Capítulo 4 #4
—¿Y nosotros somos ese alguien?
La pregunta tenía una sencillez que la hacía más difícil de responder que si hubiera sido compleja.
Elías tardó en contestar no porque la respuesta fuera complicada, sino porque decirla en voz alta tenía el peso de todas las cosas que cambian irreversiblemente cuando alguien deja de fingir que no ha entendido todavía lo que ya ha entendido.
—Somos los que están aquí —dijo—. Por ahora, eso es lo mismo.
Hubo un silencio que no fue incómodo, pero que no fue neutro.
Era el silencio de dos personas que han llegado simultáneamente a un umbral y que, sin haberse puesto de acuerdo en ningún momento concreto, habían decidido sin formularlo, que debían atravesar juntos el umbral para descubrir que había al otro lado.
Elías abrió el cuaderno de nuevo y buscó una página en blanco. Escribió dos palabras que no eran una anotación técnica, sino una orientación de trabajo, el tipo de instrucción que se da uno mismo cuando sabe que mañana será necesario comenzar en un lugar diferente al de hoy.
Tercer documento.
Clara lo miró escribir.
—¿Cuánto tiempo necesitas para confirmar la anomalía paleográfica con un segundo especialista? —preguntó.
—Una semana como mínimo. Necesito la pieza en condiciones de análisis controlado, no solo fotografías.
—¿Brenner te lo permitirá?
—Brenner tiene la obligación de facilitarme el acceso necesario para producir el informe que me ha pedido. Si pido tiempo adicional con una justificación técnica, no tiene motivo para negármelo.
—¿Y si tiene un motivo, pero no te lo dice?
—Si me lo niega, eso también es información.
Clara recogió sus propias notas de la mesa.
—Mañana tendré respuesta del contacto del Museo de Israel —dijo—. Sobre los registros de compraventa del período Müller.
—¿Temprano?
—Ha dicho por la mañana. Pero con él nunca se sabe si eso significa las nueve o las doce.
Elías asintió. La conversación había llegado a su fin natural, al punto en que lo que podía decir esa noche estaba dicho y lo que quedaba por decir requería el material que el día siguiente produciría.
Era el tipo de final de sesión que Elías reconocía como productivo no porque hubiera concluido algo, sino porque había establecido con suficiente claridad lo que faltaba por establecer.
Se levantó. Clara también. Durante un momento estuvieron de pie en lados opuestos de la mesa con los papeles y el cuaderno entre ellos, y Elías tuvo la percepción fugaz de que la disposición física de las dos personas y los documentos en ese apartamento era, en algún sentido que no habría podido articular sin sonar ridículo, análoga a la disposición de los osarios en la cámara funeraria: cosas que llevaban mucho tiempo en el mismo espacio pero que solo ahora, con la luz correcta y el ángulo correcto, estaban empezando a mostrar la relación que las unía.
—Una pregunta —dijo Clara, desde la puerta de su habitación.
—Dime.
—Caifás, Santiago, Talpiot. Todos generaron controversia porque alguien asoció esos nombres con figuras históricas.
— Se apoyó en el marco de la puerta—. Pero la controversia más grande, la que haría que todos esos casos parecieran menores, sería la de una tumba donde alguien hubiera sido enterrado deliberadamente en lugar de otro.
Donde los restos no fueran lo que las inscripciones dicen que son, sino algo que alguien puso ahí para que pareciera otra cosa o para proteger lo que era en realidad.
—Sí —dijo Elías.
—Esa es la tumba que ya existía antes de ser descubierta —dijo Clara—. No porque el sitio sea antiguo, sino porque alguien la había diseñado antes de que ninguno de nosotros llegara. Antes de que Brenner llegara. Antes de que nadie llegara con una pala.
Elías la miró durante un momento.
—El que la diseñó —dijo— llevaba dieciséis siglos muerto.
—Eso —dijo Clara— no lo hace menos arquitecto.
Cerró la puerta.
Elías se quedó de pie junto a la mesa durante un minuto, con el cuaderno en la mano y la higuera del patio visible a través de la ventana.
Luego se sentó, abrió el cuaderno en la página donde había escrito las dos palabras y debajo de ellas añadió una tercera línea que era, a diferencia de todo lo demás que había escrito esa semana, enteramente personal.
Alguien diseñó una tumba para que quien la encontrara hallara exactamente lo que contiene.
El problema es que todavía no sé si el diseñador fue el que la construyó en la Antigüedad o el que la financia en el presente.
Y mientras no lo sepa, no sé si estoy desenterrando algo o si me están enterrando a mí.
Cerró el cuaderno. La noche de Jerusalén seguía siendo lo que había sido antes de que ninguna de esas palabras fuera pronunciada: una noche de octubre, silenciosa en los márgenes, con una higuera que crecía sin pedir permiso en el patio de un edificio donde dos personas estaban aprendiendo, con métodos distintos y con la lentitud que exige el respeto por lo que no se entiende todavía, que hay cosas que no se descubren porque sí, sino porque alguien las dispuso para ser encontradas cuando el mundo fuera capaz de recibirlas.
Que eso convirtiera la investigación en algo diferente de lo que había sido cuando empezó era inevitable. Que la convirtiera en algo más peligroso era posible. Que la convirtiera en algo que merecía la pena seguir era lo único que Elías sabía con certeza antes de apagar la luz.