Capítulo 10 #4
—¿Y el nombre?
Elías miró la pantalla. El documento de Müller seguía abierto con el párrafo del nombre.
Jeshua bar Josef ha-Nozri .
—El nombre ya existe —dijo Elías—. Ha existido durante dos mil años en la piedra.
Y durante más de un siglo en la lectura de Kessler, en las notas de Müller y en la cadena de custodia de los Hartmann.
Lo que hagamos ahora no cambia que exista.
Solo cambia cuándo y cómo llegará al mundo que todavía no sabe que existe.
Clara miró el nombre un momento más. Luego cerró el documento.
—¿Cuándo empiezas el artículo? —preguntó.
—Mañana —dijo Elías.
Era la respuesta más sencilla que había dado en tres semanas.
Clara asintió.
Se levantó de la silla, tomó el cuaderno y fue hacia su habitación. En la puerta se detuvo un momento, sin girarse.
—Elías —dijo.
—Dime.
—Cuando la comunidad del siglo III hizo lo que hizo, no podía saber cuánto tiempo tendría que durar. Solo sabía que aquello merecía ser protegido.
Elías no respondió. No porque no tuviera respuesta sino porque la respuesta era exactamente lo que Clara había dicho, formulado de una manera que no necesitaba ser reformulada.
Clara entró en su habitación. La puerta quedó entreabierta.
Elías permaneció sentado con el cuaderno abierto, mirando la higuera del patio. La luz se había ido y solo quedaba la claridad residual del cielo sobre los tejados. Del árbol se veía apenas la silueta: el contorno de algo que existía, aunque no pudiera verse en detalle.
El nombre que Kessler había leído en 1908.
El que Müller había escrito a su hijo en 1919.
El que Hartmann había confirmado que seguía siendo legible con los instrumentos actuales.
El nombre que llevaba casi dos mil años en la piedra y más de dieciséis siglos oculto bajo otras manos.
El nombre que durante más de un siglo había pasado de una persona a otra sin llegar al mundo.
Elías abrió el ordenador. No para empezar el artículo; eso sería mañana. Abrió el archivo personal que llevaba desde el comienzo de la investigación. No documentaba las conclusiones, sino el camino que había conducido hasta ellas.
La nota decía: El tercer documento es la carta de Müller a su hijo, fechada en octubre de 1919 en Berlín.
En ella describe el nombre que el epigrafista Kessler identificó en la inscripción original del fragmento del osario adquirido en Jerusalén en 1907.
La lectura del nombre puede verificarse con los instrumentos actuales.
El osario se encuentra en una cámara funeraria situada a cuatro kilómetros al noroeste de la Ciudad Vieja de Jerusalén, actualmente estudiada por el proyecto dirigido por Yosef Brenner y financiado a través de la Fundación Müller-Brenner por Thomas Hartmann.
La carta de Müller se conserva en el archivo P-1967-088 del Museo Británico, depositada de manera anónima en 1967.
El fragmento está en la colección privada de la familia Hartmann.
El expediente completo es suficientemente sólido para sostener la hipótesis que el conjunto de las evidencias materiales del sitio, el análisis paleográfico y arqueométrico, y la documentación de archivo de Müller soportan en conjunto.
Lo que no ha sido decidido es cuándo y cómo ese expediente completo debe llegar al espacio donde pueda ser recibido sin ser destruido en el proceso.
Guardó la nota. Cerró el ordenador.
La noche de Jerusalén había entrado completamente en la habitación sin que nadie la hubiera invitado, que era como entraban todas las noches de Jerusalén desde que el mundo tenía noches y Jerusalén tenía paredes.
Afuera, la ciudad era el mismo ruido de siempre, el ruido de un lugar que ha aprendido a vivir con la imposibilidad de ser lo que es y sigue siendo de todas formas, con la consistencia específica de las cosas que no necesitan ser posibles para existir.
Elías cerró el cuaderno. Lo dejó sobre la mesa junto al ordenador y junto a la taza de café que había estado a temperatura de objeto olvidado durante cinco horas y que ahora era simplemente fría, sin ninguna pretensión de ser otra cosa.
Mañana escribiría el artículo sobre las anomalías.
Con el rigor que merecían. Con la honestidad sobre lo que podía demostrarse y lo que no podía demostrarse todavía.
Con las preguntas abiertas en los lugares donde las preguntas debían quedar abiertas, señaladas con la precisión suficiente para que quien supiera leerlas las encontrara sin que nadie se las señalara explícitamente.
Era lo correcto ahora. No era todo lo correcto.
Pero era todo lo que podía hacerse con honestidad en este momento, en este octubre de Jerusalén, con los instrumentos disponibles y el mundo en el estado en que estaba, y eso tenía que ser suficiente para comenzar, aunque no fuera suficiente para terminar.
Lo que faltaba para terminar pertenecía al futuro. Y el futuro, como siempre, pertenecía a quien llegara después con las preguntas correctas y el tiempo necesario para hacerlas bien.