Alice
Alice
Jamie no deja de dar saltitos, incapaz de contener el alivio que siente.
– Muchas gracias a ambos – repite como un loro a los policías – . Habéis sido muy profesionales. Estamos muy agradecidos, ¿verdad, Alice?
Sin embargo, Alice no siente nada. Esta era la noticia que quería oír y por la que había estado esperando. Jessica la llamó esta mañana, pero no miró el móvil.
Debería sentirse feliz y agradecida de que la policía esté de su parte, y sobre todo de que nunca se enteraran de la visita a Linda o a Jade.
Debería sentirse aliviada por no tener más problemas, ni por Ezra, ni por haber incumplido las condiciones de su libertad bajo fianza.
Aun así, el estómago se le revuelve al pensar en la clase de cosas que la gente va a escribir en internet.
El inspector Barnes cierra de golpe su libreta y se pone la chaqueta.
Jamie le cuenta a Barnes toda la seguridad adicional que ha instalado en casa, y Barnes murmura una aprobación, para evidente satisfacción de Jamie. Alice siente la necesidad de gritar a los cuatro vientos: «¿Esto es todo? ¿De verdad?».
– ¿Puedo preguntar algo…? – se oye decir a sí misma.
Barnes se detiene; Jamie también.
– Por supuesto que nos alivia que hayan retirado los cargos, pero… sigue siendo muy difícil asimilar el allanamiento.
Barnes se muestra incómodo. Al fin y al cabo, los sentimientos de Alice van un paso más allá de su competencia como inspector… Pero no puede evitar insistir.
– Es que… ¿no podríais contarme nada más? Sobre Ezra o sobre lo que lo pudo haber llevado a esto. ¿Por qué allanó nuestra casa?
Barnes y su ayudante, Jordan, intercambian una mirada.
– Ezra Jones era un joven con muchos problemas personales – responde Barnes. Mira a Jamie, luego devuelve su atención a Alice – . Estamos convencidos de que no hubo nada más allá de eso.
No es la primera vez que Barnes pronuncia esta frase ante las incómodas preguntas de Alice. Está claro que se mantiene firme.
Jamie sonríe a los inspectores a modo de disculpa. Alice siente cómo la irritación le trepa por el pecho. Siempre es excesivamente educado con la policía.
– Vale – dice ella – . Pero… hay otra cosa.
Es sobre todos esos mensajes que hay en internet sobre mí.
– Alice siente que se le encienden las mejillas.
Jamie la vuelve a mirar – . Sé que la gente tiene derecho a…
opinar sobre mí y sobre lo que pasó – continúa, vacilante – .
Pero algunos comentarios parecen más bien amenazas.
Algunos son demasiado personales. Y específicos.
– Alice, ya hemos hablado sobre esto – replica Jamie, cogiéndole la mano – . Deberías ignorar lo que la gente…
– No soy capaz de ignorarlos, Jamie – responde con brusquedad. Le aparta la mano y se dirige hacia Barnes – : Hay montones y se multiplican todo el rato. Es… es horrible. ¿No podéis…? ¿No podéis hacer que pare de alguna forma?
Abre el portátil, que está sobre la mesa de café, y encuentra el artículo de prensa donde aparecieron los comentarios por primera vez.
Se fija en que ya hay una nueva noticia en relación con la retirada de los cargos.
Como siempre, parece que los periódicos se enteran antes que ella de las cosas.
Empieza a descender hasta que llega al final de la página.
– ¿Veis? Ya hay más – dice.
Observa cómo los inspectores leen los comentarios. Comentarios sobre su cabello, su ropa, su físico y su edad. Especulaciones sobre su matrimonio y su vida sexual. Sobre lo mala madre que puede que sea… o no.
– Entiendo que todo esto sea difícil para ti – dice el inspector Barnes con tacto, al tiempo que le devuelve el portátil – .
Pero lo que acabas de decir es cierto, Alice.
La ley sostiene que las personas tienen derecho a expresar sus opiniones sobre un asunto de interés público.
Por el tema de la libertad de expresión y todo eso.
Barnes se dirige hacia la puerta, por lo que Alice interpreta que ha puesto punto y final a la conversación.
Cuando Alice cierra la puerta tras los inspectores, mira a Jamie y se desploma entre sollozos. Jamie la rodea con sus brazos.
– Shh, shh… Todo está bien – murmura en su cabello – . Hoy es un buen día. Se acabó.
Poco después de que los policías se marcharan, Becca llega a casa con Martha, tras haber estado un rato en el parque.
Jamie les da la noticia y Becca abraza a Alice, emocionada y entre lágrimas.
Jamie sonríe, radiante, luego regresa a su despacho.
Alice le pone una película a Martha y se va a dar un largo baño para intentar relajarse, pero incluso mientras se seca el cabello, todavía siente los nervios a flor de piel.
Alice termina de guardar las cosas de bebé para Jade en una de las grandes bolsas de lavandería de cuadros y luego la lleva escaleras abajo para dejarla en el pasillo.
Cuando finalmente va a ver a Martha, descubre que se ha quedado dormida en el sofá.
Alice la coge en brazos, y siente su cuerpo blando y pesado.
Se da cuenta de que son casi las siete: es hora de que Becca se vaya.
No hay ni rastro de ella; quizá ya haya regresado a casa.
Alice decide saltarse el baño de Martha y llevarla directamente a la cama.
Mientras le pone el pijama con cuidado, Martha se despierta un poco y, somnolienta, pide leche caliente en su vaso con boquilla, un hábito infantil que Alice no se ha esforzado en quitarle.
– Claro, cariño – dice Alice, mientras coge el vaso vacío de la noche anterior de la mesita de noche y apoya la nariz en el cuello de Martha, inhalando el cálido aroma de su hija.
Cuando está a la mitad de las escaleras de camino hacia la cocina, Alice hace una pausa. Becca está ahí. Parece que mantiene una conversación telefónica.
– Mira – escucha que dice Becca – , quiero que dejes de llamarme.
Alice frena su trayectoria. No quiere invadir la privacidad de Becca, pero Martha quiere tomarse su leche caliente. Además, ¿Becca no debería haberse ido ya a casa?
– Te estoy diciendo que no – dice Becca – . No lo volveré a hacer. No sé cuántas veces te lo tengo que repetir.
Alice baja de puntillas hasta el último escalón, desde donde puede ver a Becca, que está de pie frente a la cocina del sótano, junto a la ventana que da a la calle, de espaldas a Alice.
Se enrolla un mechón de su largo cabello alrededor del dedo índice, con las puntas abiertas que necesitan un buen corte.
¿Con quién podría estar hablando? ¿Con algún novio despiadado que Alice no conoce, intentando presionarla para hacer algo que no quiere?
– No. He dicho que no.
Parece muy alterada. ¿Debería decir algo? Alice considera a Becca como a una hermana pequeña o una hija adolescente, pero no tiene experiencia con ninguna de esas relaciones. Nunca está del todo segura de dónde trazar la línea.
– Mira, ni siquiera… No puedo hablar ahora.
Becca deja caer el mechón de cabello que tenía enrollado en el dedo y empieza a mordisquearse una cutícula.
– ¡Porque estoy aquí ahora mismo! ¡Se supone que estoy trabajando!
Alice oye algo ininteligible al otro lado de la línea.
– Sí – responde Becca, bajando un poco la voz – . Claro que está aquí. Ella está en casa. Está arriba.
Alice siente que aprieta con más fuerza el vaso con boquilla.
– Tengo que dejarte. Esto se ha acabado, ¿me oyes? No me vuelvas a llamar.
Alice observa a Becca colgar, dando varios golpes con el pulgar en la pantalla del móvil, y luego tomar una profunda bocanada de aire, los hombros ascendiendo y descendiendo en el proceso.
Guarda el teléfono en el bolsillo y se limpia las palmas de las manos en su extraña falda pantalón de lino, dejando una mancha de sudor en la tela.
Alice carraspea.
– Oye, Becs, ¿va todo bien?
Becca se da la vuelta. Su expresión es exactamente la misma que la de Martha cuando la pillan subiéndose al armario de la cocina para coger chuches.
– Bien. Perdón. Solo estaba buscando mi cargador.
Alice no sabe qué decir ante esta mentira tan evidente. El cargador de Becca está en el pasillo. Siempre carga el teléfono allí, o en el USB conectado al ordenador del despacho de Jamie.
– Vale – dice con suavidad – . Te vas unos días, ¿no? A ver a tus padres.
– Sí, exacto.
Becca mira a todas partes menos a Alice.
– Genial. Bueno…, que lo pases bien.
Becca no dice nada.
– Buenas noches, pues.
– Buenas noches.
La boca de Becca se tuerce, y sale corriendo escaleras arriba, como si no pudiera esperar a alejarse.