El expediente de la tumba equivocada (Los expedientes de Elías y Clara 1) Capítulo 5
34%

Capítulo 5

Lo que el tiempo hace y lo que el tiempo no hace

Sobre la datación radiométrica, sus límites y las anomalías que resisten métodos rigurosos

Los resultados de la datación radiométrica llegaron un jueves por la mañana, en un PDF adjunto a un correo electrónico del laboratorio de la Universidad de Tel Aviv.

El informe llevaba el membrete institucional y ese tipo lenguaje técnico y neutro que emplean los laboratorios cuando quieren ser precisos y, al mismo tiempo, no comprometerse con nada que no esté absolutamente respaldado por los datos.

Elías los abrió en el ordenador de la mesa de trabajo del apartamento, con el café todavía caliente a su derecha y el cuaderno cerrado a su izquierda, como quien aún en no ha decidido si lo que iba a leer requería notas.

A primera vista, los datos eran exactamente lo que Brenner abría esperado.

La cámara funeraria: el análisis del mortero de construcción arrojaba una datación compatible con el cambio de era, dentro de un intervalo de incertidumbre de varias décadas.

La cerámica del corredor de entrada: consistente con el período.

Los osarios: piedra caliza local, sin contaminantes exógenos detectables en el análisis elemental y sin indicios materiales incompatibles con una antigüedad de aproximadamente dos mil años.

Las superficies calizas de la cámara mostraban alteraciones minerales compatibles con una exposición prolongada a las temperaturas del subsuelo de Jerusalén.

Todo coincidía. Todo era coherente. Todo respondía a la pregunta que un laboratorio de datación responde cuando produce un informe estándar: ¿tienen estos materiales la antigüedad que la tipología sugiere?

La respuesta era sí.

Elías leyó el informe dos veces. La primera fue una lectura de verificación; comprobar que el documento decía lo que parece decir y que no había errores de transcripción ni valores que hayan perdido una decimal durante el formateo.

La segunda lectura era distinta. Era la lectura que se hace cuando uno ya sabe lo que el documento dice y empieza a buscar lo que no dice, que en los informes de laboratorio suele ser más interesante que el contenido declarado.

En la página cuatro del informe, dentro de una tabla comparativa sobre la composición mineral de distintas superficies de la cámara, había una columna incluida como referencia de control: el grado de alteración de la superficie interna de cada osario, estimado a partir de los depósitos carbonatados secundarios y otros cambios minerales asociados a una exposición prolongada a humedad variable.

Era un dato de control. No el dato central del análisis; el tipo de información que los laboratorios incluyen en los informes completos para documentar la exhaustividad del proceso, pero en la que rara vez se detienen quienes buscan únicamente una datación general.

Elías lo leyó con detención.

La columna mostraba seis valores, uno por osario.

Cinco de ellos eran prácticamente idénticos, dentro del margen de variación estadística esperable: las diferencias en el grado de alteración de sus superficies quedaban dentro de los rangos que la variación microclimática de una cámara cerrada podía explicar sin dificultad.

Era lo esperable en una tumba familiar donde los osarios habían permanecido desde su deposición, sometidos a condiciones ambientales comparables.

El sexto valor era diferente.

No de manera dramática. No de la manera en que las cosas son diferentes cuando la diferencia es obvia y cualquier estudiante de primer año la vería sin necesidad de haberla buscado.

Era una diferencia de grado; un valor que se apartaba del rango de los otros cinco por encima de la de variación microclimática esperable, pero todavía por debajo del umbral que el protocolo del laboratorio habría clasificado formalmente como anomalía.

El laboratorio no lo había señalado. No tenía razón para señalarlo: su trabajo era producir una datación, no analizar las implicaciones de cada valor en la tabla de control.

El sexto valor correspondía al osario número cuatro en la numeración del informe, que coincidía con la numeración de campo del equipo de Brenner. Elías buscó en sus notas la correspondencia entre ese número y la posición de la pieza en la cámara.

El osario número cuatro era uno de los dos de la estaban en la pared del fondo. El grande. El de la cara lateral con la inscripción sobre «los que guardaron».

Elías cerró el informe del laboratorio.

Abrió el cuaderno.

Alteración de la superficie interna del osario nº 4.

Diferencia respecto a los otros cinco: superior al margen microclimático esperable, pero inferior al umbral de anomalía declarada por el laboratorio.

Posibles explicaciones: (1) variación microclimática localizada no representativa de la cámara en general.

(2) diferencias propias de la superficie de esa pieza —porosidad, tratamiento o conservación—capaces de alterarla respuesta mineral.

(3) el osario abierto, manipulado o vuelto a sellar en algún momento, modificando temporalmente las condiciones de humedad de su interior.

Ninguna de estas explicaciones es concluyente con los datos disponibles. Todas requieren análisis adicional.

Debajo de esas líneas, después de un espacio, añadió una cuarta posibilidad que no quería escribir junto a las otras tres porque era cualitativamente diferente de ellas, no en términos de probabilidad sino en términos de lo que implicaba si resultaba ser correcta.

El osario no estuvo siempre en esa cámara.

Lo subrayó. Luego cerró el cuaderno con el gesto de quien guarda algo antes de decidir qué hacer con ello.

Clara no estaba en el apartamento. Había salido temprano, antes de que llegara el correo del laboratorio, con la mochila y el cuaderno y el propósito declarado de visitar el archivo fotográfico del Instituto de Arqueología que guardaba documentación de excavaciones anteriores en la zona.

Era un archivo abierto a investigadores acreditados, y Clara había conseguido una credencial de visitante con una eficiencia que Elías había dejado de cuestionar desde el tercer día de trabajo en Jerusalén.

Elías miró la pantalla del ordenador durante un momento. Luego abrió correo y buscó la dirección de Rachel Stern.

La doctora Rachel Stern era profesora titular del departamento de Arqueología de la Universidad de Tel Aviv, especialista en arqueometría aplicada a materiales del período del Segundo Templo y una de las pocas personas a las que Elías recurría cuando un dato material exigía una interpretación más fina de la que ofrecía un informe de laboratorio.

La conocía desde hacía doce años. Habían colaborado en dos proyectos de análisis de materiales y mantenían una correspondencia académica esporádica, sostenida por suficiente respeto mutuo y suficiente independencia metodológica para no necesitar coincidir antes de publicar.

Era exactamente la colega que necesitaba para una pregunta como aquella.

Escribió el correo con el cuidado que usaba cuando estaba formulando algo que podía tener consecuencias antes de que estuviera completamente listo para tenerlas.

No describió el sitio en detalle. No mencionó las inscripciones ni la cadena de financiación ni ninguna de las anomalías que había acumulado durante la semana anterior.

Describió únicamente el valor de la tabla de control y preguntó, con la formulación abstracta de quien plantea un problema teórico, qué explicaciones técnicas consideraría válidas para una diferencia de ese rango entre el grado de alteración de la superficie interna de un osario y el de las superficies calizas de la cámara, en un contexto funerario del período del Segundo Templo.

La respuesta llegó cuatro horas después, a las dos de la tarde, cuando Elías estaba revisando por segunda vez los registros estratigráficos que Brenner le había proporcionado la semana anterior.

Rachel Stern escribía con la precisión telegráfica de los investigadores que habían aprendido a decir exactamente lo que quieren decir en el mínimo de palabras posible, porque el tiempo es el recurso más escaso de la economía profesional de un científico. Su respuesta tenía cuatro párrafos.

El primero describía las causas técnicas que podían producir una diferencia de ese rango: variación microclimática localizada, especialmente en osarios depositados cerca de fisuras por las que pudiera filtrarse humedad de manera diferencial; diferencias en la composición mineralógica de la piedra del osario respecto a la piedra de las paredes, capaces de producir ritmos de alteración distintos incluso bajo condiciones ambientales similares; y presencia o descomposición de materiales orgánicos en el interior del osario que hubieran modificado el pH del microentorno y alterado los procesos de formación de carbonatos secundarios.

El segundo párrafo señalaba que ninguna de esas causas podía descartarse sin análisis adicionales de la pieza específica: muestras de material de la superficie interna del osario, análisis de composición de la piedra de la tapa, y si era posible, una muestra del contenido interior para determinar si había materiales orgánicos que pudieran explicar la diferencia.

El tercer párrafo era el que Elías había esperado con mayor atención.

Rachel escribía: Si las causas técnicas mencionadas en el primer párrafo se descartan mediante análisis adicionales y la diferencia persiste, la explicación más parsimoniosa sería que el osario permaneció durante parte de su historia en condiciones microambientales distintas.

Esto podría indicar que la pieza estuvo en otro entorno antes de ser depositada en su posición actual, o que fue retirada y reintroducida en algún momento posterior a su deposición original.

Sin análisis del contexto arqueológico, no puede determinarse con seguridad cuál de estas dos situaciones es más probable.