Capítulo 10 #3
—La segunda sección presenta el análisis arqueométrico de Rachel Stern: la diferencia de alteración entre el osario número cuatro y la roca circundante; las causas que pueden descartarse y las requieren análisis adicional; y la recomendación de tomar muestras del contenido para una valoración completa.
Todo ello apoyado en el informe del laboratorio y en la valoración preliminar de Rachel como fuentes verificables.
—Sin el mortero.
—El mortero va en la tercera sección, junto con los registros estratigráficos de Avi.
Sus datos forman parte de la documentación oficial del proyecto y son accesibles y verificables.
La composición del mortero es compatible con una intervención en la Antigüedad tardía, sin necesidad de atribuirle todavía una intención.
Y los registros muestran que los dos osarios no fueron depositados originalmente junto con el resto.
El artículo puede presentar las explicaciones sin comprometerse aún con una sola
—¿Y la cuarta?
—La cuarta tendría que limitarse a los que las tres anomalías permiten afirmar conjuntamente: que la cámara sufrió una intervención en la Antigüedad tardía que afectó a la inscripción, al sellado y a la disposición de algunos de sus materiales.
Los datos actuales no permiten establecer con certeza el alcance ni la finalidad de esa intervención.
La sustitución sería una hipótesis posible, pero requeriría evidencia adicional antes de formularla como conclusión.
Clara escuchó eso sin interrumpir.
—¿Puedes escribir esa conclusión sin el nombre? —preguntó.
—Sí.
—¿Y puedes escribirla sin saber lo que sabes?
—Puedo escribir que las evidencias son compatibles con una hipótesis de sustitución deliberada, sin identificar los restos desplazados ni precisar el origen de los osarios.
La propia cámara documenta que su procedencia no es la que aparenta.
La conclusión dejaría el expediente abierto para quien quisiera seguirlo.
Esa era exactamente la función que Hartmann consideraba correcta.
—¿Es honesta?
—Es honesta en lo que dice. No dice todo lo que podría decirse. Pero lo omite no es una mentira: es lo que la todavía no podemos demostrar con la certeza que un hallazgo así exige.
Clara miró el documento. Luego el cuaderno de Elías. Luego lo miró a él.
—¿Crees que eso es suficiente? —preguntó.
Elías tardó un momento. Era la pregunta más difícil que alguien le había hecho desde que había llegado al sitio.
—No —dijo Elías.
Clara esperó.
—No es suficiente como respuesta final. Lo que hay en esa cámara merece más que un artículo sobre anomalías y conclusiones prudentes.
Merece el tratamiento completo: el expediente completo, el análisis del contenido del osario número cuatro con los protocolos adecuados y un marco institucional capaz de recibir lo que ese análisis podría confirme sin deformarlo.
Hizo una pausa.
—Pero el artículo si es lo correcto ahora. Es lo que puedo sostener con certeza suficiente para publicar sin causar daño. Y dejar el expediente bien documentado y abierto para quien sepa leerlo, también es una forma de responsabilidad. No sustituye a publicarlo todo. Pero tampoco es callar.
Clara asintió. No porque estuviera de acuerdo, sino porque ya sabía que venía después.
—Una cosa más —dijo Clara.
—¿Cuál?
—La carta de Müller. El documento veintidós.
Las cuatro carpetas del archivo P-1967-088.
—Clara juntó las manos sobre la mesa—. No van a quedarse en el servidor seguro del Museo Británico indefinidamente.
Pembridge sabe que existen. Nosotros sabemos que existen.
Hartmann sabe que existen. Y en algún momento, aunque no sea esta semana ni este año, alguien más va a solicitar acceso y va a leer lo que Pembridge tiene digitalizado y va a llegar a las mismas conclusiones que nosotros hemos llegado o a conclusiones peores formuladas con menos cuidado.
Elías la miró.
—Lo sé.
—Lo que significa que la pregunta de cuándo publicar el expediente completo no la respondemos nosotros. La responderá el tiempo. Y, en este caso, ese momento puede llegar antes de lo que Hartmann calcula.
Eso cambiaría la naturaleza de la elección. Si el expediente podía ser encontrado de todas maneras, la pregunta ya no era solo si publicarlo, sino en qué condiciones llegaría a ser conocido. Y esas condiciones podían prepararse.
Elías abrió el cuaderno. Escribió una sola frase debajo de todo lo anterior
La leyó en voz alta.
—El expediente debe quedar en condiciones de ser encontrado. Dejarlo en condiciones de ser encontrado no es esconderlo. Es preservarlo con el contexto suficiente para que no dependa de nosotros, para que sobreviva y para que quien llegue después pueda reconstruir qué sabemos y como lo sabemos.
Clara lo miró durante un momento.
—Eso es lo que Müller hizo —dijo.
—Sí.
—Y es lo que vamos a hacer nosotros.
—Con una diferencia.
—¿Cuál?
—Que nosotros lo haremos de manera que quien llegue después no necesite empezar desde el principio.
El artículo sobre las anomalías será el punto de partida visible.
Y los documentos que lo completan quedarán donde puedan encontrarlos quienes tengan la formación y las preguntas necesarias para seguirlos
Clara permaneció en silencio durante un momento. Luego:
—¿La carta de Müller a su hijo necesita estar en el Museo Británico?
—Ya está en el Museo Británico.
—¿Y el análisis que hemos construido durante tres semanas?
—Puede quedar donde sobreviva y pueda ser encontrado sin que nadie tenga que reconstruirlo desde el principio