alice; la persona en quien confió el cuidado de sus intereses tras la muerte de sus padres. No tenía ni idea de que Jamie mantuviera el contacto con él. Y mucho menos sin consultarlo con ella primero.

– Sí – dice Jamie – . Me dijo que, en caso de que la vendiéramos, podríamos ingresar el dinero en el banco y luego alquilar un piso durante una temporada, mientras decidimos en qué zona queremos comprar.

Alice se lleva las manos a la cabeza. La idea de «alquilar un piso durante una temporada» y la despreocupación con que lo dice le ponen los pelos de punta.

– Jamie, no me siento con fuerzas para hablar sobre eso ahora – replica – . Es el primer día de clase de Martha… ¿Podemos centrarnos solo en eso?

Jamie alza las palmas de las manos, en señal de retirada.

– Vale, vale. Perdón – dice – . Ya hablaremos en otro momento.

«Claro que lo hablaremos, joder», piensa Alice. Pero sonríe, por el bien de Martha. Y le saca el cuello del vestido de cuadros del colegio de dentro del jersey.

– ¿Nos vamos a mudar, mami? – La voz de Martha suena apagada y preocupada.

– No, cariño. No nos vamos a mudar.

Alice evita mirar a Jamie. Parece que Martha se tranquiliza un poco, pero le echa un vistazo a su padre con un leve atisbo de desconfianza. Cuando Alice le entrega la botella de agua, su hija la aprieta con fuerza, abrazándola contra el pecho con ambas manos.