Capítulo 25 #4
—Es grave para los que están en Londres, nosotros estamos en nuestro paraíso. ¿Quieres ir a alimentar a los animales? Hoy pueden ser los caballos.
—No puedo estar tranquila como usted, esposo.
—Dime, Reginald. Parece que no estamos casados cuando me llamas por mis tratamientos. Considero que tenemos la suficiente intimidad para tratarnos de esa manera.
—Aún no me acostumbro.
—¿Es que no sientes un poco de cariño por mí? Soy atractivo e inteligente…
—No alimentaré tu ego, esposo.
—¡Ese es un avance! Deja eso y vamos a mirar los animales. También hablaremos de lo que dice la carta. Sé que la enviaste apenas nos casamos, al igual que Andrew. Ninguno de ustedes puede soportar que los sorprenda.
Sybil se levantó de la silla en la que se encontraba y le dio la carta.
—Mi padre dice que es probable que estalle una rebelión por culpa del rey.
—Lo sabía.
—¿Qué tiene que ver con eso un príncipe exiliado?
—Es un buen punto y tiene mucho que ver, pero por mi bien y el tuyo evito meterme en problemas ajenos.
—Quieren que te cuide y si es posible mudarnos de la propiedad. ¿Parecen problemas ajenos?
Reginald guardó silencio y sopesó sus opciones. ¿Cuánto tiempo más podría guardar el secreto? Si el general sugería cambiar de lugar, era porque sus enemigos ya sabían en dónde estaban y solo sus leales los estaban retrasando con estratagemas.
—Tengo una propiedad en el límite con Escocia, también podremos llevar a los gansos…
—¡Te preocupan los gansos, maldición!
—Eres una dama, Sybil. Cuida ese lenguaje de tabernero vulgar.
—Seré todo lo vulgar que se pueda, pero no pueden seguir manteniendo esta mentira por más tiempo. Necesito saber lo que ocurre para actuar en consecuencia.
—Está bien, seré sincero, pero vayamos de paseo, no me quites el buen ánimo, querida.
Ella salió primero de la estancia y el conde la siguió con ambas manos detrás de la espalda.
—¿Hablarás ya? A este paso llegaremos a la vicaría —lo presionó Sybil, ansiosa.
—Bien. Nos sentaremos en un lugar tranquilo y te lo contaré, es una promesa.
—No quiero excusas, necesito escuchar todo ahora.
—Primero te hablaré de mi pasado y después de mis presunciones, que quizá coincidan con las tuyas en algún nivel.
—Escucho…
Los dos se sentaron frente a las caballerizas y despidieron a los mozos para que nadie oyera la conversación.
—Como sabes, soy un príncipe que perdió su título, pero me temo que todo fue un espectáculo para agradar a una sola persona: al rey.
—No eres una amenaza para el rey, ¿por qué querría hacerte desaparecer?
—Ahí está el error, soy su peor pesadilla.
Antes pensaba que mis padres solo querían educarme sin descanso y torturarme con eso para ser un asesor para mi primo.
De hecho, hasta hace poco pensaba que podría ocupar un cargo importante, pero las cosas cambiaron cuando se supo la verdad…
—contó—. Me descarrilé joven, cansado de estudiar tanto por exigencias, y después me entregué a lo que creí sería mi salvación, pero simplemente tuve malas compañías.
Solo quería probar lo que envidiaba de todos: la felicidad.
Unos años después, antes de que me exiliaran, supe que mis padres no me dieron la vida.
Soy solo un repuesto del verdadero hijo que perdieron.
—¿Eres un bastardo?
—No, solo fui criado por ellos. Mis padres son los reyes, soy el mellizo del rey.
Él nació primero y yo después. No quisieron conflictos y, como mis padres perdieron a su hijo, decidieron entregarme a ellos, ahí seguiría siendo príncipe y heredaría un ducado.
Todo parecía bien hasta que me enteré. Para evitar que lo gritara a los cuatro vientos y me metiera en más problemas, me enviaron aquí.
El duque compró estas tierras y las otras a nombre de terceros para resguardarme en caso de que quisieran averiguar en dónde me encuentro.
La mente de Sybil era un torbellino de cálculos. ¿Cómo podía ser posible eso?
—¿Qué? No puede ser.
—También dije lo mismo, pero después de encarar a mis padres no pude convencerme de que fuese una mentira.
Es mi realidad y la acepto. Nunca fui un inútil, soy un prodigio; sin embargo, prefería esconderme detrás de esa fachada que me daba paz.
Es cierto que varias veces quise quitarme la vida, porque no era feliz.
No solo me sentía mal por haber sido arrojado aquí, sino que todo lo vivido hasta mi nombre era una mentira.
Era como un despojo sin identidad ni hogar, con un hermano que pronto podría saber que iba a caer si seguía siendo un inútil.
—Lo quieren sacar a él para ponerte a ti en el trono, por eso se habla de rebelión.