El expediente de la tumba equivocada (Los expedientes de Elías y Clara 1) Capítulo 6 #4
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Capítulo 6 #4

—En la práctica funeraria judía de aquel período, el osario cumplía ante todo una función funeraria: recibir los huesos después de la descomposición del cuerpo.

Algunas piezas llevaban además inscripciones con nombres y, a veces, filiaciones u otras indicaciones de identidad.

No era un sistema de archivo en sentido estricto, pero podía cumplir algo parecido a una función de identificación: mantener asociado un nombre a unos restos.

—Sí. Hasta ahí, nada extraordinario.

—¿Y si aquí ocurrió algo parecido, pero al revés?

—Clara se giró—. No preservar una identidad a plena vista, sino ocultarla.

Si nuestra hipótesis es correcta, la información visible y la información difícil de encontrar no cuentan exactamente la misma historia.

La inscripción principal, la segunda línea, la posible marca de procedencia, el sellado…

como si el osario tuviera dos niveles de lectura.

Uno para cualquiera y otro para quien supiera buscar.

Elías la miró durante un momento.

—Un archivo cifrado —dijo.

—O algo que se le parece. Distintos indicios distribuidos en lugares diferentes: la posible marca de procedencia en un ángulo difícil de observar; la segunda línea de inscripción, visible pero trazada con una forma de letra que apunta a otro horizonte paleográfico…

—Clara fue hasta la cama, buscó entre los documentos y encontró el dibujo de las tres formas de la ayin—.

No están completamente ocultos. Están a la vista, pero algunos solo adquieren significado para quien sabe buscar y dispone del método adecuado para reconocerlo.

—«Los que guardaron» —dijo Elías.

—Quizá. Si esa expresión designaba realmente a un grupo, podrían haber sabido qué buscar y donde. Pero eso todavía es una hipótesis.

Era una hipótesis que iba más allá de lo que los indicios materiales podían sostener de manera directa, pero tenía coherencia interna y no exigía introducir elementos ajenos a los datos disponibles.

Los indicios estaban en la cámara, en los documentos sobre la mesa y el nombre de Müller en el registro de compraventa de 1907.

Faltaba, sin embargo, el eslabón decisivo: algo que permitiera conectar la posible intervención antigua con Müller y, a través de él, con la cadena institucional posterior.

No sabían que había encontrado Müller, ni si había decidido callarlo, ni siquiera si los papeles familiares conservaban alguna noticia relevante.

Precisamente por eso Hartmann se había vuelto inevitable.

—Necesitamos hablar con Hartmann —dijo Clara.

Era una afirmación que llegó al espacio de la habitación con la naturalidad de las cosas que llevan tiempo siendo inevitables.

Elías no respondió inmediatamente. No porque dudara de que Clara tenía razón, sino porque la palabra «hablar» en boca de Clara solía significar algo más complejo que una conversación.

En este caso implicaba acercarse a alguien que podía tener buenas razones para no querer responder a las preguntas que ellos tenían que hacerle.

—Hartmann es el director de la fundación que financia el proyecto de Brenner —dijo Elías—. Si nos acercamos a él, Brenner se enterará y entonces sabrá que hemos seguido la cadena de financiación hasta el tercer nivel.

—Brenner ya sabe quién financia el proyecto. No nos estamos acercando a un desconocido. Nos estamos acercando a alguien cuya relación con Brenner podría ser más directa de lo que él ha dado a entender.

—¿Qué te hace pensar eso?

Clara fue hacia la mesilla, donde había dejado el ordenador. Lo abrió y buscó algo en el historial de navegación. Luego giró la pantalla hacia Elías.

Era la página de la Fundación Müller-Brenner en el registro de instituciones de Ginebra. El nombre completo de la fundación era Fundación Müller-Brenner para el Estudio del Patrimonio Cultural Mediterráneo.

Elías había leído ese nombre la primera semana, en la documentación que Clara había presentado. Había leído Müller y había concentrado en ese nombre toda su atención. No había reparado en la segunda parte: Brenner.

—Brenner —dijo.

—El apellido, por sí solo, no demuestra nada—dijo Clara—.

Pero la Fundación Müller-Brenner fue establecida por Thomas Hartmann en 1987.

Hartmann es sobrino político de Yosef Brenner—dijo Clara cerrando el ordenador—.

Y no por una relación reciente. Los vínculos familiares y fundacionales alrededor del nombre Müller se remontan a varias décadas.

El silencio que siguió no fue el de dos personas que no tenían nada que decir. Fue el silencio que producen las piezas cuando, después de mucho tiempo separadas, encuentran por fin el ángulo desde el que parecen encajar.

Elías miró los documentos sobre la mesa bajo la ventana. Miró el cuaderno que tenía en la mano. Luego miró a Clara, que lo observaba con la expresión de alguien que había terminado de construir una hipótesis y que esperaba comprobar si él reconocía su forma.

—El árbol genealógico del dinero —dijo Elías— es también el árbol genealógico del conocimiento.

—La misma red familiar —dijo Clara—. Durante varias generaciones. Si el conocimiento también pasó de unos a otros, eso es precisamente lo que tenemos que averiguar.

Elías se levantó de la silla. Fue hasta la mesa bajo la ventana y miró las tres pilas de documentos que Clara había organizado: indicios del yacimiento, cadena de financiación, Müller como pivote. Tomó la fotografía de 1923 de la pila central. La sostuvo bajo la luz que entraba por la ventana.

La imagen mostraba el terreno calizo de la zona.

En el margen izquierdo aparecía lo que podía ser una apertura en la roca.

Y en el ángulo inferior derecho, parcialmente cortada por el encuadre, la figura oscura de una persona de perfil, orientada hacia aquella posible apertura.

No permitía identificarla. Era apenas una presencia en el borde del campo visual, de esas que quedan registradas cuando el fotógrafo está documentando otra cosa.

—¿Quién hizo la fotografía? —preguntó Elías.

—El informe figura a nombre de H. A. Müller, pero no especifica quien tomó cada fotografía. Esta podría haberla hecho él o alguien que viajara con él.

—Si el informe es de 1923 y la sombra es de alguien que está en el sitio, esa persona está mirando hacia la apertura de la cámara.

—O mirando hacia el terreno en general.

—Por la orientación aparente de la figura, podría estar mirando hacia la abertura. Pero con esta imagen no podemos determinar la distancia ni asegurarlo.

Clara se acercó y miró la fotografía sobre el hombro de Elías.

—¿Müller mirando algo que ya conocía?

—Si esa figura fuera Müller, tendríamos algo distinto —dijo Elías—.

Un hombre que adquirió en 1907 un fragmento de osario con inscripción y que, dieciséis años después, estuvo en esta misma zona.

Eso no demuestra que conociera la cámara ni que ambas cosas estuvieran relacionadas.

Pero hace que la relación merezca ser investigada.

—Dejó la fotografía sobre la mesa—. Müller pertenecía a esa generación de viajeros cultos y coleccionistas de comienzos del siglo XX que podían moverse entre la curiosidad arqueológica, el coleccionismo privado y una disciplina que todavía estaba profesionalizándose.

—¿Crees que Müller entendió lo que había?

—Creo que pudo haber entendido algo—dijo Elías—.

Cuánto, no lo sabemos. Sabemos que tuvo aquel fragmento.

Sabemos que estuvo en la zona en 1923. Y sabemos que décadas después su nombre aparece ligado a una fundación que financia esta excavación.

Entre estos hechos hay espacios enormes.

Lo que necesitamos averiguar es si existe algún documento capaz de llenarlos.

—¿Y Brenner?

—Brenner es el punto que todavía no entiendo —dijo Elías—.

Sabemos que dirige una excavación financiada por una fundación vinculada a Hartmann.

Sabemos también que conserva registros duplicados y que su relación con la estructura de financiación podría ser más estrecha de lo que ha explicado.

Pero no sabemos si conoce la historia de Müller, si sabe algo sobre la cámara o si simplemente está haciendo el trabajo para el que fue contratado.

Antes de atribuirle una función dentro de esta cadena, necesitamos averiguar que sabe realmente.

Clara procesó aquello durante un momento. Luego volvió a sentarse en el borde de la cama, en el espacio despejado de documentos, con la postura de quien acaba de descubrir que la pregunta era más grande de lo que había imaginado.

—¿Y si estamos equivocados? —dijo.

Era una pregunta que Elías no esperaba de Clara.

Ella tendía a avanzar cuando consideraba sólidas las bases de una hipótesis; si ahora se detenía a cuestionarlas, era porque lo que habían construido aquella mañana había adquirido un peso distinto.

Elías conocía bien ese vértigo: desde hacía veinte años lo consideraba una de las señales más honestas de que un razonamiento había llegado a un punto donde debía ponerse a prueba.

—Si estamos equivocados —dijo Elías—, seguimos teniendo una anomalía en el grado de alteración de la superficie interna del osario; un sellado posterior con mortero cuya cronología exacta todavía debemos establecer; una segunda línea de inscripción que presenta una anomalía paleográfica; un registro de compraventa de 1907 correspondiente a un fragmento de osario con inscripción cuya procedencia no consta; y una cadena de financiación cuya estructura todavía no comprendemos del todo.

Todo eso existe con independencia de nuestra hipótesis.

—¿Y si los datos tienen explicaciones más simples que la hipótesis?